El viento se extinguió. No había sonido, ni aroma, ni movimiento. Solo el grupo, en pie frente a las Puertas Selladas del Sur, talladas en mármol oscuro, con inscripciones que latían como carne viva y emitían una luz grisácea, apenas perceptible… como el susurro de algo que aún sueña. Marina se adelantó. Sus dedos temblaban mientras deslizaba el báculo sobre el símbolo central: un ojo cerrado rodeado de seis alas rotas. —Estas puertas fueron creadas por las antiguas tribus del sur, mucho antes de la llegada de los reyes —dijo en voz baja, casi reverente—. Fueron cerradas no para proteger lo que estaba dentro… sino para protegernos a nosotros de lo que alguna vez salió. Las runas brillaron. Un sonido seco —como el crujido de una columna vertebral— atravesó el aire. Y entonces… las pu

