El Madison Square Garden rugía. Travis driblaba con una velocidad endiablada, el sudor le caía por la frente, y el reloj marcaba los últimos segundos. Un pase, un amague, y saltó, clavando la bola con tal fuerza que la multitud estalló en gritos. —¡Blake lo hace otra vez! ¡Este chico está en fuego! —gritó el comentarista, mientras la estadística mostraba 38 puntos para él esa noche. Pero en cuanto el silbato final sonó, la euforia se transformó en soledad. Se quitó la toalla de los hombros, esquivó la invitación de los compañeros para salir de fiesta y se encerró en el vestidor, sacando su teléfono. Marcó el número de Hana. —¿Aún despierta? —su voz bajó de tono, cansada pero suave. —Sí, Zack acaba de dormirse… ¿Cómo te fue? —preguntó ella, y aunque no lo veía, sabía que él estaba sonr

