CAPITULO 23

997 Palabras
Unas horas después, la puerta se abrió lentamente. —¿Travis? —susurró Diego, asomándose. Al verlo dormido, caminó despacio… pero al ver a Hana dormida también, con su mano aún entrelazada con la de su amigo, sonrió de lado. —Mira nada más, cabrón… —murmuró en voz baja. Travis volvió a abrir los ojos, adormilado pero consciente. No se movió. Solo levantó un dedo en señal de silencio, con una sonrisa perezosa en los labios. Diego se acercó a él, bajando la voz. —¿Así que... la diosa del hielo se derritió? —No lo sé —susurró Travis con dificultad, aún algo ronco—. Pero estuvo aquí toda la noche. No se fue. No me soltó. Diego se cruzó de brazos, observando la escena con una mezcla de ternura y burla. —Y tú tampoco la soltaste, ¿eh? Travis giró un poco la cabeza hacia él, sin soltar la mano de Hana. —¿Y tú lo harías? Diego sonrió. Luego se sentó en el sillón del rincón y se encogió de hombros. —Yo solo diré que... si esto no es amor, está peligrosamente cerca. Ambos se quedaron en silencio. Solo el pitido del monitor rompía el momento. Travis cerró los ojos otra vez, murmurando: —Solo no la despiertes. Déjala soñar… aquí conmigo. Hana parpadeó lentamente. El primer sonido que escuchó fue el pitido constante del monitor. Luego, sintió el calor en su mano. Levantó la vista. Travis seguía dormido… o eso parecía. Su rostro estaba relajado, el pecho subía y bajaba con lentitud, y sus dedos aún sujetaban los de ella, con firmeza pero sin presión. —¿Se movió? —preguntó una voz baja desde el rincón. Era Diego. Sentado en el sillón con una botella de agua, la miraba como si hubiera presenciado algo importante. —No mucho —murmuró Hana, incorporándose un poco sin soltarle la mano a Travis—. Pero está mejor. El doctor dijo que la cirugía fue un éxito. —Lo sé. Estuve hablando con ellos afuera —respondió Diego, cruzando los brazos—. Lo importante es que va a estar bien. Hubo un breve silencio. Hana miró a Travis con ternura, acariciando el dorso de su mano con el pulgar. Luego, suspiró. —No sabes el susto que me dio. Cuando lo vi en el suelo… pensé que… Calló, tragándose la emoción. Diego la miraba con seriedad. —¿Qué sentiste? —preguntó directo. Hana negó con la cabeza, apretando los labios. —No sé. Pánico. Miedo. Rabia. Muchas cosas… Todo menos indiferencia. Diego sonrió, divertido. —¿Entonces no es tan idiota como para caerte mal? Ella soltó una pequeña risa amarga. —Es muy idiota. Un completo idiota... pero es mi idiota ahora. Travis quiso sonreír. Pero siguió con los ojos cerrados, fingiendo seguir dormido. Su corazón latía más fuerte que antes. Diego la observó con curiosidad. —¿Y él lo sabe? Hana lo miró, suspirando. —No. Y no pienso decírselo… no todavía. No sé qué es esto. No sé si es real o si solo estoy vulnerable. Pero anoche, cuando lo vi ahí… sentí que si le pasaba algo, algo dentro de mí también se rompía. Diego asintió en silencio. —Está bien. No tienes que saberlo todo ahora. Luego, con una mirada pícara, agregó: —Pero por si no lo sabías… él tampoco te soltó en toda la noche. Hana giró hacia Travis, que aún fingía dormir, con el ceño ligeramente fruncido. —Hmp… idiota terco —murmuró con una media sonrisa. Y entonces, como si no pudiera evitarlo, se inclinó y le dio un beso suave en la frente. —Gracias por quedarte conmigo —susurró—. Pero no me asustes así nunca más, ¿ok? Travis apretó suavemente su mano, como respuesta, sin abrir los ojos. Hana se congeló. —¡Estás despierto! Travis sonrió apenas. —Tal vez… desde el beso. —¡Maldito! —exclamó ella, dándole un leve golpe en el hombro bueno, sin poder evitar la risa. Diego, en el fondo, levantó las manos en alto. —Bueno, yo ya cumplí con ver este telenovelón en vivo. Me largo antes de que se besen de nuevo. Y salió, dejándolos a solas. El ambiente quedó suspendido… dulce, frágil y peligrosamente honesto. Travis ladeó apenas el rostro sobre la almohada, aún medio atontado por la anestesia, pero con esa chispa en los ojos que ya anunciaba travesura. Sus dedos seguían entrelazados con los de Hana, quien aún estaba a su lado, sentada con la bata de hospital cubriendo su pijama rosa de seda que se había arrugado después de pasar la noche en la silla. —¿Sabes…? —murmuró con voz ronca, ronquísima— Me apuñalaron, sí... pero creo que acabo de morir otra vez… solo que esta vez fue por verte en esa pijama. Hana giró bruscamente hacia él, sonrojada hasta las orejas. —¡¿Qué…?! Travis sonrió, travieso, con media cara apoyada en la almohada. —Desde que dijiste que era tu idiota. Me derretí, princesa… Pero lo de la pijama… eso sí me revivió. Literal. Hana lo empujó con suavidad en el hombro sano. —Eres un imbécil. —¿Y sexy? —añadió él, levantando la ceja con esa maldita sonrisa torcida. Ella bufó, intentando ocultar lo mucho que le temblaban las piernas por dentro. —Idiota sexy, sí… pero aún así idiota. Travis se encogió apenas de hombros (bueno, lo que le permitió el suero y el vendaje). —Acepto ese título con orgullo. Aunque... —bajó la voz y le guiñó un ojo— si cada vez que me apuñalan tú vas a venir así de guapa, no descarto hacerlo de nuevo. Hana lo fulminó con la mirada. —Ni se te ocurra. Porque la próxima… no te abrazo. Te remato. Travis soltó una risa baja, encantado. El dolor seguía ahí. Pero el alma ya no se sentía tan rota.
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