Capítulo XI: Encontrando el camino

2081 Palabras
Su esposa, siempre lo esperaba con la cena caliente y lista para atenderlo, evitando hablar de su trabajo, Susana, tenía la inteligencia de esper hasta que él le contara las cosas que le preocupaban, y eso si Samuel, así lo deseaba, lo escuchaba atentamente y después le daba su punto de vista, y de esa manera lo comentaban como grandes amigos, lo que ayudaba a Ugalde a relajarse. El agente, llegó hasta la recamara, la cual estaba, tenuemente, iluminada con la lampara que tenían sobre el buró, esperaba encontrarse con Susana, viendo la televisión, no fue así, ella dormía con toda tranquilidad, llena de placidez, se acercó hasta la cama y comenzó a desnudarse. Al verla ahí, descansando, sintió que su cuerpo se encendía de deseos y su masculinidad estaba latente al máximo, su primer impulso fue subirse a la cama y acariciarla, besarla despertarla y amarla, más deshecho esa idea pensando que no sería justo sacarla de su confortable descanso, por lo que, con su virilidad excitada, se sentó a la orilla de la cama y encendió un cigarro con la determinante idea de acostarse a dormir. Tenía que alejar el deseo s****l que la visión del cuerpo de su esposa le había despertado, intentó pensar en algo diferente, algo que lo distrajera, le dio una larga fumada a su cigarro y su mente comenzó a divagar. Recordó la forma en que fue asignado al grupo de homicidios, habían pasado seis meses desde que saliera de la academia y su primera asignación, fue en el departamento de robos, le gustó investigar los asuntos que le encargaban y una noche en que, por una corazonada, realizaba sus pesquisas solo, sobre un indicio de una pareja, hombre y mujer que tenían la costumbre de asaltar tiendas departamentales. Se contaba con fotografías de ellos ya que las cámaras de seguridad de los establecimientos los habían captado, aunque no sirvieron para reconocerlos, si servirían para identificarlos. Una de esas pistas que había obtenido, lo conducían a un viejo y destartalado departamento en la colonia Roma, decidió ir a dar una vuelta para conocer el lugar, no quiso molestar a su pareja y a bordo de su auto fue a la dirección. Casi una hora estuvo montando guardia a varios metros del edificio, no se veía ni un solo movimiento en aquel departamento que tenía ventana a la calle, la gente que pasaba por el lugar, ni siquiera lo tomaba en cuenta, tal vez acostumbrados a ese tipo de presencias, estaba convencido que seguía la pista correcta, no le molestaba esperar el tiempo que fuera para que algo se presentara en ese domicilio. Esa intuición que siempre había tenido en las investigaciones y que emergía de su interior lo motivaba a ir directamente al departamento, después de una hora y media de estar vigilando, bajó del auto y se encaminó al lugar. Con su mano derecha palpó la cacha de su pistola, tenía que ir preparado para cualquier eventualidad que se le presentara, ingresó al edificio y subió hasta el primer piso, con todos sus sentidos alertas, atento a cualquier movimiento. Llegó hasta la puerta del departamento y con los nudillos de la mano, golpeó con firmeza, la puerta cedió y se fue abriendo lentamente, Samuel, desenfundó su arma y con precaución avanzó hacia el interior del lugar. No había mucha iluminación, aunque sí la suficiente para ver con claridad, en la sala no vio nada que llamara su atención, fue a una de las recámaras y también estaba vacía, por un momento se sintió desilusionado, no había nadie en el departamento. Sin guardar su arma, llegó hasta la segunda recámara, la puerta estaba entre abierta, empujó con suavidad y de inmediato, sus ojos lo descubrieron, sobre la cama estaba el cuerpo del asaltante que andaba buscando. Con la mirada recorrió la alcoba, no había nadie a la vista, guardó su arma y comenzó a moverse por la escena, el hombre presentaba dos impactos de bala en el pecho, la sangre estaba regada en la cama y el gesto de sorpresa en el rostro del delincuente, aún no se había borrado. Samuel, vio una fotografía sobre la cama, en ella estaban el cadáver y una mujer, no era su cómplice, era otra, sobre el buró de la recámara, vio una nota de compra, la memorizó y entonces sacó su teléfono celular y llamó para informar del cadáver. De acuerdo al reglamento, esperó a que llegara el grupo de homicidios y le informó a Daniel Lugo, el agente que iba a cargo, un investigador con mucha experiencia y bastantes años siguiendo asesinos. Después de escucharlo, el agente lo tomó por el brazo y lo llevó al pasillo del edificio. —¿Tocaste algo de la escena del crimen? —le preguntó Lugo, mientras los peritos hacían su trabajo con el cuerpo y el lugar. —No… nada… todo está como lo encontré. —Bien… muy bien… seguiste el reglamento y eso habla muy bien de ti… ¿es tu primer cadáver? —insistió Daniel, viéndolo fijamente a los ojos. —Sí, es el primero que descubro y veo en directo. —¿Y qué piensas? —Creo que lo asesinó su cómplice… tal vez por celos o por quedarse con el botín. —¿Qué te hace pensar eso? —Los celos, por la foto que está a un lado del cuerpo… lo del botín, porque no hay nada más, todo se lo llevaron. —¿Entonces revisaste la escena? —Sí, caminando alrededor del cuarto, vi en el clóset y en el baño, no hay nada. —¿Tocaste algo? Eso es muy importante para descartar tus huellas. —No… sólo observé… después los llamé a ustedes. —De acuerdo… ¿qué sabes de los asesinos seriales? —¿Cómo…? —preguntó Samuel, extrañado por lo que le cuestionaban. —Sí, ¿qué sabes de asesinos seriales? —Lo normal, que un homicida comete varios crímenes, casi de la misma forma, por lo general sus víctimas son muy parecidas en físico, los motivos pueden ser diversos, aunque la forma de ejecutarlos, no, claro han habido asesino que cambian de modo de matar, ya sea para despistar a la policía o por las circunstancias. —¿Y qué más? —Que bien pueden llevarse algún trofeo, o tienen una firma específica para cometer sus delitos… que después de tres homicidios se considera asesino serial. —¿Sólo los hombres son asesinos seriales? —No… si bien por lo general trabajan solos, también lo hacen en parejas y aunque es más difícil, las mujeres también pueden ser asesinas seriales. —Excelente… ¿quién es tu jefe? Voy a pedir que te comisionen a mi cargo, quiero que me ayudes en esta investigación ¿estás de acuerdo? —Claro… como usted diga… Samuel, le dio el nombre de su jefe y Daniel, lo citó en su oficina, al otro día por la mañana, después de ponerse de acuerdo se despidieron. Al día siguiente, tal y como lo acordaran, Samuel, quién ya había sido informado por su jefe de su nueva asignación, se presentó ante Daniel. —Mira con atención estas fotografías… —le dijo Lugo, poniéndolas frente a él. Samuel, comenzó a ver aquellas imágenes, eran seis víctimas, todas en la misma posición, tendidos sobre la cama con dos impactos de bala en el pecho, todos ellos eran muy parecidos, de unos 28 o 30 años, morenos, de complexión media, aspecto un tanto vulgar y, un detalle que él había pasado por alto, por no parecerle importante, era que todos tenían la huella del carmín de un beso en los labios. En el cadáver que él había visto la noche anterior, también había esa misma huella, en aquel momento, le pareció que podía ser que lo besaran al saludarlo, ahora más bien le parecía un beso de despedida. —¿Y bien… qué opinas? —dijo Daniel, sacándolo de sus pensamientos. —Son muy parecidas a la escena de ayer… y por lo que se ve, todos fueron cometidos por la misma persona, dos tiros en el pecho en una habitación. —¿Notas algo más? —Sí, el beso en los labios de los cuerpos, no sólo es su firma personal, sino que además es una forma de marcarlos, lo que indica que es una mujer… tal vez la misma que andaba investigando. —Así parece… y ha resultado muy escurridiza… junto con su cómplice en turno, asaltan tiendas departamentales, de tres a cinco golpes y luego, por alguna razón, liquida a su cómplice y deja el cadáver en la misma zona de los atracos. No tenemos sus huellas, no tenemos ADN, y balística ha confirmado que todos han sido ejecutados con la misma arma, una escuadra .9 mm. A medida que nos acercamos a ella, cambia de compañero y de zona, se mueve al extremo de sus últimas fechorías, los cadáveres, como puedes ver, se han encontrado en las colonias donde realizan los atracos, nunca más de cinco. Por más que le hemos seguido el rastro, no hemos podido atraparla… tenemos, no sólo las fotos de varias cámaras de vigilancia, también los retratos hablados que se corresponden con las fotografías de ella. Es como si no le importara que la reconocieran, sólo que nadie la conoce, rubia, alta, delgada, con bonito cuerpo, vestida de minifalda y blusas escotadas, una mujer que no pasa desapercibida tan fácilmente, sólo que nadie la ha visto en compañía de los que han muerto, es como un fantasma que desaparece cuando quiere… como ves, para eso te necesito, debes rastrearla… —Como usted diga… ahora mismo revisaré mis notas y trataré de encontrar su paradero… estoy seguro que la encontraremos de una o de otra manera. —Esa es la actitud que se necesita para este trabajo, manos a la obra y que no se diga más… irás de pareja con Vicente Rivas… de él aprenderás mucho… —De acuerdo… me reuniré con él para ponernos en marcha… Samuel fue en busca de Vicente, un veterano agente investigador que gozaba de buen prestigio en la corporación y del que se hablaban historias que más bien parecían leyendas. Se encontraba próximo a la jubilación y sus conocimientos eran invaluables, Ugalde se sintió feliz de que lo comisionaran con él, por lo que lo fue a buscar al estacionamiento, lugar donde acostumbraba a pasar largo tiempo. —Hola… soy Samuel Ugalde, me mandó Lugo… —Sí, ya estoy enterado… bueno, pues vamos a desayunar… —¿A desayunar? Yo creí que iríamos a seguir la pista de… —No me gusta trabajar con el estómago vacío, no pienso bien, además… ¿qué prisa tienes? Si vamos a la segura la vamos a encontrar… si no… pues seguiremos buscando Samuel, ya no pudo decir nada más ya que Vicente, se dio media vuelta y se alejó hacia una de las patrullas de la policía de investigación. Ugalde, se instaló a su lado y mientras su compañero conducía muy quitado de la pena, como si no tuviera prisa, y el trabajo no importara. Desayunaron en un modesto restaurante, mientras platicaban de cosas sin relevancia, a Vicente, le encantaba recordar viejos casos que había resuelto, Samuel, lo escuchaba con atención y al terminar de desayunar salieron del lugar. —Bueno, ahora sí… ¿por dónde quieres comenzar? —le dijo Rivas una vez que estuvieron dentro del auto y este se ponía en marcha. —Creo que podríamos ir al departamento donde encontraron el cadáver, tal vez los peritos pasaron algo por alto y… —Esos sabuesos no olvidan nada, te aseguro que ese lugar está más que revisado, ir ahí sería perder el tiempo —lo interrumpió Vicente. —Entonces podríamos ir a uno de los domicilios que andaba investigando, tal vez ahí la encontremos y la podamos capturar. —Esa sí es una buena idea, vamos a ponerle una campana (vigilancia), sirve que mientras esperamos me puedo echar un sueñito —dijo Rivas, bostezando— creo que ya me dio el mal del puerco. Samuel, ya no le contestó, simplemente le dio la dirección del recibo que había visto en el departamento y hacia allá se dirigieron. Ugalde, no pudo evitar sonreír ante el comentario de su compañero, de sobra era conocido que “el mal del puerco”, es lo que se siente cuando acabas de comer, te da mucho sueño y te duermes como si lo hubieras hecho en varios días.
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