El primer paso de Travis dentro del penthouse fue como una punzada directa al pecho. Todo seguía igual… y, al mismo tiempo, todo era distinto. El sofá estaba cubierto con mantas de bebé. En la mesa de centro había un biberón a medio terminar, una sonaja, un peluche con forma de osito. El aire olía a lavanda y a hogar. Caminó con lentitud, como si fuera un intruso en su propia vida. Los cuadros seguían colgados. En una esquina, una de las plantas que Hana cuidaba estaba floreciendo. Pero lo que más le impactó fue la cuna blanca, junto al gran ventanal que daba a la ciudad. Una mantita tejida azul colgaba por el borde. Había un nombre bordado. Zack. Travis apretó los puños. El corazón le latía con fuerza, golpeándole el pecho como si fuera a salirse. Cerró los ojos y respiró hondo, pero

