Robert —¡Ey, ey! ¡Cálmense! —gritó papá, sus ojos encontrándose con los míos en el espejo retrovisor. Con el brazo de Fred alrededor de la parte delantera de mi cuello y su barbilla apoyada en mi cabeza, forcejeé para salir de su agarre, escabulléndome por debajo y pateando hasta volver a mi lado del auto. —Perdón, papá. —No es mi culpa que él sea un peligro —rió Fred. Su pie chocó contra el mío, una promesa silenciosa de venganza más tarde, cuando papá no pudiera decirle que se detuviera. Se sentía como si volviéramos a ser niños, burlándonos, peleando y fastidiándonos de forma juguetona. Siempre habíamos sido combativos, siempre queriendo superarnos, pero ya no dolía. Ya no lo alimentaban la mala intención ni la rabia. Era simplemente… mi hermano. —Agradecería que no hicieran que e

