- Oye, ¿cómo te llamas? - le pregunto a la chica, sé cuál es su nombre, pero quiero escucharlo de sus labios.
- Concéntrate en conducir - me dice demasiado seria y mirando para atrás viendo a las personas, o quizá buscando a alguien, no lo sé muy bien.
Acelero y en un par de minutos estamos a kilómetros de las bodegas, bajo la velocidad y conduzco más relajado, quiero charlar con la chica.
- ¿Me vas a decir tu nombre? - la miro y después a la carretera, tratando de concentrarme, el silencio de ella es abrumador, ninguna chica se ha comportado así estando conmigo, siempre se lanzan sobre mí.
- Soy Noa - escucho que dice y sonrío, no me está mintiendo, escuche como Ana Clara la llamo.
- Estabas con Ana Clara, ¿eres del pueblo de ella? - le pregunto para llevarla hasta su casa.
- Sí - se limita a decir y sonrió.
- Nunca te había visto. ¿Te mudaste hace poco? —La miro y asiente con la cabeza. Es una chica muy difícil o quizá no le gusté.
- Te puedo llevar a tu casa, ¿dónde vives? - detengo el auto, para tener una conversación con ella, aunque sea, tratar de hacerlo.
- Creo que no es necesario, puedo llegar sola - frunzo mi ceño, ¿esta chica me está rechazando?
Se baja del auto y me dice gracias, está loca si piensa que la voy a dejar aquí, sola, pueden hacerle algo.
Me bajo del auto y lo rodeo para estar al lado de ella.
- No te voy a dejar sola - ella se gira para mirarme - no te voy a dejar sola, en una carretera cero transitada - le digo y ella asiente con la cabeza - ¿Tú sabes quién soy? - necesito saberlo, asiente con la cabeza.
- Eres Apolo Morata, el mafioso — abro mis ojos, acaba de decirme mafioso sin pestañear, porque eso no se intimidó, pero ¿quién es esta chica? — Puedes irte, no necesito que te quedes, sé defenderme sola — me está echando, ¿no necesita que me quede?
- ¿Cuántos años tienes? - le pregunto, necesito saberlo.
- Casi veintiuno - sonrió, está en la edad legal.
- ¿Cuándo los cumples? - me mira, esta vez me mira a los ojos y puedo ver el color diferente de sus ojos, me sorprendo, nunca había visto algo igual.
- No te interesa - me dice y se va para la carretera, esta mujer es muy obstinada.
- Oye, ¿tienes novio? ¿Es eso?—le pregunté. Necesito escuchar que sí, y alejarme, aunque no me importaría, pero quizá me obligaría a alejarme.
- No - maldita sea, porque tuvo que contestarme eso.
- Oye - la tomo de la mano y la detengo - voy a llevarte a tu maldita casa y voy a asegurarme que vas a llegar sana y salva. ¡No te lo estoy preguntando! — Ella me mira a los ojos, tiene un brillo desafiante, me gusta la forma en como mira mi mano en la suya, como si estuviera debatiéndose en quitarla o dejarla tal y como está.
-Señor Apolo, es mejor que suelte mi mano - lo dice en un tono de voz muy bajo, como una amenaza - no quiero que salga lastimado, no merece mi tiempo.
- ¿Me estás amenazando, pequeña? - La veo sonreír y me siento muy emocionado.
- Tómelo, como mejor le plazca — acomoda su cuerpo de una manera ágil y creo que va a golpearme cuando aparece un auto con las luces muy altas.
Ella cambia su posición y su aura, vuelve a ser la chica que vi subir a mi auto y le suelto la mano, no sé por qué, pero siento que ella puede lastimarme, y estoy hablando en serio, mide muchísimo menos que yo, quizá veinte centímetros, quizá menos, pero siento que puede causarme mucho daño si se lo propone.
-Llegaron - susurra y el auto se estaciona cerca de ella.
— Espera, Noa - la tomo de la mano y la jalo a mi pecho — Ella me mira con un interrogante en el rostro - ¿Quién eres? - Mi voz sale como un maldito susurro de súplica. Miro a sus ojos directamente, necesito saber por qué me está llamando tanto la atención esta chica.
—Soy Noa - sonríe - y soy monja— Pone una mano en mi pecho, para alejarse de mí y la veo subir a ese auto en cuestión de segundos.
Veo arrancar el auto y me quedo de pie mirándolo, mientras las otras chicas lanzan besos en mi dirección, espera un momento, son las monjas, las de la catedral San Cristóbal.
Sonrío, no puede ser, la chica es monja, es por eso que no se me lanzo, ¡es monja! Río a carcajadas mientras la imagino sonreír.
Me subo a mi auto y el aroma de ella está por todas partes. Necesito averiguarlo, necesito verla con mis propios ojos, necesito darme cuenta de que no la puedo tener y poner los pies sobre la tierra, más por mi tranquilidad.
¡Solo por eso!
Mi teléfono suena y contesto.
-¿Dónde estás? ¡Venías detrás de mí!
-Ya voy llegando, Marco.
- Estás sin seguridad, Morata. No puedes tomarte el lujo de que te cojan desprevenido.
- Puedo defenderme perfectamente solo, además tengo mi arma conmigo, no te preocupes.
- Morata, no te confíes.
Cuelgo la llamada, sé que Marco siempre está planeando y calculando, es su maldito trabajo, pero necesitaba hacer esto, necesitaba saber algo de ella, no iba a poder dormir si no la puedo encontrar.
Llegó a la mansión y Marco está en la puerta, su mirada de reproche aparece y sonrió.
-No vuelve a pasar - levanto mis hombros.
-¿Sabes que mataron a tu papá, Morata? Estás en la zona roja, no puedes volver a hacer eso, no sin seguridad.
- Tienes razón, no vuelvo a ir sin seguridad - lo veo asentir.
- Escúchame, sé que puedes cuidarte solo. Yo te entreno todos los días, pero no puedes enfrentarte tú solo a un ejército, no, si te toman desprevenido. No quiero que te pase nada - toma mi hombro.
-Está bien, Marco. Tienes razón, pero esa chica - frunce las cejas - la chica de la carrera, esa chica estaba conmigo.
-Te lo cogiste y estabas poniendo tu seguridad en peligro por una maldita puta.
-No, Marco - lo miro - la chica es una monja.
-¿Qué?...