El río turbulento que antes era imposible de cruzar ya no estaba congelado, pero un nuevo sendero había surgido: enormes nenúfares flotaban sobre la superficie, lo suficientemente grandes como para caminar sobre ellos. En el centro de cada uno, una flor brillante irradiaba una suave luz azulada, como si la naturaleza misma quisiera guiarlos. Ya era de noche cuando llegaron al río. Luciérnagas revoloteaban a su alrededor, creando un espectáculo de luces danzantes. El croar armónico de las ranas y el canto agudo de los grillos componían una melodía mágica, casi ceremonial. Era como si el bosque estuviera celebrando su paso. Decidieron acampar ahí mismo, en la orilla, bajo un dosel de hojas que filtraban la luz de la luna. La brisa era fresca, y el reflejo del cielo estrellado sobre el agua

