—Nueve y treinta, tengo macarrones de ayer —señalé mi plato intacto en la mesa.
—Mierda, es tardísimo —se levantó de golpe. —Tengo que irme.
¿Desde cuándo las nueve y treinta es tarde que no me he enterado?
—Una que intenta ser buena onda y le rechazan el desayuno…
—¿Paso por ti en la tarde? ¿Qué dices? De paso te cuento por qué necesitaba refugio, para que confirmes que no soy un asesino en serie.
—Tengo planes con mi mejor amiga —hice un puchero.
—No me quieres dar tu número de teléfono, me rechazas las salidas, no lo sé Alon. Si no me quieres volver a ver solo dilo. Tan bien que me habías caído…
—No es eso tonto, en serio no tengo móvil.
—Bien, te dejo el mío. Ya queda en ti llamarme o no —Cogió un lapicero de mi escritorio para apuntarme su número en un trozo de servilleta. Tal cuál las películas antiguas. —Nos vemos Alon. —Se despidió con la mano para después saltar por mi ventana y desaparecer de mi habitación. Suspiré. No sabía si lo llamaría, es decir; me cayó muy bien fuera de todo, pero otro hombre en mi vida era lo que menos quería. Ya suficiente con lo que había vivido con Nicolás. Sería muy apresurado comenzar a salir con alguien más. Al menos debería esperar un tiempo. Un tiempo para mí, realmente lo necesitaba. Abrí la puerta y me encontré con mi amiga furiosa.