El sol ya se filtraba con descaro por la ventana del hospital cuando Travis, todavía medio recostado, abría la boca como si fuera un pajarito. Y Hana, vestida con su bata corta y aún con el pijama de seda rosa debajo, le acercaba una cucharada de yogur con fruta.
—Vamos, abre —le decía con voz suave pero autoritaria.
—¿Te das cuenta de lo humillante que es esto? —gruñó Travis, aunque con la boca medio abierta.
—¿Te das cuenta de que te apuñalaron porque ibas solo como idiota por la calle y alguien tiene que cuidar que no te mueras?
—Punto para ti, enfermera del demonio.
Ella sonrió, divertida, justo cuando la puerta se abrió.
—¡BROOOO! —gritó Diego al entrar con dos más del equipo de basket. Los tres se quedaron petrificados al ver la escena: Travis en la cama, con la bata mal abrochada, y Hana, sentada al borde del colchón, dándole de comer como si fueran novios de toda la vida.
—No jodan —murmuró uno de ellos—. ¿Esta es la pijama rosa de la leyenda?
—¡¿Tú no estabas muert...?! —bromeó Diego al ver a Travis, antes de que lo mirara de reojo—. Digo, qué bueno que estás vivo, campeón. Muy bien acompañado, por lo que veo.
Hana se paró tan rápido que casi tumba la charola del desayuno.
—Yo... yo ya me iba. Vinieron tus amigos, así que te dejo en buenas manos —dijo, ajustándose la bata con dignidad. Pero el rubor en sus mejillas la traicionaba.
Travis quiso tomarle la mano, pero ella ya estaba en la puerta.
—¿Vas a volver? —preguntó, medio serio, medio necesitado.
Ella volteó desde la puerta, con la mano en el picaporte.
—Después de una ducha y algo de ropa decente. No puedo seguir viéndote con estas greñas y yo en chanclas —y sin más, salió como un torbellino.
Diego se dejó caer en la silla con una carcajada.
—Te juro que si sobrevives a esto, te vas a casar con ella.
Travis solo se recostó otra vez, sonriendo como idiota.
—Sí… probablemente.
Travis intentaba dormir un poco, medio dopado por los analgésicos, pero la paz duró exactamente… lo que tardaron sus amigos en quedarse solos con él.
Diego, al mando del desastre, se puso la mascarilla quirúrgica al revés y miró al resto con solemnidad:
—Señores… tenemos una vida en nuestras manos.
—¿No deberías estar en medicina tú? —dijo Javi, sacando una bolsa de papitas de su mochila.
—Estudio administración, idiota. Pero vi todas las temporadas de Grey’s Anatomy.
—Y eso te hace un cirujano ahora o qué...
Travis gruñó desde la cama.
—¿Pueden callarse? Estoy a punto de morir otra vez, pero esta vez por sobredosis de estupidez.
—¿Y Hana? —preguntó Diego, ignorando el comentario— ¿Ya se fue, verdad?
—Se fue a cambiar —murmuró Travis, cerrando los ojos.
En cuanto lo hizo, el caos comenzó.
Javi sacó una consola portátil y comenzó a jugar con el volumen al máximo.
Santi, el más inútil pero con mejor puntería, agarró una jeringa vacía y empezó a dispararle bolitas de papel a la cabeza calva del señor de la camilla de al lado.
Diego se trepó en la silla giratoria y comenzó a dar vueltas.
—Miren, soy el doctor Blake, estoy viendo borroso porque no he dormido desde la operación del apéndice triple, pero igual voy a coquetear con la enfermera.
—¡Travis no se ligó a la enfermera! —gritó Santi— ¡Se ligó a la diosa del campus!
Todos soltaron un "uuuuh" al unísono. Travis, entre molesto y divertido, abrió un ojo.
—Si rompen algo, yo no me hago responsable.
—Tú tranquilo, paciente del año —dijo Diego—. Cualquier cosa... culpamos a Hana. ¿Quién va a dudar de ella?
En eso, el timbre de llamada a enfermería se activó sin querer.
—¿QUÉ HICISTE? —gritaron todos.
—¡Yo no fui! ¡Fue la pierna del dormido!
Travis gruñó y se cubrió la cara con la sábana.
—Dios... por favor, mándame a la morgue. Es más silenciosa.
Hana empujó suavemente la puerta de la habitación 314.
Vestía unos jeans ajustados de mezclilla, una sudadera gris con estampado minimalista y su cabello recogido en una coleta alta, aún húmedo por la ducha. Llevaba consigo una bolsita con fruta picada y un jugo.
Apenas cruzó el umbral, lo primero que vio fue a Diego girando en la silla como si fuera el demonio de Tazmania, mientras Javi intentaba encestar papitas en la boca abierta de Travis, que claramente no estaba tan dormido como fingía.
En la esquina, Santi sostenía el suero con una mano mientras bailaba una cumbia con el soporte metálico como si fuera su pareja.
Hana parpadeó. Tres veces.
—¿Qué… es esto?
Silencio total.
Solo se escuchó el crunch de una papita que Javi se apresuró a tragar.
—¡Hana! —dijo Diego, deteniéndose tan abruptamente que casi se cae—. Justo hablábamos de ti.
—¿Sí? ¿Qué decían? —respondió con una ceja alzada, cerrando lentamente la puerta.
Travis se incorporó un poco, nervioso.
—Nada malo. Lo juro.
—Ajá. ¿Y tú por qué tienes una papita en la oreja?
—¿Qué? ¿Dónde?
Hana dejó el jugo en la mesita y los miró uno por uno.
—¿Saben que esto es un hospital, verdad? ¿O creían que estaban en un bar con servicio de urgencias?
Los tres amigos se sentaron de inmediato como si fueran estudiantes atrapados copiando en examen.
—Travis necesita paz —dijo ella con voz firme, pero calmada—. Y ustedes están actuando como si estuvieran en una película de Adam Sandler.
Diego levantó la mano como si pidiera la palabra.
—¿Pero de las buenas? ¿Tipo “Click”? ¿O de las malas tipo… “Jack y Jill”?
Hana solo lo miró.
—Entendido. Silencio absoluto. —Y se llevó un dedo a los labios con expresión dramática— Paz y amor.
Travis se reía bajito, con la mano en el abdomen por la herida.
—¿Ves lo que tengo que aguantar? Pero me salvaste... otra vez.
Hana lo miró con una sonrisa de medio lado.
—No te me mueras todavía, Blake. Aún no te doy permiso.
Los tres amigos silbaron, como niños chismosos.
—¡Uuuuh! ¡Así se habla!
Hana los ignoró y se sentó a un lado de Travis, sacando la fruta.
—Come. Tú sí. Ellos… que se vayan a la sala de espera antes de que venga una enfermera y los corra a patadas.
—¡Sí, señora! —dijeron los tres al unísono, y salieron en desorden murmurando “ya nos odia”, “vale la pena”, “la diosa helada es más caliente de lo que parece…”
Hana solo negó con la cabeza mientras le daba a Travis una cucharada de sandía.
Él la miró como si el dolor se le hubiera olvidado por completo.
—Gracias… por todo.
Ella lo miró con dulzura.
—Descansa, Travis. Que el circo se fue… pero mañana regresa.