Sucede que habían ido a detenerlo para consignarlo, cuando los agentes comisionados llegaron lo encontraron muerto, se había metido un tiro en la boca.
Los agentes dieron parte y por eso estaban los peritos y el legista en su casa, yo había llegado demasiado tarde, no pude impedir que se tragara una bala.
En ese tiempo, Manuel, no llegaba a las escenas del crimen, como ahora, simplemente cubría la fuente como cualquier otro reportero, por lo que, al día siguiente la nota en todos los diarios fue uniforme, todos culpaban a Andrés Luna, de corrupción, incluso, Márquez, decía que fue un cobarde que no supo enfrentar los delitos que había cometido y huyó por la puerta falsa.
A mí ya me habían exonerado de todos los cargos, sólo que, mi nombre aparecía constantemente junto al de Andrés, aunque me mencionaban como su pareja.
Total, que casi dos semanas después Manuel, y yo nos encontramos en una cantina a la que solemos ir varios compañeros de la procuraduría a relajarnos.
Me encontraba solo, había terminado el turno y bebía una copa para relajarme cuando Márquez, llegó, luciendo su sonrisa burlona y viendo a todos con desdén.
Al verme, me dijo que anduviera con mucho cuidado porque me estaba vigilando y que sabía que yo era corrupto, que solo necesitaba tiempo para demostrarlo, que no me iba a escapar tan fácilmente, si Andrés, era sucio, yo también lo era.
Le dije que se fuera a la chingada, yo esperaba que él me ofreciera una disculpa por sus falsas acusaciones, sólo que, me seguía ofendiendo y dudando de mi integridad y eso no se lo podía tolerar.
Al mandarlo a la fregada, él se burló y me dijo que, el que se iba a ir a la chingada era yo y que de su cuenta corría el reunir pruebas para que me echaran de la corporación y me refundieran a la cárcel, donde debería estar.
Le dije que era un cobarde, que se escudaba tras una computadora para ofender a la gente, que era una lástima que no tuviera el valor de enfrentarme como hombre.
—Tú te escudas detrás de tu placa... si no la portaras serías igual que todos... un cobarde infeliz... —me dijo con una sonrisa burlona e hiriente.
Dejé mi placa sobre la barra de la cantina junto con mi pistola, entonces le dije:
—Ya no me escudo tras de nada... ¿Quieres demostrar que soy un cobarde?
Sin esperar a más él me lanzó un golpe con el puño derecho, lo detuve y le di una patada en el vientre, él no se dobló, se recuperó muy rápido y tiró un puñetazo con la izquierda y me dio en pleno rostro.
No me dejó reponerme, me dio una patada en la ingle derecha y luego me dio un derechazo que me reventó el hocico y la nariz.
Por un momento pensé que me iba a dar en la madre, que me daría una paliza física además de la moral que ya me había dado.
Traté de reponerme y cuando vi que intentaba patearme de nuevo, detuve su pie y le pegué un derechazo en el rostro con todas mis fuerzas.
Se hizo para atrás y lo seguí, le di un zurdazo, luego un derechazo, a partir de ahí, le pegue, le pegue con ambas manos hasta que me cansé, no lo dejé defenderse.
Con los golpes que le di, otro cualquiera se hubiera derrumbado, sólo que, este desgraciado seguía de pie, en guardia y dispuesto a todo.
Nadie de los ahí presentes había intervenido, todos querían que lo matara ahí mismo por desgraciado, la mayoría eran agentes, aunque de otros grupos.
De pronto, se me dejó venir y me fintó con su mano izquierda, yo me tragué el engaño y me dio con la mano derecha, sentí otro golpe de su mano izquierda y eso me hizo retroceder, lo vi avanzar y nos trenzamos a golpes, jalones y empujones.
Fue cuando los agentes nos separaron y nos dijeron que ya estaba bien, los dos sangrábamos de la cara, ambos mostrábamos claramente las huellas de la pelea.
Yo me sentía bien por los golpes que le di, no había ganado nada, aunque todo aquello me hacía sentir bien, tal vez un falso orgullo me decía que me había desquitado y que ese infeliz la pensaría antes de meterse conmigo, lo que nunca imaginé es que fuera capaz de darme una madriza como la que me dio hoy.
Manuel, aceptó lo de aquel pleito como algo que sucedió y nada más, debo reconocerlo, aceptó como los buenos, no hubo represalias ni ataques en el periódico por ese motivo, simplemente los que nos vieron fueron los que lo supieron.
Es más nunca, hasta la fecha, mencionó que nos habíamos golpeado como fieras salvajes, aunque, a partir de ese día siempre que puede me ataca por medio de sus notas y trata de joderme en cada reportaje.
Parece que me está vigilando, cualquier error que llegó a cometer, lo magnifica y dice lo mal policía que soy, que deberían despedirme, en fin, no me deja ni respirar con sus ataques, es una forma de hacerse presente en mi vida.
Admito que, en muchas ocasiones tiene razón, aunque, tanta presión hace que las cosas se vean desde otro ángulo y no como él dice.
—Lo comprendo —dijo Héctor, al momento en que Ugalde, terminó de relatarle los hechos— Pero hay que reconocer que él sólo hace su trabajo.
—Totalmente de acuerdo, sólo que, en este caso, nosotros no podemos hacer más, hemos intensificado la vigilancia, por los diarios hemos alertado a las prostitutas a que denuncien cualquier cosa sospechosa que pueda poner en peligro sus vidas, en fin, hemos agotado todos los recursos, bien sabes que ni nuestros soplones han podido averiguar algo que nos pueda ser útil.
Ese asesino parece un fantasma que simplemente aparece y no deja la menor huella.
Luchamos contra todo y contra nada —le decía Samuel, preocupado.
—Ese maldito, tiene todas las de ganar... Elige a una mujer en la calle, la mata, deja su cadáver tirado y ya... Es un desconocido más en esta gran maraña de gente.
—Sí, y aunque dejara huellas, no tenemos una base de datos confiable en la cual pudiéramos buscar sus dactilares, no tenemos un control sobre las marcas de zapatos, para analizar las huellas de las pisadas, ya que llega mucho contrabando.
No contamos con un banco de datos sobre el ADN, en pocas palabras no tenemos con que atacar a ese asesino que aparece en una calle, mata a una mujer y ya... no sé que me da mas coraje, lo fácil que es hacerlo o lo difícil que es capturarlo.
—Lo vamos a atrapar, Samuel, sé que encontraras la manera, siempre lo haces… bueno, bájate que ya llegamos con el médico.
Y mientras ellos iban a que el médico revisara a Samuel, a varios kilómetros del lugar, en una vieja vecindad de un barrio populoso, Magda Carrillo, se sobresaltó al escuchar que llamaban a su puerta de manera insistente, se encontraba sola ya que aún no había ido a recoger a sus hijos que estaban en la vivienda de su madre, no esperaba a nadie y llamaban a su puerta con determinación.
La noche anterior no había podido dormir bien, tuvo pesadillas por la dantesca y macabra escena de la que fuera testigo, ahora, al escuchar los toquidos en su puerta, no pudo evitar estremecerse, pensando que tal vez el asesino la había localizado.
Se levantó de la cama y se dio cuenta que sólo tenía la tanga puesta, tomó una bata y se la colocó, como casi toda la ropa de ella, la bata era sensual y coqueta, le llegaba a medio muslo y aunque era algo transparente, no revelaba sus encantos.
Pensó que, si el asesino la había localizado, seguramente sabría que se encontraba sola y quería aprovechar el momento para callarle la boca de una vez y para siempre, con todas las ideas nefastas que se le ocurrían en su cabeza, no sabía si abrir o no la puerta, en la cual los golpes insistían, llenándola de confusión y miedo.
Por fin se decidió a abrir, sabía que de no hacerlo aquello llamaría la atención de los vecinos y no quería que nadie más resultara herido por culpa de ella.
Abrió la puerta y no pudo evitar estremecerse ante la imagen que vio, se quedó sin palabras, inmóvil, como si lo que viera no fuera real, aquello era impactante.
—Hola… ¿me invitas a pasar? —le preguntó Javier, que venía con muletas, curaciones en la cabeza, golpes en la cara y una pierna enyesada.
—S-sí… pasa… pasa por favor… —respondió ella, que ante las palabras de él pareció reaccionar, como si saliera de una pesadilla, le franqueo la entrada y lo vio avanzar hasta el sillón que hacía las veces de sala, con trabajos se sentó.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué estas así? —le preguntó con sincera preocupación.
—Te voy a contar todo… ¿me invitas un vaso con agua?
—Sí, claro, sólo que te voy a servir una taza de café, ya sé que te gusta mucho.
Magda, se dirigió a la cocina seguida por la mirada de Javier, que tuvo que reconocer que se veía muy hermosa y sensual, a pesar de no estar arreglada, incluso parecía que se acababa de levantar, ah, cuanto la había extrañado todo este tiempo.
Ella regresó con dos tazas con café y después de entregarle una a él, se sentó en una silla para verlo de frente, esperaba que él comenzara a hablar.
—Tal y como me lo pediste, decidí darte tiempo a solas para que pensaras bien lo que querías para nosotros —empezó diciendo Javier— no sabes el trabajo que me costó no venir a buscarte antes, me moría de ganas de verte y de oír tu voz.
Bueno, pues, al ver que ya habían pasado tres meses, decidí que ya era tiempo más que suficiente, me dispuse a venir a verte para preguntarte si querías regresar conmigo para que viviéramos juntos los cuatro, tú, yo y mis hijos.
Hace una semana, al salir del trabajo, un auto se quedó sin frenos y nos arrolló, mandándonos al hospital, a mí y a otras tres personas, ninguna perdió la vida.
Estuve inconsciente dos días y cuando desperté y me vi en el estado en el que me encontraba, lo único que lamentaba era no poder venirte a decir lo que pasaba.
Ayer por la tarde me dieron el alta y no quise esperar más y hoy vine a verte, a consecuencia de los golpes que recibí me dieron una buena compensación económica, además en mi trabajo estoy de incapacidad, por lo que me pagan sueldo completo.
Magda, ¿quieres casarte conmigo y volver a unir la familia que tenemos? —dijo Javier, con un tono serio y viéndola a los ojos— me hubiera gustado ponerme de rodillas frente a ti, sólo que, como ves, no puedo hacerlo… ¿qué me contestas?
De manera impulsiva, Magda, se levantó de la silla, se sentó junto a él en el sillón y lo abrazó con todo el amor que sentía, sin darse cuenta que lo lastimaba al estrecharlo con fuerza contra su cuerpo.
—Claro que aceptó, te amo como el primer día y quiero envejecer a tu lado.
—¡Ay! —se quejó Javier.
—Perdón… es que me dio mucha emoción…
—Aunque me dolió, no sabes cómo me gustó que me abrazaras, te juro que ahora sí, nada ni nadie me hará pensar diferente respecto a ti, eres una gran mujer y no pienso perderte por nada del mundo…
—Y no me perderás, desde este momento te quedas aquí, conmigo… para que te cuide mientras te repones… mañana mismo iré a conseguir un departamento para que estes más cómo y los niños no me lastimen con sus juegos.
—Lo que tú quieras… por ti iría al infierno mismo si fuera necesario…
Magda, lo abrazó, ahora con menos efusividad y lo besó en los labios, ahora sí que ya se sentía segura y tranquila, Javier, había vuelto porque la amaba, tanto como ella lo amaba a él, aún tenían oportunidad de ser felices.