Llegó la mañana. El aire era gélido, y un cielo gris cubría el horizonte como un velo de advertencia. No había canto de aves, ni brisa alegre. Todo el entorno parecía contener el aliento, como si incluso la naturaleza supiera que ese día comenzaría la verdadera batalla. Kalen se levantó temprano, con la Masamune envainada a su espalda y la determinación escrita en su rostro. Frente a las filas formadas, su voz rugió con fuerza: —¡Ha llegado el día! Hoy iremos al primer campamento enemigo. ¡Y no dejaremos vivo a nadie! Arqueros, ustedes abrirán el campo. Luego los guerreros entraremos con toda nuestra furia. ¡Por Feralis! El grito fue respondido con rugidos de batalla. Guerreros, arqueros y hechiceros se alinearon, sus ojos firmes y los músculos tensos. El grupo avanzó a través de los bo

