El Rey n***o alzó la Murasama con ambas manos. Su filo no brillaba, no relucía… palpitaba, como un corazón oscuro que no había latido en siglos… hasta ahora. Ania flotaba suspendida frente a él, atrapada en un círculo de runas rojas, sus ojos cerrados, su cuerpo envuelto en una luz dorada que luchaba por no extinguirse. —Tú eras mi error más grande. Y ahora… Serás mi arma final. Kalen gritó desde la base del altar. —¡NO! Pero fue demasiado tarde. La Murasama descendió. El filo maldito atravesó el vientre de Ania, y por un instante, el mundo pareció congelarse. No hubo grito. Solo un silencio absoluto. Luego, la sangre comenzó a fluir. Roja. Brillante. Viva. Pero no cayó al suelo. No salpicó. Se elevó. Como si el espacio mismo quisiera beberla. Como si el universo, hambrie

