Capítulo XVIII: La función debe continuar

2086 Palabras
En ese mismo instante, en uno de los pasillos de la procuraduría, Gabriel Cuevas, el técnico del laboratorio forense, esperaba impaciente, caminaba de un lado a otro sin encontrar un punto preciso para relajarse. Por necesidades económicas, Gabriel, había dejado truncos sus estudios de ingeniería química y había seguido el curso de la procuraduría para técnico de laboratorio forense, algo que se le facilitó por sus amplios conocimientos. Una vez que aprobó el curso con las más altas calificaciones, le ofrecieron el trabajo en el laboratorio y él no dudó en aceptar, le gustaba la investigación, sabia lo vital que eran los peritos en las escenas del crimen y, sobre todo, cuando iban descubriendo indicios o rastros que pudieran llevar hasta el homicida. Desde su ingresó, él, ya había ayudado mucho en algunos casos, sabía ser detallado y minucioso, lo que daba buenos resultados, por lo que lo felicitaban. Si bien por su carácter tímido y apocado, no destacaba mucho entre sus compañeros, y menos aún, entre los agentes, sólo que, sus informes si merecían respeto, encontraba rastros donde muchos otros hubieran dejado de buscar, sabía de dactiloscopia, de ADN, de químicos, de olores, mezclas de texturas y muchas otras cosas más que le ayudaban a ser el mejor en su trabajo. Además, era puntual, entregado y jamás se negaba a realizar algún estudio a la hora que se lo pidieran, el médico forense, su jefe, lo tenía en muy alta estima y lo consideraba su brazo derecho, por lo que siempre andaba a su lado. Eso permitió que el técnico, aprendiera sobre, el manejo de cuerpos, de autopsias, de disección y de observación y análisis de órganos y muchos trucos más. De pronto, Gabriel, la vio avanzar por el pasillo, se veía más hermosa y sensual que nunca, lucía una sonrisa cálida y amigable, era como un ángel ante sus ojos. La detuvo suavemente por un brazo para hablar con ella, con Sonia Domínguez, la agente que pidiera ser elegida para el operativo y la mujer de la que Cuevas, estaba perdidamente enamorado, no sólo por su belleza física, la cual era bastante notable, tanto en el rostro como en todo su cuerpo, sino porque era la única de las agentes que lo trataba con amabilidad. —Sonia… quería preguntarte una cosa… si no te molesta —le dijo titubeante. —No, no me molesta, pregunta lo que quieras… —respondió ella sonriendo amable. —¿Es verdad que vas a integrarte al grupo de mujeres que saldrán de comisión en busca del asesino de la rosa? —dijo Cuevas, de manera atropellada y de corrido. —Sí, es verdad, y no sabes lo contenta que estoy… esta es la oportunidad que estaba esperando, si todo sale bien, pediré que me asignen a homicidios… mi sueño dorado, mi ilusión… —dijo ella con verdadero entusiasmo y plena confianza en Gabriel. —Es muy peligroso que lo hagas… ese infeliz no se tienta el corazón para asesinar y es muy sádico… no me gustaría que te pasara algo malo yo… —Eres muy lindo al querer cuidarme… sólo que, te voy a decir una cosa, desde niña supe de los peligros y los riesgos que conlleva el ser agente de investigación… por eso elegí prepararme para ello, me gusta y estoy bien capacitada, no te preocupes por mí… que se cuide ese infeliz asesino porque si lo llego a encontrar, yo misma lo traeré detenido… ¿te imaginas? Sería lo máximo y no me negarían nada. —Bueno… ya que estás decidida, toma… te puede ayudar —le entregó un atomizador pequeño, del tamaño de la palma de su mano. —¿Y esto que es? —preguntó Sonia, recibiendo el envase de plástico. —Es gas pimienta, no mata, aunque aturde y descontrola, lo que puede darte unos segundos de ventaja y con eso puedes someterlo si te lo llegas a encontrar. —Gracias, Gabriel, eres un amor —le dijo Sonia, abrazándolo y dándole un tierno beso en la mejilla, que hizo estremecer al perito de pies a cabeza. A Sonia, le conmovía que aquel muchacho tan tímido se preocupara por ella, ya había notado desde hacían varios meses, que él se interesaba en ella, no sólo como amigos, sino que pretendía algo más y a la agente no le molestaba. —Bueno, Gabriel, me voy que tengo que prepararme para esta noche. —Sí, cuídate mucho y no olvides el atomizador, te va a ser muy útil —le dijo Gabriel, viendo que se alejaba por el pasillo. Con toda ternura, se acarició la mejilla que ella le había besado y suspiro, no tenía la menor duda que Sonia, era muy especial y ahora se lo demostraba, esperaba que todo saliera bien y que ella no tuviera que enfrentarse a ese criminal. Él trataría de estar alerta a lo que informaran los radios policiales, tenía uno, por cuestiones de trabajo, ahora lo usaría para estar al pendiente de lo que sucediera en esa cacería que se iniciaría en la noche. Se esperaban grandes resultados con aquel operativo, aunque la meta de todos era sólo una, capturar al peligroso criminal que hasta ese momento se había burlado de todo lo que representaba la ley y que actuaba de manera impune. Después de que el médico lo revisara y le aplicara las curaciones pertinentes, Samuel y Héctor, se fueron a comer platicando de todo, menos del caso que investigaban. Cuando Ugalde, regresó a la oficina para ultimar detalles, recordó lo platicado con Héctor, y supo que no había sido del todo honesto con él, no lo había hecho por pena, le daba vergüenza reconocer ese episodio de su vida. Resulta que él sí había visto a Andrés Luna, recibiendo dinero de las narco tienditas, y no sólo una vez, sino que lo hacía con regularidad, con toda claridad recordaba lo que pasó la tercera vez que su compañero recibió aquel dinero: —¿De qué se trata todo esto? —le dijo Samuel, al momento en que Luna, subía al carro con una sonrisa de satisfacción y gusto. —¿A qué te refieres? —preguntó Andrés, haciéndose el desentendido. —No te hagas pendejo, es la tercera vez que te llevo a recoger dinero… ¿por qué te lo dan? ¿Qué tienes que hacer a cambio de esa porquería? —Mira, Samuel, lo que esos vendedores de droga me dan, es para no meterme con ellos y para avisarles si hay algún operativo en su contra… no hago nada malo y me gano unos centavitos que me caen muy bien. —Eso es corrupción… si te descubren, y lo harán, tarde o temprano, vas a ir a la cárcel, tu carrera se va a terminar y vas a quedar como un agente corrupto. —Nadie me va a descubrir… a no ser que tú vayas con el chisme. —A mí no me metas en tus broncas… yo lo digo porque… —Mira, si cae la bronca, no hay problema, antes de que me agarren me voy de la ciudad y listo… que me busquen si quieren… pero la vida hay que vivirla ahora, en esta chamba nunca se sabe cuándo te va a cargar la chingada… mientras eso sucede, hay que vivir y disfrutar, que el mundo se va a acabar. —Aun así, te estas arriesgando mucho y… —Mira, para que no te amargues la vida… toma… —y le entregó una buena suma de dinero en billetes— también tú vas a recibir tu parte… —No, yo no quiero broncas… quedate con todo, sólo cuídate… —Agarralo… no seas pendejo, de algo te pueden servir… es más, para calmar tu conciencia, si quieres regalalos, donalos o ayuda a quién lo necesite… Aunque le costó trabajo reconocer que mucho de lo que su amigo le decía era cierto, más trabajo le costó aceptar aquel dinero, es más, lo mantuvo guardado como unas semanas sin atreverse ni a verlo. En ese lapso, Andrés, cada vez que cobraba lo que aquellos vendedores de droga le daban, le entregaba una cantidad similar, el dinero se fue acumulando. Samuel, estaba recién casado y ni a Susana, se atrevió a contarle aquello, sentía pena, pensaba, sabía que estaba traicionando a la corporación y que no estaba bien, aunque, el dinero se seguía acumulando. Al final, después de varios meses de recibir el dinero y guardarlo, decidió contarlo y se dio cuenta que tenía un buen capital ahorrado, entonces, decidió dar el enganche para tener una casa propia y llevarse a Susana, a vivir ahí. Ahora, cada vez que recibía dinero, lo guardaba y de esa manera iba pagando las mensualidades de la hipoteca, eso hacía que sintiera menos remordimientos. Cuando Manuel, comenzó a destapar la corrupción en la policía, Andrés habló con él: —Tú no te preocupes por nada —le dijo Luna, en un jardín público al que lo llevó para hablar del asunto— nadie te conoce ni sabe que participas en esto… yo veré como enfrento la bronca y salimos limpios de todo esto… no soy el único al que le dan su pago semanal… no sé cómo ese infeliz reportero lo supo. Aunque Samuel, trató de mantenerse tranquilo, lo cierto era que pensaba que todos en la procuraduría, sabían que él era corrupto, creía que lo veían acusándolo. Cuando aparecieron los nombres en la lista del diario para el cual trabajaba Márquez, y Samuel fue arraigado en una oficina, de inmediato se puso en contacto con Andrés y le platicó lo que estaba sucediendo. —Tú mantente firme… diles que no sabes nada del asunto… —dijo Luna, después de escucharlo atentamente— ya te dije que a ti nadie te puede culpar, no te preocupes y deja que hagan lo que quieran… hablaré con los meros meros, ya les di su parte, ahora les toca corresponderme. —¿Y qué va a pasar contigo? —le preguntó Samuel —Lo que tenga que ser, sólo una cosa te aseguro… a la cárcel yo no voy a ir… pase lo que pase, no me encerraran… cuídate y piensa bien antes de contestar a sus preguntas, recuerda que no tienen nada con que culparte. —Oye, no vayas a hacer una estupidez… piensa que podemos salir de cualquier bronca si estamos juntos… incluso si vas a prisión… contratamos a un abogado para que te saque pronto de la bronca y asunto arreglado… —Por eso me caes bien, por optimista… y ya que estamos hablando a lo derecho, te voy a decir algo… esto va más allá del grupo de agentes a los que están acusando… ya verás que cuando caiga la bronca todos la van a aceptar y nadie va hablar. —¿Qué es lo que me estas tratando de decir? —Que hay varios jefazos que también se llevan su tajada… aunque sólo unos cuantos sabemos quiénes son… si nos detienen y nos mandan a prisión… no vamos a durar ni tres días antes de aparecer “suicidados” en la celda. No sólo eran narcomenudistas, los que le entraban con su lana, hay gente más “pesada” que estaba repartiendo el dinero, por muchos asuntos… por eso te digo que tengas mucho cuidado con lo que dices y con lo que respondas. Desde que empecé en esto, sabía los riesgos, aunque lo beneficios eran mayores y los disfruté en grande, todo tiene un final y el mío ya llegó… no te preocupes por nada, ya todo está resuelto… te lo aseguro… —No hagas nada loco… deja que las cosas avancen y juntos las enfrentamos… te aseguro que encontraremos una solución. —Está bien… en cuanto salgas del interrogatorio, me llamas por teléfono para saber cómo te fue… no lo olvides… estoy en mi casa y todo va a salir bien. Esa fue la última vez que hablaron, Samuel, enfrentó el interrogatorio y salió absuelto, aunque tuvo que mentir en varias de las respuestas que dio. Como lo había ofrecido llamó a su compañero, la llamada no se concretaba, entonces llamó a su casa y tampoco pudo conectarse con él, aquello le preocupó, sabía que Luna, estaba en su domicilio y que no iba a salir. Fue entonces cuando decidió ir a su casa y al llegar se enteró de su muerte, se maldijo por no haberlo adivinado antes, se maldijo por no haber encontrado una solución que pudiera ayudarlo a salir de aquella bronca.
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