bailando un tango desnudos sobre la cama.
—Edixon siempre hace daño a todo el mundo... antes o después. Lo descubrirás pronto.
—Creo que deberías irte.
—Zara se moría de ganas de dejar de ser educada. Aquella no era una mujer enamorada, era una serpiente preparándose para atacar.
—¿Sabe lo de tu padre? ¿Lo de la sórdida familia que has escondido en el pasado? Zara apretó los dientes y hundió las uñas en la carne de sus brazos.
—Edixon lo sabe todo. Por la mirada fría y calculadora de Vanessa, era evidente que sabía algo.
—¿Todo? ¿Estás segura de eso? No tenía nada que esconder... Bueno, casi nada. Zara había enterrado sus pecados a tanta profundidad que ni siquiera sus contactos serían capaces de encontrarlos.
—Hablas como una mujer desesperada, Gloria, y he de decirte que no te favorece. La sonrisa de la otra mujer se desvaneció.
—No hay nada en mí que se parezca remotamente a la desesperación. Tú, en cambio, eres la viva imagen.
—Ding, ding. Fin del asalto.
—Zara abrió la puerta de par en par, sin importarle quién tomara la foto—. Muévete o te pateo los Gucci con mis Jordan. El corazón le iba a cien por hora, tanto que le apetecía propinarle una buena patada.
—Ten cuidado, no sabes con quién estás tratando. Zara se acercó a ella tanto como pudo sin llegar a tocarla.
—Señorita, no tienes ni idea de qué soy capaz. Y pensar que cuando Edixon me habló de lo vuestro, sentí pena por ti. Qué pérdida de tiempo. No sé en qué estaría pensando Edixon. Los ojos de Gloria rezumaban veneno. Sin mediar palabra, dio media vuelta, se puso unas gafas de sol oscuras y salió disparada hacia el deportivo rojo que la esperaba aparcado en la calle. Zara no estaba dispuesta a aceptar cuánto le había afectado aquella conversación, así que, en lugar de dar un portazo, cerró la puerta tras ella y se apoyó en el marco. Cuando la violencia del encuentro se filtróen su torrente sanguíneo, las manos empezaron a temblarle descontroladamente. Oyó el sonido de la gravilla bajo las ruedas de un coche.
—Muy bonito. Se apartó de la puerta y fue a buscar el bolso. No le apetecía hablar, así que cogió el móvil, escribió un mensaje y se lo mandó a Edixon. «¿Gano algo si tengo razón?», le preguntó a su marido. Mientras esperaba una respuesta, cerró la puerta con llave, subió las escaleras y se dirigió hacia la ducha. El móvil vibró justo en el momento en que pisaba el último escalón. «¿Razón en qué?» «Acabo de conocer a la víbora rubia. No sé qué pudiste ver en ella además de lo obvio.» Y puesto que no estaba segura de poder hablar, añadió: «Me meto en la ducha, hablamos Zara tiró el teléfono encima de la cama y se dirigió al lavabo. Poco a poco, empezaba a recuperar la compostura. Observó su imagen reflejada en el espejo del lavabo. La niebla de primera hora de la mañana había causado estragos en su pelo y encima todavía tenía las mejillas coloradas.
—Qué desastre. Oyó el sonido del teléfono en el dormitorio pero lo ignoró. Luego se quitó la camiseta y la metió en la cesta de la ropa sucia. Las palabras de su amiga del instituto resonaban en su cabeza: «Arsenal completo».
—¿Sabes qué, Esixon? Creo que te haré caso con lo de la tarjeta de crédito. Con mujeres como Vanessa plantándose en la puerta de su casa, lo mínimo que podía hacer era vestirse adecuadamente para la batalla. Había nacido en una familia pudiente y conocía las normas del juego, solo que había escogido no participar. Hasta ahora.
Edixon se frotó la cara por millonésima vez aquel día. El mensaje de Zara lo había dejado descolocado y todavía no había podido hablar con ella. ¿En qué demonios estaba pensando Gloria? ¿Qué le había dicho a su mujer? No llevaba ni una semana casado y ya tenía que pensar en la forma de mantener a su esposa y a sus amantes separadas. Edixon ni siquiera había hablado con Gloria desde el día en que puso el anillo en el dedo de Samantha. Había intentado llamarla, una única vez, pero cuando el mayordomo le dijo que su señora no aceptaba llamadas, pensó que ya no tenían nada más que decirse. Rebeca le había enviado un frío «Llámame cuando te canses de ella». ¿Y qué había querido decir con «víbora»? Nada bueno, seguro. Maldita sea. Si no tuviera que pasarse un día entero volando, ahora mismo se montaría en su avión privado, aunque tomar decisiones precipitadas nunca había sido su estilo. El plan era volver a Estados Unidos el domingo por la tarde para recoger a su mujer y escoltarla de vuelta a Europa. A menos que Zara le necesitara antes, se mantendría fiel al plan original. La idea de verla seguía despertando en él un sentimiento que le dejaba sin respiración. Las conversaciones que mantenía con ella por teléfono le alegraban el día de una forma que jamás hubiera imaginado. Tanto flirteo acabaría convirtiéndose en un problema en cuanto estuvieran en el mismo país. Un océano de por medio parecía una distancia segura. Quizá por eso últimamente tenía la sensación de estar abriéndose a ella. Para él, las mujeres siempre habían sido un juego al que no podía negarse a jugar. Primero a atraerlas, lo cual no le resultaba difícil, y luego a seducirlas. Aunque hasta entonces nunca se había marcado un tiempo máximo, sus relaciones solían durar de media entre seis meses y un año. Sin embargo, la atracción que sentía por ellas solía apagarse mucho antes. Edixon no conocía la monogamia, un rasgo que sin duda había heredado de su padre. Con Zara no le hacía falta jugar. Por primera vez en su vida adulta, se sentía cómodo siendo honesto con el sexo opuesto. Su teléfono le avisó de la llegada de un mensaje con un pitido.
—Zara
—susurró Edixon, esperanzado. Pero no era ella, sino un mensaje del banco informándole de los movimientos de la tarjeta que le había dado a su mujer. Quizá al final la visita de Gloria serviría para algo, pensó. Comprobó la cantidad del cargo y sonrió. De pronto recordó el comentario de Zara acerca de que las mujeres eran criaturas emocionales. Al parecer, su esposa no era inmune del todo. Las épocas más traumáticas en la vida de una persona a veces despiertan en ella un sexto sentido sobre las cosas que la rodean, o al menos eso era lo que creía Zara. Y es que nadie podía negarle que, a pesar de lo joven que era, había sufrido más que muchos otros en dos vidas. Pronto la chusma de la prensa rosa la sustituyó por la sensación del momento, una actriz que por culpa de las drogas y del mal comportamiento había dado con sus huesos en la cárcel. Gracias a Dios, se olvidaron de la nueva duquesa que vivía en las afueras de Tarzana, aunque Zara no dejó de sentirse observada, de notar el peso de unos ojos ajenos sobre ella. Y empezaba a estar harta.