Al día siguiente, la horrible resaca de la noche anterior despertó a Kalen, quien parpadeó varias veces antes de mirar a su alrededor. Seguía en la taberna, al parecer todos habían dormido ahí, tirados en sillas, mesas o incluso abrazados a jarras vacías. El dueño de la taberna, un anciano robusto con barba blanca y manos expertas, se le acercó con una taza humeante de color incierto. —Bébelo. Es mi receta secreta contra la resaca. Te pondrá de pie como si nada hubiese pasado —dijo con una sonrisa socarrona. Kalen tomó un sorbo, frunció el ceño ante el sabor intenso, pero al instante sintió cómo la neblina en su cabeza comenzaba a disiparse. El anciano también le sirvió un plato caliente con pan, carne seca y huevos revueltos. Uno a uno, los demás fueron despertando entre gruñidos, ris

