Capítulo XX: ¿Por qué las elige?

2083 Palabras
—Si no te vas en este momento… te juro que… Ya no acabó la frase, el auto arrancó a toda velocidad y giró en la siguiente esquina, Tina, regresó sobre sus pasos hasta la calle en donde se cometiera el crimen, para ese momento, un auto de la policía judicial entraba por el lado contrario y por el lado que ella venía, Samuel, detuvo su carro y bajó junto con Héctor. Cuando la vieron con el arma en la mano, las medias rotas, la blusa sucia, por el frente y por la espalda, la falda desgarrada de un lado, descalza y con un gesto de coraje en el rostro, supieron que lo había intentado. —¿Qué sucedió, agente Galván? —preguntó Samuel. Tina, le contó todo lo sucedido desde que se encontraba en el cabaret, no omitió ni un solo detalle de lo que había sucedido desde que viera a la pareja salir del lugar. Mientras avanzaban por la calle hasta donde se encontraba el cadáver de la sexta víctima, Samuel, le hacía las preguntas pertinentes. —¿Pudo ver bien al hombre con el que salió la mujer? —No, las luces del antro no ayudan, sólo supe que era hombre por su estatura y su cuerpo, era un poco más alto que usted y atlético, no le vi ni el cabello, ni el rostro. —¿Por qué le llamó la atención esa pareja en especial? —Porque iban tomados de la mano como adolescentes planeando una aventura, además, ella no pagó la salida, lo cual es un requisito del lugar, y por si eso fuera poco, no recogió, ni su bolso, ni su abrigo, se estaba dando a la fuga con él. —Eso quiere decir que ella lo conocía y confiaba en él, por eso lo siguió. —Aunque también puede ser que él le gustara y se sintiera bien en su compañía, por eso no sospechó nada de ese tipo —dijo la agente Galván. —Eso me parece más creíble, lo que nos indica que ese desgraciado se acerca a ellas y se gana su confianza, por eso le resulta tan fácil llevarlas hacia donde él quiere. —Así es como parece, señor. —Bueno, agente Galván, puede retirarse a su casa, que un carro patrulla la lleve para que descanse, ya mañana presentará su informe detallado. —Gracias, señor, sólo que me gustaría ver el cuerpo, creo que conozco a la víctima. —Adelante… vamos a verlo… recuerde las reglas de la escena del crimen, nada de tocar, ni de mover, sólo observe y si tiene preguntas, en su momento las hará. —Entendido, señor. —Se acercaron al cuerpo de la víctima, el cual ya era revisado por el forense y Gabriel, su ayudante, la rosa estaba a un lado teñida de sangre. —No sé por qué no se ensañó tanto con ella en esta ocasión —dijo el médico— sólo la cortó en el vientre y le dio dos puñaladas en el sexo, incluso ni la rosa está completamente empapada por la sangre. —Porque lo interrumpí… doctor —dijo Tina, viéndolos— ella es Celia, una de las chicas que trabaja en el antro… nos hicimos amigas la semana pasada, me dio algunos consejos para hacer bien mi trabajo y ganar un buen dinero, además, me pidió que me cuidara bien porque hay muchos locos sueltos… —agregó al borde de las lágrimas, Ugalde, la dejó expresarse libremente. —¡Ese maldito infeliz…! Cabrón hijo de la chingada… —exclamó furiosa Tina— debí haberle disparado cuando comenzó a correr… Debí meterle dos balazos, aunque fuera por la espalda… ¿Por qué la mató a ella que era tan buena amiga…? —¿Qué tan buenas amigas se hicieron? —le preguntó Ugalde— tal vez le contó algo que nos pueda servir de pista para saber por qué la eligió a ella. Tina, volteó a ver a Samuel, clavó sus ojos en los del experto agente que le sostuvo la mirada esperando una respuesta, lo vio tan relajado y tan seguro que no dudó, lo tomó de un brazo y lo hizo caminar con ella por la calle. En ese momento, Manuel Márquez, pasó a un lado de ellos y aprovechó para tomarles una foto, sin detenerse siguió su camino hacia donde se encontraba el cuerpo. —No sé cómo le hace ese infeliz para enterarse antes que nadie de los homicidios, siempre llega primero —dijo Samuel, sin poderse contener. —Tal vez alguien del departamento le da el soplo… un agente… una secretaria… incluso alguien del forense… no creo que sea adivino para hacerlo. —Yo tampoco lo creo… y esa es una de las tareas que tenemos que asignarle a alguien… qué investigue quién le informa a ese desgraciado y cuanto paga por ello, ya que no creo que le avisen de manera gratuita. —No quisiera estar en los zapatos del “soplón” —Bueno, ¿necesita que nos alejemos más? —preguntó de pronto. —No… yo creo que aquí está bien… y se preguntará por qué lo alejé de todos… bueno, es que lo que tengo que decirle, es tan complicado que no quiero que nadie más lo escuche… por lo que pueda pasar… —musitó Galván— tal vez hasta me regañe cuando le cuente las cosas… sólo que, ahora lo que importa es atrapar al infeliz degenerado que le hizo esto a Celia, y que lo refundan en la cárcel… por eso le voy a contar… Desde que comencé mi trabajo en el antro, Celia Robles, se mostró muy amable conmigo, me dio consejos para no meterme en broncas y poder llevar la fiesta en paz con los clientes, incluso me dijo cómo identificarlos y catalogarlos. Al tercer día, me invitó a su casa a comer, sí, ya sé que no se debe involucrar una con los posibles testigos, sólo que era tan amable que no pude negarme, ese día comimos, platicamos y por la noche nos reunimos en el antro. A los tres días, ya éramos buenas amigas, tal vez por eso me pareció raro que ese infeliz la tomara de la mano y la sacara del lugar sin que ella se resistiera, no sé. Bueno, la cuestión fue que en una de esas comidas que tuvimos en esta semana, ella me contó que ya tenía como seis años en el ambiente, había comenzado porque un tipo la engaño, la hizo abandonar su pueblo y se la trajo a la ciudad con la promesa de casarse con ella, Celia, creyó que había encontrado a su príncipe azul. La cruda verdad la golpeó de lleno, cuando ese tipo le pidió que trabajara vendiéndose en un cabaret, ella se negó y el tipo la golpeo, durante tres días fue lo mismo, ella se negaba y él le pegaba y la dejaba sin comer para que aprendiera. Hasta que al final ella aceptó hacerlo y así comenzó su vida en la prostitución, como la mayoría, al principio ganaba buen dinero y su vividor se lo quitaba todo, ella se había hecho amiga de otra de las muchachas del antro. Norma, se llamaba o se llama, algo mayor, de unos 40 años edad, rubia, y según dijo Celia, muy parecida a mí, ella tenía un vividor, joven, guapo, varonil, alto y atlético, al parecer ellos se amaban de verdad y los dos aceptaron a Robles, como amiga, ya que se veían con frecuencia. Llegó a tanto la amistad de ellas dos, que Celia, le contó todo lo que vivía con su padrote, Norma, le aconsejó que lo dejara y que trabajara para su propio beneficio nada más, que no tenía caso que estuviera manteniendo a un estúpido que no la valoraba, que la golpeaba y que la dejaba sin dinero. Robles, le dijo que ya lo había intentado, sólo que las dos veces que lo había hecho, su amante la encontraba y le daba unas palizas que la mandaba al hospital y luego tenía que volver a trabajar para él —mientras Tina, le contaba lo que le había confiado Celia, Samuel, no perdía de vista al reportero, viendo con quién hablaba. Norma, habló con su amante, al que todos conocían como el “Muñeco”, por lo guapo que estaba, al parecer, él conocía a muchos agentes de la policía puesto que se llevaba bien con varios ellos y muchas veces convivían juntos. Celia, llegó a creer que era policía, por el trato que le daban los otros agentes, aunque eso no lo comprobó nunca, bueno, la cuestión es que Norma, habló con el Muñeco, y le pidió que pusiera en su lugar al vividor de Celia. Robles, dice que una noche en que su mantenido la esperaba en la esquina del antro para recibir su dinero, ella salió abrazada del Muñeco, así lo habían planeado, lo besó y dejó que el la manoseara frente a su vividor. Más que parte de un plan, a Celia, le gustó que la besara y la acariciara de aquella manera, la hacía sentir deseada, como antes de dedicarse a la prostitución, sus caricias le hicieron recordar que era una mujer ardiente. Además, el muñeco era un hombre que excitaba con su sola presencia, se le veía en el rostro lo ardiente y viril que era, muchas en el cabaret le traían ganas y ella era una de esas mujeres que se moría por llevarlo a la cama. La cuestión es que, el vividor al ver aquello, se sintió muy macho y se acercó a ellos: —¿Qué traes con ella, buey? —le dijo al Muñeco— esa mujer tiene dueño y soy yo, a no ser que pagues lo que vale, no la puedes manosear a tu antojo. —¡Sí, pues me vale madres! —le respondió— si ella quiere conmigo, te jodiste y… Antes de que el Muñeco, terminara de hablar, el amante de Celia, le tiró un descontón por sorpresa, sólo que no logró alcanzarlo pues el otro pudo eludirlo. Robles, me platicó que nunca había visto nada igual, el Muñeco, comenzó a moverse sobre las puntas de sus pies y cada golpe que lanzaba le daba de lleno a su amante, el cual tiraba golpes y patadas de manera desesperada, sin que pudiera alcanzarlo. Bastaron unos minutos para que el Muñeco, le diera una paliza al amante de Robles, incluso dice que cuando lo vio en el suelo, sangrando y derrotado, le dio varias patadas sin que el otro pudiera hacer nada por defenderse. Luego, lo agarró de los cabellos y le dijo a modo de amenaza: —Será mejor que te largues de la ciudad porque si te vuelvo a ver… ¡te mato! —S-sí… sí… haré lo que tú dices… ya no me pegues más… por favor… ya entendí… ella es tuya y yo me voy a largar… —decía el amante de Celia— te lo suplico, ya no me lastimes… ya no me volverás a ver nunca… puedes quedarte con ella. El muñeco comenzó a azotarle la cabeza contra el suelo, hasta que se la reventó, cuando lo vio sangrando, le dio una última patada en la cara y se fue con ella. Celia, dice que nunca se imaginó que el rostro de un hombre tan guapo como el Muñeco, se pudiera transformar en una máscara de coraje y cinismo, que parecía un demonio cuando lo golpeaba y sobre todo cuando le azotó la cabeza contra el piso hasta sangrarlo por completo. —Bueno… ya está arreglada tu bronca… si ese puto regresa, me avisas y le va a ir peor, te juro que ya no volverá a molestarte —le dijo el Muñeco, a la puerta de su casa —Gracias, Muñeco… ¿Quieres pasar a tomarte una cuba? —lo invitó con la idea de pasar la noche entre sus brazos, le gustaba mucho y el verlo golpear al infeliz que la engañara y la explotara, la había excitado más que al tener sexo con su amante. —No, gracias… mira… yo sé que si entro vamos a terminar en la cama y vamos a disfrutar hasta que nos cansemos… —le dijo el Muñeco— no te niego que eres hermosa y tienes un cuerpo que me inspira muchas cosas sexuales, sólo que, amo a Norma, y no puedo engañarla con nadie, menos con una de sus amigas.
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