Alondra
Los golpes repetitivos en la puerta me despertaron de sopetón. No recordaba haberle puesto seguro. Un brazo aplastaba fuertemente mi costilla, intentaba zafarme, pero era inútil. Era peso gorila lo que tenía encima.
—¡Alon! ¡Alon! ¡Despierta! —más y más toques. Era Mire. Mierda.
—Mire, ya salgo. Dame 5 minutos.
—Vamos tarde, date un duchazo de una vez. ¡Te espero en la cocina!
¿Tarde? Tomé el Ipad, 9:30 de la mañana. ¿A esto llamaba tarde?
Empujé a Noah, liberándome de su brazo con peso de elefante. Lo samaquee y nada, dormía como un tronco. Pues sería hora de la venganza. Sonreí para mí misma. Fui al baño, llené uno de mis vasos acumulados con agua y se la arrojé encima. Y de nuevo nada. Ni se inmutó. Lo samaquee nuevamente. Mierda, mierda, mierda. ¿Estaba muerto? ¿Por qué no reaccionaba?
—¿Noah? Despierta Noah, no me hagas esto. —Ya estaba por llamar a la ambulancia cuando el imbécil comenzó a reír. —Vete a la mierda.
—Tenía que terminar la pijamada con el broche de oro —siguió riendo. —¿Qué hora es? Muero de hambre.