Mientras tanto, en lo más profundo de la Torre del Cuervo, Axel y Mikau descendían por un corredor húmedo y sofocante. El aire olía a hierro fundido, azufre y magia oscura. Ecos de martillos resonaban, pero eran antinaturales, como si algo más que metal estuviera siendo moldeado. —¿Sientes eso? —murmuró Mikau—. Esta forja no es normal. Es como si tuviera un corazón que late. —No está hecha para armas comunes —respondió Axel con el ceño fruncido—. Aquí están creando horrores. Armas vivas. Se detuvieron frente a un portón de piedra marcado con símbolos alquímicos y líneas de sangre seca. Axel colocó la palma sobre una de las runas, y esta respondió con un destello azul. —Vamos. No tenemos tiempo. Entraron. La sala era vasta como una catedral, con hornos colosales escupiendo llamas negra

