Esa mañana siguiente ocurría algo que me marcaría por completo. Desperté y busqué con mi mano el cuerpo de Aída, para mí sorpresa ya ella no estaba en la cama. Estiré mi cuerpo y buscando fuerzas me levanté. Caminé al baño de manera inmediata y me di una ducha cálida y larga. El agua corría y los pensamientos iban y venían. Los días habían sido pesados y horribles. No hacía más que consumirme en silencio. Cerré el grifo, alcancé la toalla y sequé mi cuerpo. Una vez fuera de la ducha, cepillé mis dientes y sequé mi cabello. Vi mi rostro y era evidente mi mirada perdida, ojeras marcadas y un lamento interminable. Sin más, salí de allí. Pero mi mirada se desviaría sobre la mesa de maquillaje de Aída. Estaba el sobre del divorcio aún ahí y no sabía por mucho si al menos lo había le

