El consultorio olía a desinfectante y talco para bebé. Las paredes estaban decoradas con animalitos sonrientes que, sinceramente, no engañaban a nadie: todos sabían que ahí se lloraba. Hana estaba sentada en una silla acolchada, con Zack envuelto como un tamal deluxe en sus brazos. Travis iba cargando la pañalera, una botella de agua, el celular, la carriola… y cara de “me olvidé cómo respirar”. —¿Y si reacciona mal a la vacuna? —pregunta Travis, bajito, mirando al bebé con preocupación—. ¿Y si se le hincha la piernita? ¿Y si se le baja el azúcar? ¿Y si— —Travis —interrumpe Hana, sin levantar la voz—. Le van a poner una sola vacuna. Es normal que llore. No te pongas histérico tú también. —Yo no estoy histérico, estoy preparado emocionalmente para lo peor. —Traes el babero colgando del

