El vapor del baño todavía flotaba en el aire cuando Lucas salió con una toalla sobre los hombros y una bermuda prestada. Su cabello húmedo goteaba por las sienes, y sus pies hacían pequeños ruidos en el suelo de madera del pasillo. Estaba nervioso. No era su casa, y a pesar de que Max le había asegurado que todo estaba bien, algo en su pecho seguía sintiéndose inquieto.
—¿Tienes hambre? —le había preguntado Max mientras le ofrecía una camiseta grande que decía "UCLA Drama Club".
Lucas solo asintió, todavía intentando procesar todo lo que había pasado. El salto al lago, las risas, el silencio compartido... ese momento en que Max lo había agarrado por la cintura justo antes de que la escena cortara.
Pero justo cuando estaba por ponerse la camiseta, se escuchó una puerta abriéndose apresuradamente y pasos rápidos subiendo por la escalera.
—¿Max? ¿Estás en casa? —La voz era femenina, firme, y con ese tono que solo tienen las madres preocupadas.
Lucas apenas alcanzó a ponerse la camiseta cuando la puerta del cuarto se abrió sin aviso.
—¡Maximilian!—
La señora se detuvo en seco al ver a Lucas parado frente a ella, todavía con gotas en el cuello y la camiseta visiblemente grande para él. Sofía, la madre de Max, era una mujer de unos 40 años, cabello rizado recogido en una coleta apretada, ojos atentos y una presencia que llenaba la habitación.
Lucas tragó saliva.
—Hola —dijo, con la voz más baja del universo.
Sofía lo miró de arriba abajo, con la ceja arqueada.
—¿Y tú eres...?
Antes de que Lucas pudiera responder, Max apareció corriendo desde la escalera con el pelo mojado, aún secándose con una toalla.
—¡Mamá! —dijo entre risas—. No lo asustes. Es Lucas, mi vecino. Nos caímos al lago. Todo bien.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Al lago? ¿Otra vez te estás lanzando desde ese acantilado ridículo?
Max se encogió de hombros con una sonrisa.
—No fue planeado. Fue terapéutico.
—Ajá. Y ahora tengo un niño empapado en mi pasillo. Ven, Lucas, vamos a buscarte algo de ropa seca. No puedes cenar así.
Lucas apenas murmuró un "gracias" y la siguió por el pasillo. Max los miró desde atrás, aún sonriendo, y bajó después a preparar la mesa.
—Parece que hiciste una impresión —susurró cuando Lucas volvió con una camiseta limpia, más pequeña, y unos pantalones deportivos.
—¿Buena o mala?
—50/50. Pero no te preocupes, sobreviviste al interrogatorio de mi mamá.
La cena fue servida minutos después. En la mesa estaban Sofía, Max, Lucas, una niña de siete años con trenzas de colores llamada Abril, y otro chico, Maxin, el hermano de Max, de 17 años, ojos claros y con cara de no querer estar ahí.
—¿Entonces tú eres el famoso Lucas? —preguntó Maxin apenas sentarse, con media sonrisa.
—¿Famoso? —respondió Lucas, sorprendido.
—Sí, Max habla de ti más de lo que crees —dijo Abril sin filtros, masticando pan con mantequilla.
Max bufó y la miró con fingida molestia.
—Abril, come y no hables tanto.
—¿Qué tiene de malo? —respondió la niña—. A mí me gusta Lucas. Tiene cara de anime.
Todos rieron, menos Lucas, que se sonrojó hasta las orejas.
—¿Vas a la escuela aún? —preguntó Sofía mientras servía arroz.
—Sí, estamos en segundo año —respondió Lucas—. Bueno, yo. Maxin va a la misma escuela.
—Lo he visto en los pasillos —dijo Maxin—. Siempre con los audífonos puestos, como en su propio mundo.
Lucas asintió, acostumbrado ya a esa descripción.
—¿Cómo te va en teatro? —preguntó Max, cambiando de tema.
—Apenas empecé. Pero me gusta. Se siente... como un escape.
—Ah, el drama —dijo Sofía, medio en broma—. Algo que en esta casa sobra.
Entre conversaciones sobre clases, tareas y profesores, la cena se alargó. Lucas se sentía extrañamente cómodo. Había algo en esa familia rota y ruidosa que se sentía más unido que todo lo que él tenía en casa. Sofía era estricta, pero protectora. Maxin parecía molesto con todo, pero se reía con Abril cuando nadie miraba. Y Max... bueno, Max era una historia que Lucas no había empezado a entender del todo.
Después de la cena, Max lo acompañó a la puerta. La noche ya había caído, y la brisa olía a tierra mojada.
—¿Estás bien? —preguntó Max, ya más serio.
—Sí. Gracias por... todo esto.
—Cuando quieras. Ya sabes el camino.
Lucas sonrió. Y con un "nos vemos", se alejó bajo las luces tenues de la calle, sintiendo por primera vez en mucho tiempo, que tal vez... solo tal vez, alguien empezaba a verlo de verdad.