El timbre sonó con desesperación. Hana, envuelta en una enorme cobija con estampado de ositos, caminó arrastrando las pantuflas hacia la puerta. Cuando abrió, Diego estaba ahí, despeinado, con la sudadera al revés y cargando una bolsa de supermercado. —Aquí está tu helado de mango, tus pepinillos en vinagre y tus... ¿galletas de chocolate sin chocolate? —¡Síííí! Gracias, Diego, eres un ángel —dijo Hana emocionada, arrebatándole la bolsa y metiéndose a la cocina. Diego entró detrás de ella, frotándose los ojos. —Hana… no es por nada, pero esto no es normal. ¿Helado con salsa Valentina? ¿Quién hace eso? —Una futura mamá con buen gusto, eso quién —dijo mientras preparaba su extraño festín. Diego se dejó caer en el sofá. —Voy a terminar soñando con pepinillos y crema batida. Te juro que

