Julián se había quedado en casa, no podía simplemente volver a la escuela y pretender que todo estaba bien. Su madre lo necesitaba, y aunque era el amigo divertido del grupo, hoy no había chistes que contar. Se sentó con ella en el sofá mientras veía la televisión sin entender nada. Le pasó una taza de té y se quedó en silencio, acompañándola.
Mientras tanto, en la escuela, Marcos caminaba por el pasillo con los audífonos puestos, como solía hacer cuando no quería pensar demasiado. Lucas había respondido en el grupo, pero no le había dicho nada directamente. Y eso, aunque trataba de no admitirlo, le había dolido.
Fue entonces cuando Mariana apareció, con su andar seguro y ese gesto de estar lista para lanzar un comentario filoso en cualquier momento.
—Hey, ¿vas a ir a la playa o te vas a quedar llorando por tu ex imaginaria? —dijo, cruzándose de brazos.
Marcos soltó una risa corta.
—Voy. Ya dije que sí.
—Eso era lo que quería escuchar. Necesito ver el mar, sentirme como en un videoclip de Lana del Rey, y ver a Julián quemarse como camarón.
Marcos la miró y se quedó en silencio un segundo.
—Mariana...
—¡Ay no! No me digas que te vas a poner cursi.
—Besé a Lucas.
El silencio fue inmediato. Mariana lo miró fijamente, como si no estuviera segura de si lo había escuchado bien. Luego levantó una ceja.
—¿Y?
—Y no sé si fue un error. O si él quiere algo. O si yo quiero algo. ¿Me entiendes?
Mariana suspiró.
—A ver, Marcos... eso de los besos, el amor, los enredos emocionales... todos estamos medio jodidos. Si lo hiciste, fue por algo. Ahora lo que queda es hablar. O al menos intentarlo.
—No quiero arruinar lo que tenemos.
—Mira, si lo arruinas por ser sincero, entonces nunca fue real. Y si Lucas es tan tierno como parece, va a valorar que seas honesto. No puedes vivir evitando el conflicto para que todo parezca perfecto. Eso solo te jode a ti.
Marcos asintió en silencio. Estaba a punto de agradecerle cuando algo, o mejor dicho alguien, pasó por el pasillo y le robó la atención.
Karla.
Vestido floreado, cabello lacio perfecto, una sonrisa que parecía salida de un anuncio de yogur. Caminaba tranquila, con libros en la mano y ese aire dulce que hacía que el ambiente se sintiera más liviano.
Mariana también la había visto. Y su mirada, por primera vez en el día, se suavizó.
—Ay Dios... —susurró.
—¡Oye! Que se te salió la ternura, Mariana. Te va a dar urticaria —dijo Marcos, con una sonrisa burlona.
Mariana se giró hacia él.
—No empieces.
—Tengo una idea.
—Ya empezaste.
—Tú me ayudas con Lucas... y yo te ayudo con Karla.
Mariana lo miró con suspicacia.
—¡Ah! El viejo "pacto de wingman". Me gusta. Pero si terminas llorando, yo no te voy a abrazar.
—Trato hecho.
Chocaron las manos y Marcos salió corriendo tras Karla. Mariana lo siguió con la mirada, divertida.
—O lo logra, o se estrella en llamas —murmuró.
Marcos alcanzó a Karla justo cuando ella doblaba por el pasillo de la biblioteca.
—¡Karla! —la llamó.
Ella se giró, con ese aire curioso y amable.
—¿Sí?
—Hola. Quiero invitarte a ir a la playa con mis amigos este fin de semana. Nada raro, solo un grupo de gente, buena onda, música, comida... mar.
Karla lo miró por un segundo. Luego, de forma casi imperceptible, miró por detrás de Marcos. Buscaba algo. O alguien. Y luego volvió a mirarlo.
—Suena bien. Puedes pasar por mí.
Marcos sonrió.
—Genial. Te escribo para ponernos de acuerdo.
Volvió con Mariana, con una expresión triunfal en el rostro.
—Aceptó.
—Sabía que lo haría. No se puede resistir a las vibras playeras. Ahora prepárate porque vas a ser mi cómplice oficial.
---
En el teatro de la escuela, Lucas estaba de pie sobre el escenario. Las luces del lugar estaban apagadas, excepto por una que lo iluminaba desde arriba. El aula estaba vacía, pero había una energía especial en el aire. Como si todo lo que había estado reprimiendo encontrara en ese lugar un sitio seguro para salir.
Miraba hacia las butacas vacías, como si pudiera ver reflejadas allí todas sus dudas.
—Hola, Lucas —dijo una voz al fondo.
Era la profesora de teatro, la misma que había dado la bienvenida el día anterior. Sonrió al verlo tan quieto, tan metido en su mundo.
—Hola —respondó él.
—Ven temprano mañana. Vamos a hacer una dinámica de presentación. Me gusta conocer las voces de mis alumnos antes de verlos actuar.
Lucas asintió.
—Me gusta este lugar —dijo finalmente.
—A mí también. Es el único sitio donde nadie juzga mientras estás interpretando.
Lucas se quedó un minuto más en el escenario. Sintiendo. Respirando. Viviendo.