—Siento si empeoré tu noche con la coca cola —dijo mientras me tendía una servilleta. —Tal vez fue un mal inicio, ¿te parece si comenzamos de nuevo? —lo miré extrañada —Hola, mi nombre es Noah —me tendió su mano. —Deberías decirme el tuyo si lo que quieres es que deje de llamarte niña, niña.
—Me llamo Alondra —dije tomando su mano para estrecharla.
—Alondra, lindo nombre. Me recuerda a los pájaros de mi abuela.
—¿Debería considerar eso un halago? —reí.
—No lo sé, pero punto para mí porque te hice reír —me miró fijamente a los ojos —Sé que no soy quién ni sé por lo que estarás pasando, pero si necesitas llorar, hazlo. Aquí, cuando estes en tu habitación, sola, acompañada, no interesa. Es más, si necesitas desahogarte, es buen momento. Hace unos minutos ni sabía tu nombre, no te juzgaré.
—Gracias Noah, pero no es necesario. Lo único que quiero ahora son litros de helado, chocolate y mi cama. Pero no, el ser que menos quiero ver en este mundo está en la puerta de mi casa y sabe Dios hasta cuando se quedará ahí.