CAPITULO 75

1138 Palabras

El sendero flotante se detuvo abruptamente. La niebla se condensó y se abrió como un velo. El grupo se encontró de pronto en un altar circular, flotando sobre un abismo sin fondo. A su alrededor, estatuas colosales de deidades rotas: guerreros sin rostro, sacerdotisas de piedra con los ojos arrancados, serpientes coronadas de espinas. En el centro del altar, una piedra negra. Y sobre ella… una espada. La Murasama. Su hoja era delgada, curva, oscura como el vacío, con grietas internas que pulsaban un rojo brillante, como si la sangre fluía dentro de ella aún sin ser empuñada. Frente a ella, de rodillas, estaba Azhrel. Ya no era el joven que había amado. Tampoco era aún el Rey n***o. Estaba en medio del abismo. Sus manos temblaban. Su cuerpo flaco. El cabello enmarañado por la fieb

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