Pollie —¡Robert! —llamé, asomando la cabeza por la puerta de mi oficina y mirando hacia el pasillo. El overol me colgaba suelto del cuerpo, cubierto de pequeñas motas de barro y pasto, y me esforcé en no manchar el marco de la puerta. En pocos segundos, apareció doblando la esquina al fondo del pasillo, con su camiseta blanca sencilla y los jeans sucios y manchados. Me sonrió mientras se acercaba a mi oficina. —¿Terminaste? —Creo que sí —respondí, poniéndome de puntitas en mis botas para darle un beso rápido—. ¿Listo para irnos? —Sí, ya encerré a Sadie. —¿Cómo está? —Tomé mi teléfono, mi agua y mi taza de café, metiéndolo todo en mi bolso—. ¿Va bien el entrenamiento? —Honestamente, es un sueño. Tenías toda la razón con la cruza —se inclinó hacia la silla frente a mi escritorio, sus

