A pesar del dolor en su tobillo, se incorporó. Una fuerza nueva latía en su pecho. Vio una salida estrecha entre dos formaciones rocosas y decidió seguirla. A medida que avanzaba, descubría nuevos grabados tallados en las paredes: los Hijos de la Tierra enfrentando oleadas de sombra, sus cuerpos iluminados por la esperanza que ardía en sus corazones. Resistían. Caían. Volvían a levantarse.
Llegó a una cámara más amplia, pero oscura como la noche sin luna. Un escalofrío reptó por su columna. Las paredes temblaban con un sonido sordo, como si algo respirara en la oscuridad. Entonces, un rugido retumbó desde todos los ángulos. Intentó invocar su magia, pero… nada. La energía se le escapaba entre los dedos. Era como si ese lugar se alimentara de magia para mantener su oscuridad viva.
Un golpe la lanzó por el aire. Su cuerpo chocó contra una roca que, para su horror, comenzó a moverse. No era una roca. Era un ser de piedra, un coloso viviente con ojos sin alma.
—¡Maldición! —gruñó Ania, obligándose a rodar y esquivar mientras otra criatura surgía del suelo.
Con sus katanas casi inútiles sin refuerzos mágicos, debía confiar en su astucia. Cerró los ojos, respiró hondo y se fusionó con el entorno. No podía ver, pero podía escuchar, oler, sentir el flujo del aire. Cuando detectó un movimiento veloz, lo agarró con toda su fuerza y, usando su impulso, lo lanzó hacia otra presencia. El sonido de piedra contra piedra retumbó.
—Bien… dos menos.
La batalla se volvió una danza de instinto y estrategia. Ania usaba el entorno: empujaba a las criaturas contra estalactitas filosas, las hacía tropezar con raíces salientes, y giraba con agilidad sobre su tobillo herido como si fuera parte del terreno. Cada golpe la lastimaba, pero su voluntad ardía con la fuerza de mil promesas.
Siguió luchando. Siguió respirando. Siguió creyendo.
Cuando por fin el último monstruo de piedra se desplomó con un crujido final, Ania cayó de rodillas, jadeando. Sus brazos temblaban, y el sudor se mezclaba con la sangre en su piel.
Una tenue luz dorada comenzó a brillar al fondo de la cámara. Una puerta de piedra se abrió suavemente, como si el lugar reconociera su victoria.
—¡Sí! ¡Así es como se hace! —gritó con voz ronca pero decidida, su cuerpo aun vibrando por la adrenalina.
Se sostuvo en pie y, con paso lento pero firme, se adentró por la nueva entrada. En su interior, algo la llamaba… algo que la conectaba con su destino y con un lobo de ojos carmesí que aún creía haberla perdido
Continuó su camino por un pasillo angosto que terminaba abruptamente en una pared vertical de roca. Pero no era un callejón sin salida. Podía escalar.
Ania sacó un par de sai que llevaba sujetos a sus caderas y los usó como ganchos improvisados. Con cada movimiento, pequeños fragmentos de piedra caían, golpeándola en los hombros y los brazos, dejándole marcas. Pero su determinación era más fuerte que cualquier dolor. No podía rendirse. No ahora.
Debía encontrar a Kalen. Debía encontrar la Masamune.
La escalada era ardua. Había salientes estrechas donde podía tomar breves descansos, pero sabía que no debía demorarse. El tiempo era vital. A cada tramo que subía, la luz se hacía más clara, más dorada. Sus pulmones ardían, sus brazos temblaban, pero no se detuvo.
Cuando por fin alcanzó la cima, se arrastró hasta el borde y se incorporó con dificultad. Frente a ella se alzaba un pasillo cubierto de escaleras talladas a mano, serpenteantes y solemnes. Cada peldaño estaba flanqueado por murales que continuaban la historia: los Hijos de la Tierra ascendiendo al monte más alto para entregar sus tesoros sagrados a los dioses.
Valor. Coraje. Sabiduría.
—Genial… más escalones —murmuró, aunque una sonrisa cansada se dibujaba en su rostro. Esto era parte del camino. Parte de su destino.
Cuando por fin llegó al final de las escaleras, se encontró en una cámara inmensa, abovedada, con columnas que llegaban al cielo y mosaicos brillando en el suelo. En el centro, iluminada por un rayo de luz celestial que caía desde una abertura en la roca, se encontraba un pedestal. Y sobre él…
La Masamune.
Una espada majestuosa, de hoja plateada con reflejos dorados, dormía envuelta en un aura sagrada. Su presencia imponía respeto y paz al mismo tiempo. Y del otro lado de la cámara…
—¡Kalen! —gritó Ania, una oleada de emoción latiendo en su pecho.
Kalen levantó la vista, aún impresionado por la Masamune. Pero al verla… sus ojos se abrieron, incrédulos.
—¡Ania! ¡Estás viva! Yo… yo lo siento… debí protegerte…
Ania corrió hacia él, sin importar el tobillo herido.
—Olvida eso, Kalen. Lo importante es que estamos aquí. Frente a la Masamune —dijo con una sonrisa, mientras una lágrima bajaba por su mejilla.
Y por fin, el destino los reunió… justo donde todo comenzaría de nuevo.
Ambos voltearon a ver la Masamune, descansando en paz sobre su pedestal sagrado. Era como si una melodía silenciosa llenara el espacio, una vibración suave que les hablaba directamente al alma. El aire era distinto en esa cámara, denso y sereno, cargado de historia y propósito. La espada no era solo un arma, era un legado.
Ambos se acercaron con respeto, sus pasos resonando en la inmensidad de la sala como ecos de algo antiguo y eterno.
—¿Por qué no lo intentas, Kalen? —dijo Ania, mirándolo con suavidad.
Kalen la miró sorprendido, sus cejas ligeramente fruncidas por la incredulidad.
—¿Tú crees que… yo? —su voz tembló con un dejo de duda—. Mis manos han destruido. No soy puro, Ania…
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Mis manos están manchadas de sangre —dijo ella, con la mirada baja—. Mis sueños… plagados de las muertes causadas por mi magia, por mi espada. Pero tú… tú eres diferente, Kalen. Tu fuerza no está en la guerra, sino en lo que proteges.
Kalen tragó saliva y asintió.
—Lo intentaré.
Se acercó al pedestal. Podía sentir una presencia envolvente. La energía que emanaba la Masamune era cálida pero imponente. Colocó ambas manos en la empuñadura. Cerró los ojos, y las imágenes llegaron como una corriente viva: su manada, sus amigos, los inocentes… Ania.
Abrió los ojos. En ellos brillaba una llama de determinación. Inspiró hondo y tiró.
Una ráfaga de energía recorrió el pedestal, elevando una brisa circular a su alrededor. Kalen sintió cómo la espada comenzaba a moverse… pero entonces, se detuvo. Lentamente, comenzó a volver a su lugar.
—No… —susurró.
—¡Kalen! —gritó Ania desde atrás—. ¡No es momento de que dudes! Esta es la última prueba. ¡La espada quiere saber si tus motivos son puros, si tu corazón es digno!
Kalen cerró los ojos nuevamente, esta vez con fuerza. Sintió su interior arder, no con rabia, sino con el amor por su gente, el dolor por lo perdido y la esperanza por lo que aún podía salvar.
—Lucho por mi manada… por Feralis… por ti —susurró.
Con un rugido interior, jaló con ambas manos. La espada, finalmente, cedió.
Un resplandor dorado los envolvió a ambos cuando Kalen levantó la Masamune en alto. El aura se extendió por toda la cámara como una ola de luz.
Ania lo observaba con asombro. Y en los ojos de Kalen, el fuego de un nuevo destino había comenzado a arder.
Salieron del monte Rezo con la Masamune en su poder, atravesando un pasaje que se abrió mágicamente ante ellos. El camino era tranquilo, sin trampas ni obstáculos, como si el monte mismo les reconociera su valor. Pero ambos sabían que la verdadera prueba apenas comenzaba.
El pasadizo los condujo hasta la base del monte, donde la luz del sol comenzaba a teñir el horizonte con tonos dorados. Exhaustos y heridos, decidieron montar un pequeño campamento al abrigo de unas formaciones rocosas.
Kalen, aún con la adrenalina del momento anterior, se concentró en curar las heridas de Ania. Aunque sus manos eran grandes y fuertes, sus movimientos eran suaves, cuidadosos, casi reverentes.
—No tienes que tomarte tantas molestias, estoy bien —dijo Ania, sonrojada por las atenciones tan delicadas del alfa.
Kalen no respondió, simplemente continuó aplicando un ungüento en sus heridas, concentrado y silencioso.
Cuando terminó, la comida ya estaba lista. Una pequeña olla burbujeaba sobre el fuego.
—Espero que te guste —dijo Kalen, sirviéndole un cuenco—. Es un estofado que me enseñó a hacer mi madre. Es muy nutritivo, te ayudará a sentirte mejor.
Ania sonrió.
—Vaya, no sabía que también cocinabas —dijo con tono juguetón—. Supongo que eres un alfa con muchas sorpresas.
Kalen sonrió con orgullo.
—Solo un alfa muy bien preparado —dijo con un guiño pícaro.
Ania probó el estofado y sus ojos se iluminaron.
—Mmm… está delicioso, Kalen.
—Me alegra que te gustara —dijo Kalen, visiblemente emocionado, disfrutando del momento de calma junto a ella bajo el cielo estrellado.
El camino de regreso fue tranquilo. El bosque que antes estaba envuelto en una neblina densa y hostil, ahora resplandecía con vida. Los árboles dejaban pasar rayos de sol dorado, las flores brotaban en tonos brillantes, y claros llenos de hierba fresca se extendían como alfombras naturales. En uno de ellos, un lago cristalino reflejaba el cielo con peces de colores nadando bajo su superficie.
El aire tenía un aroma dulce, primaveral, como si el mundo estuviera celebrando su victoria.
Ania caminaba descalza, dejando que la hierba acariciara sus pies. Respiraba profundamente, con los ojos cerrados por momentos, incapaz de creer la belleza que la rodeaba.
Kalen la observaba desde unos pasos detrás. Una sonrisa se dibujaba en su rostro al ver la libertad en la expresión de Ania, una luz distinta en su mirada que no había visto antes.
—¡Mira! ¡Un panal! ¡Nunca he probado la miel, iré por un poco! —exclamó Ania, corriendo feliz hacia un árbol cercano.
—¡Ania, espera! —intentó advertir Kalen, pero ya era demasiado tarde.
Apenas tocó el panal, un enjambre de abejas se levantó con furia, y en un segundo comenzaron a picarla en el rostro, brazos y cuello.
—¡Aaahh! ¡Kalen! ¡Las abejas! —gritó Ania, corriendo hacia él.
—¡No, aléjate de mí! ¡Ahhh! —gritó Kalen al verlas acercarse.
Ambos corrieron como locos hasta el lago y se zambulleron sin pensarlo. Las abejas, satisfechas, se alejaron dejándolos empapados, jadeantes y cubiertos de picaduras.
Kalen emergió del agua con la cara hinchada y el cabello pegado al rostro.
Ania lo miró, se aguantó unos segundos… y estalló en carcajadas.
—Ahora sí me gusta lo que veo, alfa —dijo con una sonrisa traviesa, recordando aquella vez cuando lo vio por primera vez en el bosque y él la sorprendió mirándolo.
Kalen soltó una carcajada sincera y replicó:
—A mí también me gusta lo que veo… omega.
Ambos rieron mientras el agua brillaba a su alrededor, como si el bosque entero compartiera su alegría.
Después de reír, comenzaron a jugar en el agua como niños, lanzándose chorros, salpicándose sin piedad. Kalen intentó sumergirse para asustarla, pero Ania, rápida, lo esperaba con una trampa: le tiró encima una rama flotante justo cuando salió a la superficie, cubriéndolo de hojas y algas.
—¡Eres malvada! —dijo entre risas, quitándose las algas del cabello.
—Soy ingeniosa —respondió Ania, con una ceja levantada y una sonrisa victoriosa.
Kalen fingió ofenderse y se lanzó hacia ella, pero Ania fue más rápida y nadó hacia una roca cercana.
—¡Si me alcanzas, te dejaré probar la miel que logré rescatar! —gritó entre risas, sacando de su cinturón un pequeño frasco que había protegido contra todo pronóstico.
—¡Eres increíble! —dijo Kalen mientras la seguía a nado, riendo como hacía mucho no lo hacía.
Y así, entre juegos, risas y gotas de agua que volaban por el aire, el lazo entre ellos se fortalecía, no solo como guerreros… sino como algo más.