La puerta del penthouse se abrió lentamente, y lo primero que sintió Hana fue el olor familiar a su hogar: limpio, con un toque de lavanda que siempre usaba para aromatizar. Pero esta vez, el aire parecía diferente. —Bienvenida a casa, Zack... —susurró con una sonrisa cansada, acariciando la mejilla de su hijo, que dormía profundamente en su regazo. Diego entró primero cargando el portabebé y la maleta. Lucía iba detrás con una bolsa llena de cosas que “probablemente necesitarás en las primeras 24 horas”, según sus palabras. —¿Quieres que prepare algo de comer? —preguntó Diego, dejándolo todo sobre el sofá y quitándose los zapatos. —No, gracias. Solo quiero... ver su cuna. —Hana caminó hacia la habitación que había preparado con tanto esmero junto a ellos. Abrió la puerta y contuvo la

