Capítulo VII: El asesino de la rosa

2046 Palabras
Unos minutos más tarde, Magda, entraba a su vivienda, es­taba bañada en sudor, nerviosa y agotada, aquello era más de lo que sus nervios podían aguantar, aunque, ahora que se sentía a salvo por completo, respiró con tranquilidad. Encendió la luz de su vivienda y se contempló en el espejo del ropero, tenía las medias rotas, la blusa llena de tierra, lo mismo que la minifalda, la cual se veía un poco rasgada por un costado. Era patética la imagen que veía en el espejo, aunque, por lo menos seguía con vida y eso era lo que tenía que agradecer a su suerte, había estado cara a cara con la muerte y la había burlado. En ese momento se juró que nunca más iba a volver intentar dedicarse a la prostitución, tenía que encontrar otra solución para salir adelante con sus hijos, no importaba lo que tuviera que hacer, lavar ropa ajena, planchar, vender antojitos en la puerta de la vecindad, en fin, lo que fuera, sólo que, volver a las calles en busca de clientes, no era una de esas opciones. Completamente agotada, por los nervios y el esfuerzo que había hecho, Magda, se dejó caer en la cama, no podía apartar de su mente la escena que había visto y fue entonces que se le ocurrió pensar: —¿Quién me puede asegurar que ese infeliz asesino no es un cliente que contrató a una muchacha con la promesa de pagarle bien para luego asesinarla? ¿Quién me dice que no pude haber sido yo la imbécil que se hubiera ido con él si me hubiera aceptado el precio que yo le hubiera puesto? Ahorita estaría muerta y sin dinero. Esos pensamientos terminaron por convencerla de que no valía la pena arriesgar la vida por unos pesos, lo mejor era ir a la segura en un trabajo, aunque también había otra posibilidad, ir a buscar a Javier, y si era necesario le pedirle perdón, de una o de otra manera iba a tratar de volver a su lado y junto a su familia trataría de olvidar lo que había visto ya que no quería volver a vivirlo. Mecánicamente se quitó la ropa, quedándose en sostén y tanga, se volvió a recostar, sabía que estar con su amado, era la mejor opción y con esa idea en la mente se quedó profundamente dormida. Mientras Magda, se dormía tranquilamente, a salvo en su cama, muy cerca de donde ella se encontraba, el reloj apuntaba las tres de la mañana, la madrugada era fría, casi helada, las calles de aquel populoso barrio de la ciudad de México, lucían desiertas, vacías, y mal iluminadas, aunque los vecinos ya se habían acostumbrado a ello. No se veía movimiento alguno en la calle, incluso casi ni transitaban autos por aquella zona, que por lo general siempre tenía mucho movimiento. No obstante, aquella pareja de policías tenía que realizar sus rondas de vigilancia por aquella zona, donde los hoteles de paso y los cabarets proliferaban, lo mismo que los desmanes y los problemas con las vendedoras de placer eran el pan de cada noche. Sin olvidarse de los constantes asaltos contra los trasnochadores, parranderos en su gran mayoría, por eso la vigilancia era en extremo rigurosa, se trataba a toda costa de mantener el orden y la tranquilidad para los moradores de aquella zona tan especial y tan conocida por la gente que vivía de noche. Al menos eso se les había dicho a los vecinos, la verdad era que se había incrementado la vigilancia en la zona a petición del jefe de investigadore de la unidad de homicidios, que pretendía detener a un peligroso homicida que lo tenía en jaque. Los policías lucían sus abultadas bufandas y portaban gruesas chamarras para protegerse del intenso frío que se dejaba sentir por la madrugada, mismo calaba hasta los huesos, y sobre las mismas el clásico chaleco antibalas, que completaba el atuendo, además de los guantes de piel. Los guardianes del orden, tenían el ferviente deseo que su turno terminara pronto ya que deseaban irse a descansar como muchos otros lo hacían a esas horas, aunque para ello todavía faltaban muchas horas, debían hacer sus rondines. —Ya no veo la hora de que nos vayamos a rendir turno, compa, tengo unas ganas tremendas de meterme a la cama y dormir como recién nacido… por lo menos unas diez horas de corrido —dijo uno de los policías con un tono de aburrimiento. De pronto, al dar vuelta en una de las calles más oscuras y solitarias del barrio, un gesto de sorpresa e incredulidad se dibujó en sus rostros dejándolos paralizados: —¡Mira compita! —dijo el patrullero señalando hacia una pared de la calle. —¡Oh, no…! Ya valió madres… y lo peor es que fue en nuestra ronda —contestó su compañero negándose a creer aquello que veía— no sólo nos van a regañar, sino que además nos va a llevar un montón de tiempo el papeleo. Frente a ellos, sentada en la banqueta, como si fuera una basura más, estaba el cadáver de lo que se podía ver que había sido, una hermosa mujer, sus sinuosas e incitantes formas, quedaban casi al descubierto, ya que, el corto vestido que llevaba puesto estaba por encima de sus muslos, y el prolongado escote hacía resaltar sus grandes senos, la escena era grotesca y siniestra. Con facilidad se podía adivinar que se trataba de una mujer bella y sensual, llena de encantos físicos y que ahora, a pesar de estar muerta, no perdía mucho del atractivo que tuviera en vida, sólo que ahora su rostro era una máscara de horror. Rubia, con el cabello teñido, bien maquillada, de estatura regular, alrededor de los 35 años, cuerpo atractivo y faltaba su bolso colgando de su hombro izquierdo. En la parte frontal de su cuello, lucía un hematoma, seguramente el resultado de un fuerte y certero golpe en la tráquea, lo que le impidió hablar o gritar, En su vientre, el cual sujetaba con sus manos, podía verse la herida que le había provocado el filoso cuchillo que, al cortarla, le perforó el hígado, provocándole una abundante hemorragia, lo que la llevó irremediablemente a la muerte. Tenía las piernas abiertas y una enorme mancha de sangre se podía vislumbrar alrededor de sus muslos, escurriendo, como un pequeño río rojo, hasta la calle, como si siguiera un camino. El rostro que, en vida debió haber sido hermoso, ahora lucía un horrible gesto de desesperación y horror que denotaba lo mucho que había sufrido al momento de morir sin poder pedir auxilio, llena de angustia en su agonía. Ella era la quinta víctima de un maniático al que la prensa especializada había bautizado como “el asesino de la rosa”, ya que todas sus víctimas presentaban el mismo método, un fuerte golpe en el cuello, el vientre abierto de lado a lado, un criminal lleno de sadismo y crueldad. Otra señal de que se trataba del mismo asesino, era que, desde el primer cadáver encontrado, hasta este que ahora veían los patrulleros, se encontraba, al lado del cuerpo, una hermosa rosa roja en botón, la cual estaba bañada con la sangre de la víctima y aún se podían ver las gotas escurriendo de sus hojas. Fueron todos estos indicios los que motivaron que, los policías, que realizaban este macabro hallazgo, no tuvieran la menor duda respecto a la identidad del asesino con solo ver a la mujer tirada ahí en la calle con: la ropa desgarrada, el vientre abierto y la rosa a un lado, la firma del criminal. —¡Fue el asesino de la rosa! No hay duda, hay que dar aviso a la jefatura de inmediato compita —dijo uno de los policías reponiéndose de la fuerte impresión que se llevara al ver aquel cuerpo. —Ahora mismo avisaré —dijo su compañero, viendo en ello la oportunidad de alejarse de aquel lugar que lo estremecía de pies a cabeza. Con pasos apresurados se alejó hacia el otro lado de la calle, mientras marcaba por su celular, sentía que las piernas le temblaban y que todo su cuerpo estaba en tensión. No era cobarde y de sobra lo sabía, sólo que, durante los cinco años que tenía como policía no había pasado por una situación igual y ahora estaba confundido e inquieto, la visión de aquel cuerpo le había impactado. Hizo la llamada al jefe del grupo de homicidios, Samuel Ugalde, a quién le informó detalladamente lo que encontraron, dándole la ubicación exacta y la forma en que se encontraba el cuerpo en la banqueta. En cuestión de minutos aquella calle se llenó de gente, curiosos, trasnochadores y miembros del escuadrón de homicidios que iniciaban su trabajo de investigación, y al mando de ellos iba el Samuel, quien había sido comisionado para resolver aquellos homicidios desde que se iniciaran unos meses atrás. De 35 años de edad y 10 en el servicio, 1.76 de estatura, con 70 kilos de peso, atlético, moreno claro, cabello n***o y abundante, el cual llevaba con un corte tipo militar, de bigote abultado, de gesto duro y severo, acostumbrado a dar órdenes. Atractivo, a decir de las mujeres que lo conocían, ojos grandes, oscuros, de mirada penetrante y dura, la cual cambiaba y se suavizaba, cuando era amable, lo cual no era con la frecuencia que muchos esperaban. Vestía de camisa formal, con pantalón de mezclilla y una chamarra de piel, que le permitía ocultar el arma que portaba bajo su brazo derecho. Era un excelente oficial, con grandes dotes de investigador, todos lo conocían y lo respetaban además de temerle ya que sabían que no se detenía ante nada, ni ante nadie por resolver algún caso que se le encomendara. Y no obstante que le dedicaba muchas horas a la investigación del “asesino de la rosa”, todos sus esfuerzos, hasta el momento, habían sido inútiles, no tenía pista alguna y no sabía por dónde comenzar, ese infeliz parecía estar jugando con ellos. Aquel asunto ya estaba tomando matices personales, ahora ya era algo intimo lo que lo motivaba a continuar, sentía que el asesino se burlaba de él cada vez que atacaba, era como si lo estuviera retando a detenerlo —¡Maldito enfermo...! Cómo me gustaría tenerlo entre mis manos —exclamó Samuel en voz alta al ver aquel cadáver— con está ya son cinco mujeres que asesina y aún no tenemos una sola pista que nos guíe hacia él, siempre va un paso delante de nosotros sabe en qué momento y en qué lugar atacar. —Parece que nos vigila o conoce nuestros movimientos… —respondió Héctor Ruiz, su compañero desde hacía varios años y con el que trabajaba muy bien— no podemos abarcar todas las zonas, son muy grandes y ellas, se mueven mucho. —Tienes razón… sí, no es raro que cambien de ambiente de cuando en cuando, aunque por el momento sólo tres son sus zonas de acción y en donde deja los cuerpos, es por eso que en ellas hemos redoblado la vigilancia, aun así, nadie lo ha visto y si lo hicieron, nunca supieron que era el asesino —dijo Samuel, cavilando en aquello— las únicas personas que lo han visto, no sólo en persona, sino a la hora de atacar, y que nos podían decir quién es, ya no pueden hablar, ya que están muertas... ¡Maldita Sea...! Pero lo atrapare cueste lo que cueste... Ese infeliz no se va a burlar de mí, tiene que cometer algún error y entonces, yo estaré ahí para detenerlo. —¿Qué quieres que haga? —preguntó Ruiz. —Tómale una foto del rostro y pregunta por los antros del lugar, tal vez alguien pueda reconocerla, o tal vez la vieron saliendo con el homicida, de una o de otra forma que te informen lo que sepan de ella… ese desgraciado se llevó sus pertenencias, no sabemos quién es o cómo se llama. —Ahora mismo voy, todavía hay muchos lugares abiertos y de seguro alguien debe saber algo… te veo mañana en la jefatura… —De acuerdo, mientras tanto, voy a seguir con el médico, a ver qué nos tiene.
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