Ania abrió los ojos. Pero no vio cielo. Ni tierra. Solo el infinito. Estaba de pie sobre una llanura de agua cristalina, tan quieta que parecía un espejo. Cada paso que daba creaba ondas suaves, como si caminara sobre recuerdos líquidos. El cielo era gris perla, sin sol, sin luna, sin estrellas. Un vacío sereno… hasta que empezó a quebrarse. A lo lejos, flotaban fragmentos suspendidos de su pasado: — Una cabaña en Feralis. — La risa de un niño en Loren. — La mirada de Kail. — El primer momento en que vio a Kalen. Todos flotaban como vidrios rotos, suspendidos en el aire, reflejando luz cálida… que comenzaba a apagarse. Porque desde los bordes del mundo… venía la sombra. Una niebla negra con reflejos escarlata se deslizaba sobre el agua como tinta venenosa. Donde tocaba, los recu

