CAPITULO 39

1113 Palabras
Hana temblaba, pero no de frío. El vapor de las termas seguía flotando entre los árboles, envolviéndolos como un hechizo. Travis la besó con más fuerza, más hambre. Sus manos deslizaban el suéter de Hana hacia arriba, y ella alzó los brazos, dejándose desnudar con una sonrisa cómplice. El top deportivo debajo no fue obstáculo: él lo bajó con sus pulgares, dejando al descubierto la piel que tantas veces había soñado acariciar. —Dios… —susurró Travis, rozando sus labios sobre su clavícula—. No sabes lo hermosa que te ves con la luna iluminando tu piel. Ella arqueó la espalda cuando él la besó ahí, justo donde el cuello se une con el hombro. Su aliento cálido la enloquecía, su voz ronca y grave le erizaba la piel. Sus manos bajaron por su cintura, explorando el borde del short. Lo desabrochó con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo… pero sus ojos decían otra cosa: desesperación. Ansias. Furia contenida. Ella soltó una risa temblorosa, nerviosa. —¿Vas a bajarlo o vas a pedirle permiso? —Voy a adorarte… —susurró él. Y entonces lo hizo. Bajó el short con reverencia, dejándola en ropa interior frente a él. Se arrodilló, y su boca se posó en la parte interna de su muslo, lenta, tortuosa, deliciosa. Hana jadeó, apoyando la espalda contra el árbol, aferrándose al tronco como si el mundo girara demasiado rápido. Él levantó la mirada y le dijo con voz grave: —Abre las piernas para mí, diosa. Ella obedeció. Con las manos temblorosas, Travis bajó su braga de encaje. Lo hizo como si fuera un ritual, como si cada centímetro que desnudaba fuera sagrado. Y entonces, sin aviso, se inclinó… Y su boca la tocó. Hana ahogó un gemido, mordiéndose los labios mientras se estremecía de pies a cabeza. Travis la sostuvo por las caderas, manteniéndola firme, mientras su lengua la adoraba como había prometido. No era solo sexo. Era devoción. —T-Travis… —susurró ella, con la voz quebrada por el placer. Él se incorporó, con la respiración entrecortada y los labios húmedos. La levantó en brazos y la empujó suavemente contra el árbol, abriendo su pantalón sin quitarle los ojos de encima. —Ahora es mi turno —dijo, con una sonrisa oscura—. Espero que estés lista para mí, Hana. Porque no pienso contenerme. Ella asintió. Y él la tomó. Ahí, en medio del bosque. Contra el árbol. Con pasión salvaje, pero con cuidado. Con intensidad, pero con ternura. Sus cuerpos se movían al unísono, envueltos en suspiros, jadeos y el crujir de las hojas secas bajo sus pies. La lluvia ya había cesado, pero la tormenta verdadera era ellos. Cada embestida era una confesión. Cada beso, una promesa muda. Y cuando ella arqueó la espalda y sus uñas se clavaron en los hombros de Travis, lo supo: Nunca había sentido algo así. Ni Travis tampoco. Ambos llegaron al clímax abrazados, aferrados uno al otro como si el mundo pudiera desaparecer en ese instante. Y si lo hubiera hecho… no les habría importado. La piel de Hana seguía caliente, a pesar del viento fresco que ahora soplaba suavemente entre los árboles. Travis la envolvió con su sudadera, cubriéndola mientras ella aún recuperaba el aliento, con la espalda apoyada en su pecho y los ojos cerrados. Ambos estaban sentados sobre la manta que él había traído, en silencio. —¿Estás bien? —susurró Travis, con la barbilla apoyada en su cabeza. Ella no respondió de inmediato. Solo asintió, acomodándose mejor entre sus brazos. Él sonrió. —Vas a tener que enseñarme a respirar otra vez después de lo que acabas de hacerme —bromeó, mientras le acariciaba la pierna desnuda. —¿Y tú a mí cómo demonios me bajaste las defensas así? —murmuró ella, con la voz aún ronca. Luego le lanzó una mirada de reojo—. No creas que esto cambia nada. —¿Ah no? —Travis arqueó una ceja y le dio un pequeño mordisco en el hombro—. Porque yo juraría que sí me llamaste “mi dios griego” en algún momento. —¡Jamás! —Hana soltó una risita, ruborizada. —Lo dijiste… —susurró, besándola justo detrás de la oreja—. Y me encantó. ¿Puedo ser tu dios griego otra vez mañana? Ella giró los ojos, divertida, pero luego lo abrazó. Se quedaron así, escuchando el murmullo de las hojas, la brisa nocturna… y sus respiraciones. Él le acarició los dedos, y de pronto murmuró: —Esto fue… diferente. Especial. Hana se quedó callada un momento. Luego dijo, muy bajito: —Lo sé. Entonces el cielo comenzó a aclararse. El amanecer pintaba de azul tenue el bosque. Travis le besó la frente, luego se levantó y la ayudó a ponerse de pie. —Hora de regresar antes de que alguien más venga a buscar “el jacuzzi privado del bosque”. —O antes de que se pregunten dónde están sus bragas —murmuró Hana, revisando que estuviera todo en su lugar. Travis le guiñó un ojo. —Yo ya tengo mi souvenir. —¡Pervertido! —le dio un golpe en el brazo, mientras él reía a carcajadas. Ambos caminaron de regreso a la cabaña, entre risas, con los dedos entrelazados. La noche había sido salvaje. Pero el amanecer… era suyo. El amanecer los sorprendió cuando regresaban por el sendero oculto entre el bosque. El vapor de las termas aún parecía flotar entre sus cuerpos, pero el frío de la mañana los fue aterrizando poco a poco. Cuando por fin llegaron a la cabaña, el silencio era absoluto. Todos dormían… o eso parecía. Hana y Travis se detuvieron frente a la puerta principal. Se miraron durante unos segundos, aún con los rostros sonrojados, el cabello revuelto y las sonrisas flojas. —Nos vemos en el desayuno… —susurró Travis, con una voz grave y suave. —Si es que puedes caminar después de lo de anoche —le devolvió Hana con una sonrisa ladeada, muy suya. Él rió por lo bajo y la tomó de la cintura, jalándola para darle un último beso lento, cálido, que sellaba no solo lo que había pasado, sino todo lo que se estaba gestando entre ellos. —Buenas noches, mapache —susurró contra sus labios. —Buenas noches, problema con patas —replicó ella, divertida. Después de eso, cada uno se deslizó hacia su habitación con el mayor sigilo posible, como dos adolescentes que acababan de romper todas las reglas. Cerraron las puertas tras de sí, dejando que ese último beso ardiera todavía en sus bocas… y en sus recuerdos.
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