El campo temblaba con cada embate de poder. Guerreros luchaban, el acero cantaba, la tierra se teñía de sangre, pero en el centro de todo, como el corazón de una tormenta, estaban ellos: Kalen y Lucas. La Masamune resplandecía con una luz blanca y pura, como una llama viva en manos de Kalen. La Murasama, en cambio, ardía con un fuego oscuro que parecía devorar el mismo aire, extendiéndose desde la hoja como si tuviera voluntad propia. —¿Vas a llorar por tu perra otra vez, Kalen? —provocó Lucas con una sonrisa retorcida, su voz cargada de desprecio. —¡No te atrevas a pronunciar su nombre! —bramó Kalen, lanzándose hacia él con un tajo horizontal que se encontró de lleno con la defensa negra de Lucas. El impacto entre ambas espadas generó una onda de energía que se expandió en todas direc

