Mi corazón se aceleró más que nunca. Ella estaba aquí. Aída había vuelto. Ni siquiera tenía la valentía de salir de mi asiento e ir a verle, quedé inmóvil en aquella silla, intentando asimilar la situación que vivía. —¿Mamá?—Volvió a preguntar ahora Avril. Pero noté cierto tono de confusión muy particular. Luego las lágrimas se hicieron presente y les oí llorar a ambos. Tomé valentía y me puse de pie. Pasos firme hacia donde estaba la mujer que había sido mi esposa. Allí, ante ella, no podía creer nada de lo que veía. Aída no era ni la mitad de mujer que estaba allí parada. Demacrada, excesivamente flaca, ojeras largas y moretones por todos sus brazos. Mi sombra fue aún mayor y las palabras no salían.—Patric.—Dijo firme ella al verme.—Estuve por decirte que estaba aquí en la ciuda

