Héctor, sacó su teléfono y comenzó a tomar unas fotos de la occisa, desde diferentes ángulos, para que pudieran identificarla, si alguien la había visto.
Ruiz, de 33 años de edad, 1.70 de estatura, 70 kilos de peso, de aspecto muy parecido a Samuel, con la diferencia de no usar bigote y traer el pelo más largo, vestía de traje ya que le parecía más cómodo, su carácter era más abierto y agradable que el de su pareja, siempre andaba sonriendo y saludaba a todo el mundo.
Aquella mujer, era la quinta prostituta muerta a lo largo de tres meses y la prensa comenzaba a presionar a los agentes, pidiendo que acabaran ya con aquel maniático que estaba poniendo en ridículo a la policía y atemorizando a las mujeres de la vida galante que salían a talonear de noche, aún con el riesgo de ser la siguiente víctima de ese degenerado homicida.
Todo eso mantenía de mal humor a Samuel, que, sin ánimo de otra cosa que de atrapar al maldito demente, redoblaba esfuerzos en busca de alguna pista que le pudiera servir para descubrir al cobarde criminal.
Estaba convencido que era uno de los muchos trastornados que frecuentan esos lugares y luego, deambulan por las calles en busca de una aventura, aunque tengan que pagarla para disfrutarla.
Sin ocultar el malestar que le ocasionaba la vista de aquel cadáver, se acercó a los policías que lo habían descubierto y:
—¿Están seguros que no vieron a nadie por los alrededores…? Recuérdenlo bien, pudo haber sido antes o después del homicidio, cualquier persona que anduviera caminando por aquí en actitud sospechosa, alguien que siguiera a alguna mujer, o tal vez parado en alguna esquina como si esperar algo… —les preguntó
—No jefe, la calle estaba completamente sola, incluso yo le hice un comentario a mi pareja sobre eso —explicó uno de los policías— le dije que al parecer hoy iba a ser un día malo para las cariñosas, ya que no se veía ni una sola alma en las calles.
—Y así era, jefe —dijo el otro uniformado— no había nada, ni nadie, dos veces recorrimos el lugar y todo estaba vacío.
—De acuerdo, rindan su informe por escrito y ya se pueden retirar, si los necesito los llamaré, si recuerdan algo no tarden en decírmelo de inmediato, cualquier cosa por insignificante que les parezca, puede ser importante —dijo Samuel, al tiempo que les entregaba su tarjeta personal.
—Así lo haremos señor —dijo el policía que recibió la tarjeta.
Samuel, encendió un cigarro, dio una larga fumada al tiempo que sus ojos recorrían el lugar, habían identificado plenamente, a las víctimas anteriores y por eso supieron que trabajaban en tres zonas de la ciudad.
En las investigaciones que realizaran Samuel y Héctor, compañeras de las mujeres asesinadas, confirmaron su identidad, sólo que, ninguna supo decir cuando fue la última vez que las vieron o si se fueron con un cliente en especial.
Dentro de todo aquello, había un detalle en los crímenes del asesino de la rosa que, se mantenía en secreto y que estaba prohibido que se divulgara.
Ocultando ese indicio, evitaba dos problemas, por una parte, que se asustara a las mujeres que trabajaban de noche y eso provocara alarma y pánico entre ellas.
Y, por otra, trataba de evitar que surgieran imitadores que los confundieran más, sólo Samuel, sus hombres y el médico legista lo sabían.
Todas las prostitutas sacrificadas de aquella manera brutal, presentaban la v****a destrozaba por varias cuchilladas; sí, el maniático en lugar de violarlas o golpearlas, les clavaba un filoso cuchillo en la v****a, en una, dos, tres y hasta ocasiones, con esa sangre era con la que empapaba la rosa que dejaba a un lado.
A la prensa se le informó que lo que bañaba la rosa era pintura roja y no obstante que no lo creyeron, así fue como lo publicaron en sus notas, lo cual les ayudaba mucho para seguir con las investigaciones.
El dictamen del forense, indicaba que primero las golpeaba en la traqueá para que no gritaran, después las rajaba en el vientre con un filoso instrumento y mientras ellas se desangraban agonizando, las penetraba con el cuchillo.
Mientras Samuel, exhalaba el humo de su cigarrillo, por boca y nariz, se dirigió al médico legista, el cual terminaba de trabajar con el cadáver en ese momento, al verlo le hizo una pregunta de la que imaginaba la respuesta:
—Bien doc… ¿que tenemos ahora? ¿lo mismo? —pregunto Samuel.
—Si le destrozaron el vientre y en sus partes íntimas, con un arma muy filosa, posiblemente un cuchillo o una navaja… el golpe en el cuello le impidió gritar, no tardó mucho en morir, aunque fue una agonía espantosa…
Lo que me lleva a especular que sin duda alguna esto es la obra de algún maniático que odia a las mujeres, por eso las destroza de esa forma sádica y perversa, en conclusión, es el mismo asesino que sacrificó a las otras víctimas… todo concuerda hasta el último detalle —dijo el forense, con un tono profesional
—¡Si, Maldito Bastardo!, algún complejo físico o el deseo de venganza lo lleva a matar prostitutas, es la única pista que tengo, que solo escoge mujeres públicas rubias y por lo general, de tres zonas de la ciudad.
Juro que lo he de atrapar a como dé lugar, locos como él no deben andar libres por las calles, o se les encierra, o se les mata como a un animal rabioso —dijo Samuel sin poder contener su ira y mostrando la confianza que sentía por el galeno.
De pronto la potente luz de un flash de una cámara fotográfica que se les estrelló en pleno rostro, los hizo voltear desconcertados y molestos, para encarar al intruso que profanaba aquel lugar.
—¡Con un demonio! —exclamó Samuel sin poderlo evitar.
A medida que fue recobrando la visión, que había sido deslumbrada por el flash, Ugalde, reconoció el causante de aquel destello, era Manuel Márquez, el reportero estrella del diario “Claridades”, sumamente conocido en el país por su amarillismo.
El reportero, se complacía en atacar a los agentes judiciales por medio de su columna y en especial a Samuel, al que agredía con un sinfín de ironías, sobre todo cuando tenía la oportunidad de hacerlo.
Eso se había vuelto frecuente desde Márquez, cubriera la nota roja para su diario, de lo cual hacía sólo 4 años, fecha en que se conocieran y antagonizaran.
Manuel, era unos años más joven que Ugalde, tenía 27, de 1.80 de estatura, con 75 kilos de peso, de piel blanca, cabello castaño claro, ojos grandes y escrutadores, a decir de las mujeres, era muy atractivo, la mayoría lo consideraba guapo y no faltaban las que trataban de conquistarlo, aunque él sabía mantener separado su trabajo de su vida personal, lo que le permitía cierta intimidad.
Entre Manuel y Samuel, existía un odio gratuito desde que se conocieran, mismo que, ninguno de los dos se preocupaba por ocultar o disimularlo cuando estaban juntos, por eso fue que Manuel, al ver el gesto de coraje del agente por el flashazo, sonrió burlón y con la cámara en las manos le dijo irónico:
—¡Hola oficial…! Sonría un poco para que salga bien en la primera plana de la edición de mañana —le dijo Manuel— estoy seguro que sus admiradoras lo agradecerán
—Quisiera saber cómo demonios le haces para estar en el momento oportuno y en el lugar de los hechos —le contesto Samuel.
—Es muy simple… yo solo cumplo con mi trabajo, tal vez si la policía hiciera lo mismo, ya habrían atrapado a ese maniático que los tiene en jaque, y que hace lo que se le pega la gana en cualquier momento sin que nadie pueda detenerlo, no cabe duda que es más inteligente que todos ustedes —respondió burlón el reportero.
—No es lo mismo inventar historias que, enfrentarse a hechos reales, sin embargo, eso no explica cómo puedes enterarte tan a tiempo de los homicidios que se cometen, en la ciudad, siempre estás en la escena —respondió Ugalde, viéndolo fijamente.
—Ya le dije que es muy fácil, sobre todo cuando se cuenta con buenos informadores, solo que lamento no poder decirle quien me da los soplos, usted sabe, secreto profesional y está protegido por la ley —dijo el reportero.
—Pues ojalá y tus soplones te pudieran avisar antes de que ocurra el próximo crimen, así atraparíamos al criminal y me libraría de tu presencia de una vez por todas, y ese no es secreto profesional, es una verdad clara y precisa —musito Samuel.
—Nada me daría más gusto que ayudarlo con eso, oficial, sólo que, ese es su trabajo, , cumpla con él, no concibo que un vulgar asesino derrote a un hombre tan capaz e inteligente como es usted —ironizo el reportero.
—Eso es lo único sensato que has dicho, a mí no me va a derrotar un asesino vulgar y cobarde, que ataca mujeres con ventaja, por muy desquiciado que este, lo voy a atrapar, y lo voy a mandar por muchos años a una celda, aunque sea lo último que haga en la vida, ese infeliz no se va a salir con la suya.
—Bueno pues, mientras demuestra con hechos y no con palabras que es mejor que ese criminal, no deje de leer mañana el diario le aseguro que va a ser algo único, se va a tratar de usted y su amenaza directa —respondió el reportero.
Samuel, iba a decir algo más, sólo que, Manuel, no lo dejó, ya que con su característica sonrisa burlona y cínica, dio media vuelta y se alejó, Ugalde, se volvió hacia el médico expresando sus pensamientos.
—Es tan despreciable y repugnante como el asesino de la rosa… al cual, por cierto, ese infeliz fue quién lo bautizó con ese nombre…
—Tienes razón Samuel, solo que, hay que reconocerle que es un magnífico reportero, aunque no tenga simpatía alguna, son muchos a los que les cae mal y no dudan en decirlo de manera abierta y clara —expreso el médico.
—¿Ya podemos levantar el cuerpo, doctor? —preguntó Gabriel Cuevas, uno de los ayudantes cercanos del legista, con su característica timidez.
Se trataba de un hombre de unos 25 años, delgado, con mirada huidiza, común y corriente, por lo general, nadie lo tomaba en cuenta, hacía su trabajo con eficacia y, aun así, pasaba desapercibido, era parte de las escenas del crimen y nada más.
—Dejémoslo así doctor y vámonos, aquí ya no hay nada que hacer, ya mañana veré la forma de ir tras de alguna pista —dijo Ugalde, con tono serio.
—Mientras tanto, haré la autopsia y buscaré algo que pueda servirte
Unos minutos más tarde, mientras Samuel, conducía su auto hacia su casa, su mente trabajaba con intensidad, buscando algo que pudiera útil en su investigación.
Tal parecía que todo se centraba en lo mismo, un asesino sádico, perverso y sin un motivo real que mostrara cuál sería su siguiente víctima, toda la ciudad era suya y prostitutas había en todas partes, era imposible vigilarlas a todas.
Él mejor que nadie sabía que ahora atacaba sólo en tres zonas, sólo qué, eso no era garantía ya que podía cambiar de lugar de acción cuando quisiera.
Incluso, ni el haber aumentado la vigilancia en las zonas donde aquellas mujeres laboraban, lo había detenido, ya que ahora les dejaba otro cuerpo.
Aquello era un reto abierto y directo a la policía, ya que, no podía interpretarlo de otra, si hubiera ocultado los cadáveres, los hubiera enterrado o los habría llevado fuera de la ciudad, no tendrían ni idea de lo que estaba haciendo, sólo que, no actuaba así, los exhibía para que lo descubrieran, como invitándolos a que lo atraparan y pusieran fin a la cadena de muertes.
Qué diferentes eran estas víctimas a las del asesino que unos meses atrás habían atrapado, ese infeliz sí que supo ocultar bien a sus víctimas con la idea de que nadie lo pudiera identificar y pasar desapercibido para seguir cometiendo sus fechorías.