Después de pelearse con el reportero en la cantina, una noche en que terminaba su turno, llegó hasta su carro y al subirse encontró un paquete en el asiento trasero.
Por un momento tuvo el temor de que fuera una bomba, más, al fijarse mejor, vio que había un sobre bajo la caja, tomó el sobre y lo abrió, era una carta de Andrés.
—“Si estas leyendo estas líneas, quiere decir que ya valí madres… y te aseguro que no hay bronca, me divertí y disfruté mucho de la vida, había que pagar la factura y yo creo que ya la liquidé y hasta con propina”.
“Tú mejor que nadie sabes que viví a mi manera, tuve las mujeres que quise, y te juro que o a todas les pague, algunas estuvieron conmigo por gusto, o tal vez porque veían algo que yo mismo no sabía que tenía, en fin”
“La caja, contiene los ahorros de toda mi vida, tú sabes que soy solo, no tengo más familia que tú, que eres mi mejor amigo, te considero como mi hermano, por eso, te dejo esto como un regalo, para que te acuerdes de mí y no te olvides nunca de lo que ocasiona salirse de la ley. Torcerla es aceptar que ya no te importas a ti mismo”
“La persona que te va a entregar el ‘paquete’, es de mi absoluta confianza, aunque tú no vas a saber de quién se trata, cuídate y sigue siendo como eres…
Tu amigo que te quiere: Andrés Luna.
Cuando Samuel, abrió la caja, se encontró con una fuerte cantidad de dinero en efectivo, por un momento no supo que hacer, aunque poco a poco comprendió que, si ese era el último deseo de su amigo, no podía fallarle y guardó el dinero en el banco, lo invirtió a plazo fijo en diversas cuentas de diferentes bancos y ahí lo tenía aún, rindiendo intereses que tal vez le servirían para su jubilación.
Esa misma noche, en diversos lugares de la ciudad, las treinta y una mujeres agentes de la judicial, se integraron a la vida nocturna de la metrópoli, estaban diseminadas en las tres zonas elegidas por Ugalde.
Vestían de manera parecida y sus maquillajes, también eran iguales, todas se veían del mismo tipo que las víctimas y se mantenía alerta a cualquier sospechoso, al verlas en el antro, nadie podía imaginar que eran agentes encubiertas.
Tampoco sería fácil distinguirlas entre tantas mujeres y sobre todo porque todas se veían muy similares, podrían pasar por hermanas gemelas, sobre todo en la oscuridad de los lugares donde debían mezclarse con la gente y mantenerse a la expectativa.
Mientras bailaban y bebían, con moderación, para no llamar la atención, en los diversos centros nocturnos, seleccionados, soportando alguna que otra caricia subida de tono por parte de los parroquianos que las confundían con las demás vendedoras de placer, sus miradas buscaban algo que no fuera parte de lo cotidiano.
Siempre atentamente vigiladas por agentes varones que, confundidos con los parroquianos del lugar, pasaban inadvertidos, incluso ni ellas mismas sabían quiénes eran los que les estaban cuidado la espalda, en la mente de aquellas valerosas mujeres, sólo resonaban las instrucciones de Samuel, las cuales debían seguir al pie de la letra y sin titubeos para que todo funcionara debidamente:
—A la menor señal de peligro… sin importar de quien provenga, disparen a matar y no corran riesgos, no quiero heroínas, solo quiero resultados… ese es su trabajo y deben hacerlo de la mejor forma que les sea posible —fueron las contundentes ordenes que recibieron de Ugalde, al iniciar la cacería.
La primera semana en la que ellas comenzaron a trabajar en los antros, su labor rindió frutos, ellas y sus cuidadores, pudieron atrapar a traficantes de drogas, vividores, tipos prófugos de la justicia y a muchos rateros buscados afanosamente por la ley, más el asesino no daba señales de vida, y eso mantenía inquieto a Samuel, quien, hacía su recorrido por las tres zonas y por la madrugada, al llegar a su casa comentaba desalentado con Susana su esposa:
—Ojalá y no lo hayamos asustado, sería una lástima que ya no volviera a atacar, nos dejaría sin oportunidad alguna para capturarlo y castigarlo como se merece.
—Ten paciencia mi amor, ese desgraciado tiene que volver a atacar, tú mismo lo has dicho, todo aquel que prueba la sangre ya no se puede contener y sigue probándola, y así lo ha demostrado al haber matado a cinco mujeres.
—Sí, es cierto y yo también pienso muchas veces, que en cualquier momento va a ir por otra víctima, pero... ¿Cuándo y dónde volverá a atacar?
No hay un patrón fijo en sus ataques, cinco mujeres en tres meses… unas con dos semanas de diferencia, otras con una, de la que suponemos fue la primera a la segunda dejó pasar mes y medio… no sigue un orden, como si todo fuera al azar…
Ya transcurrió una semana desde que ejecutó a la última y no hay señales de él, es como si se lo hubiera tragado la tierra, lo peor de todo es que estamos utilizando a mucha gente para atraparlo, ya tenía que haber alguna pista, por lo menos.
Fue al octavo día de que las agentes comenzaran a trabajar encubiertas, cuando, en uno de los antros en los que se encontraban infiltradas, de pronto comenzó una riña entre dos hombres que, al parecer querían estar con la misma mujer.
De los gritos y las discusiones, pasaron a los golpes, los meseros trataron de separarlos y pronto se vieron inmersos en el pleito, al igual que otros de los parroquianos, incluso hasta los agentes tuvieron que repartir golpes a diestra y siniestra.
Las agentes encubiertas, procuraron mantenerse al margen para no delatar su identidad, aunque estuvieron alertas por algo que les pareciera sospechoso, golpes, botellas y sillas, volaban por los aires golpeando a cualquiera.
De pronto, una de las agentes, Tina Galván, vio que un hombre sujetaba de la mano a una de las mujeres, Celia, y la llevaba hacia la salida, motivada por una corazonada, decidió ir tras de ellos, trató de llamar a alguna de sus compañeras, sólo que todas se encontraban dispersas en el salón, no sabía quién la cuidaba a ella, así que no podía llamarlo, decidida, caminó hasta la salida eludiendo los golpes, las sillas y algunos que peleaban estorbando el paso.
Cuando salió del antro, la calle lucía desierta, por un momento no supo hacia donde caminar, no había señales de la pareja que había salido, era como si hubieran desaparecido en el aire, sacó la pistola que llevaba en una funda en uno de sus muslos y corrió hasta la esquina del lado derecho del antro.
Llegó hasta ahí y con la mirada buscó por toda la calle a su izquierda y luego a su derecha, nada, todo estaba solitario y tranquilo, por un momento creyó que había visto mal, no obstante, corrió hacia la esquina contraria.
Los altos tacones la impedían moverse con la facilidad que ella requería, y aun así, avanzaba con velocidad, su mano empuñaba firmemente el arma y su mirada reflejaba la determinación que la invadía, llegó hasta la esquina y volteó hacia la derecha, que era lo lógico, dada la facilidad con la que habían desaparecido.
De primer momento no vio nada, iba a voltear al lado contrario de la calle, cuando algo llamó poderosamente su atención, unas sombras se movían entre los carros estacionados, no para esconderse, sino como si forcejearan.
Centró bien la mirada y pudo notar que un hombre golpeaba a una mujer y esta no emitía ni un solo grito, decidida comenzó a correr hacia ellos con el arma lista.
El sonido de sus zapatos al repiquetear en el suelo, alertaron al asesino que volteó a verla avanzando hacia donde él se encontraba.
Arrojó la rosa ensangrentada que tenía en la mano y comenzó a correr en dirección contraria a la que la agente venía, los reflejos de la luz sobre la pistola le habían hecho saber que estaba armada y que podía disparar.
—¡Policía de investigación! ¡Quieto ahí o disparo! —gritó ella y el asesino comenzó a correr más de prisa, Tina, al ver que se alejaba a toda prisa, también corrió, pasando a un lado del cuerpo de la mujer a la cual vio ensangrentada, no sabía si estaba muerta o mal herida, sólo que, no se detuvo, lo importante en ese momento era capturar al que la había lastimado, tal vez era el homicida que buscaban y esa era una oportunidad que no se iba a volver a presentar.
Lo vio dar vuelta en la esquina de la calle y corrió más de prisa, uno de los tacones de sus zapatos, se clavó en un agujero del piso, se rompió y ella, no pudo detenerse, cayó rodando por el suelo de manera aparatosa, la pistola salió hacia un lado y Tina, soportando el dolor que el golpe le causo, y los ardores de los raspones, se levantó y se quitó los zapatos, levantó su arma y volvió a correr.
Jadeante, con todos sus sentidos alertas, con su mirada recorrió la calle donde el asesino diera vuelta, no había nadie, ella no detuvo su loca carrera, descalza llegó hasta la siguiente esquina sin dejar de revisar por todos lados con la mirada.
Era inútil, aquel degenerado asesino, ya había escapado, no había señales de él y no sabía por donde más buscarlo, no obstante, con la mirada recorrió las puertas de las casas y edificios que había a su alrededor.
En ese momento, sus ojos vieron a un auto que se acercaba circulando por la calle, de manera normal, era un taxi, lo reconoció por el casquete y los colores, corrió bajando la banqueta y se plantó frente al carro y con la pistola apuntó hacia el conductor.
El auto se detuvo y Tina, se acercó al chofer que se veía asustado:
—No me mate… por favor… le daré todo lo que quiera, pero no me mate, tengo hijos que mantener y… —decía el asustado taxista.
—Deja de hacer dramas, sólo quiero que me prestes tu teléfono… —le dijo Tina sin dejar de apuntarle y observándolo con atención.
El chofer le entregó el celular y Tina, sin perderlo de vista marcó el número de la jefatura, dio las claves necesarias, una para que se le avisara a Samuel, del cual se necesitaba su presencia en el lugar, con carácter de urgente, y la otra que era un avisó general que una agente necesitaba ayuda de inmediato.
Mientras ella llamaba por teléfono, desde el zaguán de un viejo y destartalado edificio, al otro lado de la calle en la que ella se encontraba, el asesino la observaba con atención, se había escondido ahí al ver que lo perseguían, entrecerró la puerta y desde las sombras esperó a verla aparecer, sabía que ella no podía detectarlo y mucho menos imaginarse que se encontraba ahí, escondido en la oscuridad.
La vio pasar corriendo en su busca y luego la vio regresar, ahora que la observaba hablando por teléfono su coraje se incrementaba, no había podido concluir su obra y eso lo frustraba, y aunque por un momento pensó en tenderle una emboscada a la agente que lo perseguía, no deseaba hacerlo, no obtendría ninguna satisfacción, además de que corría con el riesgo de que ella disparara antes de que pudiera atacarla.
—“Está dando la voz de alerta, esto no tardara en llenar de policías” —pensaba al verla hablando— “mejor que lleguen todos… eso me servirá perfectamente para escapar de esta ratonera sin que nadie se lo sospeche”.
Tina, terminó la llamada y le entregó el teléfono al taxista que la veía sorprendido.
—¿No me lo vas a robar? —preguntó confundido.
—No… ya puedes irte… ah… y gracias…
—Cuando quieras… es más… si lo deseas puedo llevarte a…
—Mejor vete con tu mujer y tus hijos… los tienes que mantener… eso dijiste… ¿recuerdas? —dijo ella sonriendo ante la actitud del conductor, quién estaba por decir algo más cuando ella levantó el arma y le apunto.