Capítulo 5: Primer Día de Trabajo
—Isabel—
Me despierto mucho antes de lo necesario, una energía nerviosa recorriendo mi cuerpo. Por primera vez en semanas, tengo un propósito. Tomo una ducha rápida y me dirijo al closet para buscar algo que gritara "profesional", pero con un toque de desafío.
Elijo una camisa blanca de seda de mangas largas, metida pulcramente en una falda negra que me llegaba justo por encima de las rodillas. La combinación se completaba con unas botas largas de cuero n***o. Me maquillo de forma sutil, pero marcada, y dejo mi cabello suelto. Me miro al espejo y confirmo que el atuendo era perfecto: fuerte, femenino e innegablemente hermoso.
Salgo al comedor, mis pasos resonando en el mármol. Alex, que estaba concentrado en su té, levantó la mirada. Al verme, su taza se detuvo a medio camino de sus labios. Se quedó en completo shock, sus ojos verdes escaneándome sin disimulo. El silencio era total, y por primera vez, no parecía tener el control.
—Buenos días —le digo con una calma que no sentía, tomando una taza de té.
Él parpadea, recuperando la compostura con un bufido.
—Buenos días. Espero estés lista para empezar tu día de trabajo.
—Digamos que no tengo más opción que hacer lo que me pides.
—Es bueno para ambos que entiendas que aquí las reglas las coloco yo.
—¿Quieres discutir desde temprano? —arqueo una ceja—. Que te quede claro: solo acepto esto porque no pienso quedarme en esta casa sin hacer nada. Además, espero que me pagues por mi trabajo. No pensarás que lo haré por obligación, ¿verdad?
—No te preocupes. Hablaré con Recursos Humanos para que te asignen un salario adecuado. —Me mira arrogantemente.
—Bien. Entonces, no se diga más. Te sigo. —Me levanto de la mesa, señalando la salida.
Alex reacciona con rapidez. Me toma de la mano, un toque firme y posesivo, y me obliga a volver a mi asiento de un jalón.
—Desayuna. Y por favor, que sea en silencio. —Le volteo los ojos en señal de fastidio, pero me siento a comer mi smoothie de frutas.
Después de un desayuno tenso y silencioso, nos dirigimos a su empresa. Al bajar del coche, no podemos evitar las miradas que se clavan en nosotros en el vestíbulo. Alex camina frente a mí, galante y elegantísimo, saludando de forma formal y distante a todos.
Subimos directo al ascensor hasta el piso quince, donde se encuentra su penthouse ejecutivo. Al pasar el recibidor, todas las miradas están puestas en nosotros, como si fuéramos celebridades. Puedo verlo detenerse, soltar los dos botones de su chaqueta con un gesto estudiado y meter una mano en el bolsillo. Su frescura irradia seguridad absoluta. Es innegablemente guapo, el hombre más apuesto que he conocido. Sus hermosos ojos verdes se fijan en mí mientras su personal se reúne con curiosidad en la recepción.
—Bien, ya que estamos todos reunidos, permítanme presentarles a Isabel Sánchez. Ella será parte de nuestro equipo de trabajo como mi secretaria ejecutiva. —La palabra ejecutiva le añade un peso que no esperaba—. Cualquier duda o consulta pueden asesorarla, y a partir de hoy, si necesitan algo de mí, únicamente pueden abordarme a través de ella. Sin más que decir, continúen con sus labores.
—Bienvenida —dicen todos al unísono, y se retiran a sus puestos.
Lo sigo hasta su oficina. Es gigantesca, con ventanales que ofrecen vistas impresionantes de Nueva York, pero su decoración minimalista y de tonos oscuros se siente tan fría como su corazón.
—Toma nota de todo lo que debas hacer. Si tienes alguna duda, solo pregúntame. Además, mi antigua asistente, Meredith, te ayudará a instalarte y a familiarizarte con el sistema.
Con eso, me retiro a mi pequeña oficina adyacente, sintiéndome aliviada de la presencia de Meredith, una joven muy cortés que me ayuda a instalarme.
A la hora de la comida, todos salen. Aún no he terminado de revisar los archivos cuando veo a Alex parado en la entrada de mi cubículo.
—Sal. Vamos a comer y luego te llevaré a donde la psicóloga. —Dice mientras revisa su celular con indiferencia.
—No tienes que llevarme, puedes enviarme con tu chófer. Así me siento más cómoda en mi cita.
Él asiente con desinterés fingido.
—Bien, vamos entonces.
Lo sigo fuera de la empresa hasta un restaurante elegante justo al cruzar la calle. Al entrar, un camarero joven se acerca para tomar la orden. Noto que su mirada se fija en mí, haciéndome sentir incómoda por la intensidad. Le ofrezco una sonrisa breve e indico mi orden.
Puedo ver la tensión en la mandíbula de Alex. El joven se incomoda al escuchar un carraspeo autoritario de Alex.
—Lo siento —expresa apenado el camarero, quien se retira.
Minutos después, llega la orden. Almorzamos en el silencio más absoluto. La incomodidad era palpable: no sé nada de Alex, él no sabe nada de mí, y tengo que ser la carga de un hombre al que detesto.
Saliendo de mis pensamientos, Alex pide la cuenta. Me dirijo al baño a retocarme el maquillaje. Al salir, Alex ya no está. Me dejó a cargo de Eliot, su chófer. Ni siquiera se despidió. ¡Qué maleducado!
Salgo del restaurante directo al coche, que me lleva a la clínica para mi consulta. Al bajar, mis nervios se hacen evidentes.
—Tome su tiempo. La esperaré afuera —dice Eliot, observándome con respeto.
—Gracias —le digo, expresándole una sonrisa sincera.
Subo en el ascensor hasta el piso. Al llegar a la oficina, me recibe una joven muy amable.
—Hola, mucho gusto, mi nombre es Isabel. Vengo de parte del Sr. Alex Word. —Le doy la mano.
—Lo sé. Toma asiento, mucho gusto. Soy Elizabeth Robert, tu psicóloga, hasta que tú así lo decidas —me dice, sentándose frente a mí con una calidez genuina.
—Gracias por atenderme —le expreso, todavía nerviosa.
—Bien, Isabel, quiero que te relajes y me cuentes, ¿cómo te sientes? —Toma una agenda y me observa, esperando.
Respiro profundo, reuniendo el valor para abrir mis sentimientos.
—Esta situación es muy difícil. No recordar nada de mi vida es muy triste. Además, tengo que ser la carga de una persona que no conozco. —Mi ánimo cae al pensar en Alex, quien debe soportar fingir convivir con una extraña.
—Todo esto lo irás superando. Creo que en un par de sesiones podríamos considerar integrar a Alex, para que se conozcan y puedan establecer una relación civilizada. Sería lo mejor para ambos si desean convivir en este lapso de tiempo.
—No. No quiero que él venga. No me sentiría cómoda. No podría expresar todo lo que siento sin culparlo de ser el único responsable de este accidente, de que yo esté aquí con usted, sin saber si tengo familia o si tenía una vida por delante.
—Esos miedos e inseguridades irán desapareciendo a medida que recuerdes y te desahogues. Siéntete libre de expresar lo que sientes. Yo seré como tu mejor amiga, a la que le cuentas tus problemas. Juntas buscaremos una solución.
Elizabeth intenta hacerme entender que la cooperación de Alex es fundamental, algo que para mí es impensable.
—Gracias, pero espero pronto recuperarme y dejar de ser una carga para Alex —le digo un poco molesta.
Elizabeth se acerca y toma mi mano para brindarme apoyo.
—Sé que sientes que eres una carga, pero no es así. Ambos están pasando por esto juntos, y juntos es la única forma de que se solucione. Sea para bien o para mal, deben llevarse bien. Hablar de lo que te afecta te ayudará a sanar.
—Sí, pero es él quien paga por todo esto, y no me gusta ser dependiente. Me gusta hacer mis cosas por mí misma. Además, no puedo seguir esperando que mis recuerdos aparezcan. Si no recupero la memoria, ¿qué haré? No puedo quedarme con Alex toda la vida. ¿Y si él quiere casarse? Yo no puedo ser un obstáculo.
—No lo serás. Solo es un año. Si en ese plazo no has recuperado la memoria y te sientes capaz de seguir sola, puedes firmarle su libertad y comenzar una nueva vida por tu cuenta. Pero debes trabajar en tu estabilidad emocional primero.
—Solo deseo que así sea. Por eso quiero trabajar y conocer la ciudad. Necesito desenvolverme en este tiempo, sea que recupere la memoria o no. No puedo seguir siendo la carga de Alex, y en un año le firmaré su libertad para que pueda hacer su vida a su antojo.
Hablar con Elizabeth es una motivación que me impulsa. Sentir el apoyo de una persona que te escucha y te aconseja significa mucho para mí. Sé que tengo en ella una aliada.
Me despido de Elizabeth. La sesión fue increíble. Regreso a la casa. Al llegar, noto que Alex aún no ha llegado. Subo a mi habitación, tomo una ducha y me siento con una energía renovada. ¡Hoy quiero ayudar a preparar la cena! No pienso quedarme sin hacer nada en esta casa.
Bajo y me dirijo a la cocina, donde se encuentra Marta.
—Hola, Marta, ¿cómo estás? —Ella me recibe con un abrazo y un beso en la mejilla.
—Hola, mi niña, ¿cómo te fue en tu consulta con la doctora? —dice, entregándome un vaso de jugo de naranja recién exprimido.
—Bien, Nana. Creo que si me esfuerzo, podré recordar y volver a mi vida.
—Ay, mi niña. Si eso pasa, me harás la mujer más feliz y triste de este mundo, ya que sé que te irás y no volveré a verte.
—No digas eso, Nana. Yo vendré a visitarte. Cuando Alex no esté, claro. No quisiera molestarlo. —Le expreso con incomodidad.
—Bueno, dejemos de hablar de eso y dame ese delantal. Te ayudaré con la cena.
—No, mi niña, no tienes que hacer eso. —Se sorprende, sosteniendo el delantal con fuerza.
—Ya te dije que te ayudaré. No me quedaré sin hacer nada en esta casa. —Le quito el delantal y busco en la alacena.
—Está bien. Pienso que no cambiarás de opinión. Pero si Alex pregunta, yo me negué rotundamente.
—Hecho. Ahora, enséñame a usar esta cocina. Se me ocurrió una receta desde que venía en el coche.
Nos concentramos en preparar la cena. Por alguna razón, esto me hace sentir muy feliz, útil y con una gran energía. Al terminar, escucho el auto de Alex llegar.
Me acerco a la entrada y puedo ver a dos jóvenes entrando con él. No viene solo. Dos chicos salen del coche y se aproximan a Marta para abrazarla con alegría.
—¡Nana, huele tan bien! Cómo extrañaba tu comida —dice un chico de ojos azules tan claros como el cielo, abrazándola con cariño. Es Alan.
—Tú con tus ocurrencias, joven Alan. —Marta lo abraza. El otro chico se acerca a ella, besando su mejilla y saludando.
—Nana, ¿qué preparaste? Que huele tan bien —dice el otro chico, extasiado, sin notar mi presencia.
Veo a Alex entrar. Fija su mirada en la mía mientras se quita la chaqueta. Ignora la escena que sus amigos hacen con Marta.
—¿Cómo te fue en la consulta? —dice, sirviéndose un vaso de agua.
—Bien, gracias por preguntar —le respondo muy seca. Él me ignora, alejándose de mí sin indagar más en el tema.
—Bueno, chicos, ¡al comedor! La cena está servida —dice Alex, guiñándome un ojo a mí.
Todos nos sentamos en el comedor. Yo me mantengo en silencio, observando a Alex hablar con sus amigos, muy divertido. No quería molestar con mi presencia, ya que ni siquiera me habían notado al entrar. Fue Marta quien llamó su atención.
—Isabel, mi niña, ¿quieres más ensalada?
Eso hace que los dos amigos de Alex me miren fijamente.
—¡Tú debes ser Isabel!