Capítulo 7
Punto de vista de Gabriella
Sorprendentemente, Adrián se comportó honorable y consiguió que Aurora nos asignara nuestra primera tarea importante. Los cuatro estábamos tan entusiasmados como siempre, y yo especialmente, porque además de querer demostrar mi valía en el trabajo, aún me quedaba la inmensa satisfacción de haber ganado la apuesta.
Estábamos sentados en la sala de conferencias, donde Aurora nos daba los detalles del encargo. Debíamos elaborar un plan de marketing para la nueva ubicación del hotel, de modo que convenciera a los inversores. Dentro de una semana debíamos presentarlo por videoconferencia.
—Deberíamos repartirnos las tareas. Cada uno completará una etapa y así todo irá más fluido —Beatriz empezó a mandar inmediatamente, pero tenía razón, así que nadie se opuso.
Nos repartimos las tareas, y al final solo quedaba una, que sorprendentemente nadie quiso asumir.
—Hay que decidir de una vez quién va a presentar el proyecto a los inversores —dije cansada, porque llevábamos una hora discutiendo y no conseguía que nos pusiéramos de acuerdo.
—Estoy fuera. No soy un gran orador y voy a arruinar todo el proyecto —dijo Antonio.
—Yo tampoco lo haré —añadió Ginevra y levantó las manos en un gesto de rendición. Me sorprendió su negativa, porque ella no para de hablar todos los días.
—Creo que debería hacerlo Gabriella —afirmó Beatriz y se acomodó cómodamente en su silla. — ¡seguro que si me toca presentar, acabaré arruinando todo el trabajo!
—¿Por qué no quieres? —Algo no me cuadraba, ella siempre hacía de todo para poder brillar y ser admirada, así que su negativa me sorprendió.
—Creo que ya que nos conseguiste este encargo, mereces presentarlo.
—¿Cómo sabes que esta tarea se organizó gracias a mí? —No se lo había contado a nadie, y después de todo, no tengo amnesia. Aunque fuera la última persona en la Tierra, no se lo habría confiado, así que ¿cuál es el problema?
—Ayer te oí hablar de ello con Ginevra y Antonio —dijo Beatriz y se encogió de hombros.
¡Increíble! Espía nuestras conversaciones como un insecto gigante, ¡y ni siquiera se esconde!
—¿Nadie te enseñó a no escuchar conversaciones privadas? —gruñó Ginevra.
—Si no quieres que te oigan, habla en tu piso, no en una oficina llena de gente.
No tenía sentido seguir discutiendo con Beatriz porque, de todas formas, no le estaba llegando nada, así que impedí que Ginevra siguiera intentando razonar con ella.
—No importa cómo lo averiguaste. Ahora que lo tenemos todo arreglado, pongámonos a trabajar. No tiene sentido perder el tiempo —dije, y cada uno cogió su parte de los papeles relacionados con el proyecto. Luego nos dirigimos a nuestras mesas que nos habían asignado hacía poco.
Apenas había hecho un esbozo de lo que iba a hacer cuando llegó la hora del cambio de puesto. Entré en el ascensor para dirigirme al piso de arriba, y cuando se abrieron las puertas vi al hombre cuya camisa tuvo la desgracia de encontrarse ayer con mi café.
Entré en el ascensor y se hizo un silencio incómodo.
—¿Hoy no hay café? —me preguntó acusadoramente. Estaba claro que le divertía mi vergüenza.
—Tu camisa está a salvo hoy —le dije, a lo que él soltó una carcajada.
—Por si acaso, de todas formas hoy me he puesto una de las peores camisas —dijo divertido. No pude evitar reírme.
Menos mal que este hombre se lo toma con calma, porque si hubiera sido tan rígido como mi jefe, probablemente ya me habría tenido que enfrentar a una demanda.
—Terminemos con este tema, porque de todas formas me siento avergonzada por toda esta situación.
—No hay razón, los accidentes ocurren. Por cierto, soy George, ¿y tú? —dijo y extendió su mano hacia mí.
—Gabriella —le estreché la mano y al cabo de un momento se abrieron las puertas del ascensor. Salimos y él se dirigió al despacho de Adrián.
Una pregunta me rondaba la cabeza, pero no la hice.
No quería parecer entrometida. Al menos no de entrada. Por supuesto, después de un tiempo no pude soportarlo y cedí a mi propia curiosidad.
—¿Conoce a Adrián desde hace mucho tiempo? —Obviamente le hizo gracia la pregunta, porque una sonrisa apareció en su rostro.
—Nos conocimos en la universidad y hemos sido amigos desde entonces. Me lo preguntas porque te gustaría saber algo concreto sobre él o... —No le dejé terminar.
—No, solo pregunté —respondí.
Entrecerró los párpados como si quisiera escanearme con algún tipo de escáner oculto. Yo, en cambio, me arrepentí de haber hablado. Debería haberme quedado tranquila...
—Lo comprendo —dijo.
No sé qué entiende, pero preferiría que no analizara nada. Era una simple pregunta.
Lucrecia le anunció que Adrián ya estaba libre así que podía entrar en su despacho, pero antes de que abriera la puerta se volvió hacia mí todavía.
—¿Puedo pedirle un café, pero por favor, que no derrame más café hoy?
Este hombre no me dejará olvidar mi metedura de pata. Puse los ojos en blanco, él se rió y entró en el despacho. Obviamente, a Lucrecia también le hizo gracia. Era un fenómeno interesante porque esta chica no mostraba ninguna emoción en el trabajo; a veces me preguntaba si era un robot. Solo era cuatro años mayor que yo, pero por su seriedad parecía que nos separaba al menos una década.
—Me alegro de que te divierta mi bochorno —guiñé un ojo.
—No exageres, solo te está tomando el pelo —dijo, y la sonrisa seguía en su rostro.
—Voy a ir a preparar ese café y esta vez vas a ver que voy a ser una maestra de la gracia y no voy a derramar nada —me dije a mí misma para motivarme.
Así que lo hice. El café estaba listo, ahora solo quedaba llevarlo hasta el lugar. ¡Vamos, Gabriella, tú puedes hacerlo! Lo principal es saber motivarse...
Llamé al despacho, probablemente por primera vez desde que trabajo aquí, y cuando entré hasta Adrián se quedó impresionado.
—Te ha llevado tiempo, pero parece que por fin has aprendido a llamar a la puerta. Estoy orgulloso de los progresos que estás haciendo —dijo irónicamente, a lo que George rió.
Hoy les estoy dando a todos los que me rodean un motivo para reírse. Lo fulminé con la mirada y le pasé el café a George.
—Veo que ustedes se llevan muy bien. Si no fuera por eso, intentaría quedarme con la practicante — dijo George con una sonrisa divertida.
—¿Está usted buscando a alguien para hacer prácticas? —le pregunté—. Justo una colega mía está buscando urgentemente a alguien para ese puesto, quizá pueda interesarle.
George asintió y me entregó su tarjeta de presentación.
—Que tu amiga se ponga en contacto conmigo —dijo.
Tan emocionada por la oportunidad, me distraje y dejé caer la bandeja con el café que llevaba. Para mi horror, todo se derramó sobre Adrián.
Solo le oí maldecir y me volví hacia George.
—¡Te ruego que me digas que no lo hice! —gimí.
A lo que él se retorció.
—Me gustaría decirlo, pero mentiría.
Me giré lentamente hacia Adrián. Cuánto habría dado en ese momento por la oportunidad de volver atrás en el tiempo dos minutos...