Capítulo 17: Verdades

705 Palabras
Lucas salió del agua riéndose, empapado de pies a cabeza. Su cabello chorreaba y su camiseta se pegaba al cuerpo como una segunda piel. Max también reía a carcajadas, sacudiéndose el agua de la cara. —Estás temblando —le dijo Max, acercándose. —Estoy mojado completo, idiota —respondó Lucas, sin poder dejar de sonreír. Max lo miró por un momento, luego se encogió de hombros. —Ven a mi casa. Te seco la ropa. Lucas dudó un segundo. Bajó la mirada a su ropa empapada y luego levantó los ojos hacia él. —Okey. Caminaron juntos por el sendero de tierra, con el sol escondiéndose lentamente tras los árboles. Max vivía a solo unas cuadras, en una casa moderna pero cálida, con un jardín lleno de macetas. Entraron por la puerta trasera para no mojar todo, y Max le pasó una toalla y unas bermudas. —Cámbiate en mi cuarto. Yo voy a hacer algo de chocolate caliente o lo que sea que tomen los adolescentes deprimidos. Lucas se río bajito, agradecido por la ligereza del momento. Subió al cuarto, se cambió rápido y bajó con la toalla en la cabeza, justo cuando Max servía dos tazas humeantes. —Gracias —dijo Lucas, sentándose en el sillón. —No hay drama —respondó Max, sentándose a su lado—. Te ves menos gris que hace unas horas. Lucas se quedó mirando el vapor que salía de la taza. —Hoy fue raro. Pero... también fue bueno. Max lo miró. No dijo nada. Solo asintió. --- En otra parte de la ciudad, Marcos se apoyaba contra la verja de su casa, viendo cómo el cielo se oscurecía poco a poco. Estaba por subir cuando la voz de su vecina, la señora Vega, lo llamó desde el porche de al lado. —¡Marcos! Estamos por cenar. ¡Ven, acompáñanos! Él dudó. Iba a rechazarla con una excusa fácil, pero al voltear, vio a su hermano José (el de 23) mirándolo desde la ventana con los brazos cruzados. Suspiró. —Claro, ya voy. La casa de los Vega era pequeña, acogedora, pero esa noche estaba cargada de una tensión que se sentía desde la puerta. Se sentó a la mesa junto a Clara, la hija de la familia, de su edad. Llevaban años siendo vecinos y se conocían de toda la vida. Los primeros minutos de la cena fueron normales. Chistes tímidos, preguntas comunes. Pero todo se torció cuando el padre de Clara preguntó por su otro hijo, Daniel. —No ha vuelto en tres días —dijo la madre, tensando la mandíbula. —Porque seguro está en esa mierda de nuevo —espetó el padre. —No empieces con eso frente a los invitados —susurró ella. —¡Tú eres la que lo encubre! Siempre haciéndole sopa caliente cuando aparece con los ojos rojos. Clara bajó la cabeza. Marcos sintió el aire volverse más denso. Tomó su servilleta, se levantó lentamente. —Voy al baño, con permiso. Nadie respondió. Todos estaban demasiado ocupados lanzándose cuchillos con la mirada. Entró al baño, cerró la puerta, y luego abrió la ventana. No era muy alta. Con un poco de esfuerzo, se trepó y cayó al jardín trasero. Caminó por la calle en la oscuridad, sintiéndose extrañamente culpable. En la casa, Clara esperó un rato. Luego se levantó y tocó la puerta del baño. —¿Marcos? ¿Estás bien? No hubo respuesta. Empujó la puerta. El baño estaba vacío. —No otra vez... —susurró, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Volvió a la mesa con la cara roja, pero nadie notó su dolor. Todos seguían discutiendo. Clara bajó la cabeza y se tragó el llanto con el último sorbo de jugo. Marcos ya se había ido. Como siempre. --- En casa de Max, Lucas miraba por la ventana con una taza vacía en la mano. Max estaba al otro lado de la habitación, buscando una manta. —Gracias por... no hacer preguntas raras —dijo Lucas sin girarse. —Gracias por no lanzarte al lago solo. Hubiera sido un bajón. Lucas sonrió. Por primera vez en días, sintió que alguien lo veía sin pedirle explicaciones. Y eso, por ahora, era suficiente.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR