Ania y Kalen, avanzaban por el corredor que conducía al corazón de la Torre del Cuervo. Las paredes eran más estrechas ahora, cubiertas de huesos incrustados y símbolos arcanos que latían con una luz púrpura. A cada paso, la energía oscura se volvía más densa. El aire olía a ceniza y hierro oxidado, y cada sonido parecía resonar con ecos múltiples, como si la torre los vigilara. Entonces, desde las sombras más profundas, surgieron los Guardianes de Élite: tres figuras encapuchadas con armaduras negras que parecían hechas de obsidiana viva. No hablaban. No respiraban. Pero sus ojos carmesí ardían con odio puro. —No hay vuelta atrás —murmuró Ania. —Que empiece la diversión —dijo Kalen, desenfundando la Masamune. Los guardianes alzaron sus espadas curvas al unísono, y la sala se llenó de

