Hoy no pienso ir a la empresa que Bruno me obsequió, debería ir para acomodar cosas y alistarla para la inauguración pero ni siquiera tengo energías para levantarme de la cama. Mi teléfono suena, extiendo mi mano a la mesa de noche para tomarlo y contesto la llamada. —¿Estás en la mansión? —dice en un tono rápido Dafne del otro lado. —Sí, ¿por qué? —frunzo el ceño—. ¿Estás bien? ¿Sucedió algo entre Tom y tú? —me siento de mejor forma en la cama. —¿Puedo ir a verte? Debo contarte en persona —aún sigue hablando en tono apresurado. —Claro que pued... —no alcanzo a terminar mi oración porque cuelga la llamada—. Yo también te adoro, amiga —le hablo al teléfono y vuelvo a dejarlo sobre la mesa de noche. Me levanto de la cama y salgo de la habitación para bajar las escaleras. Al llegar a l

