Una semana ha pasado desde aquel fatídico día en que Laura recibió el disparo. Durante estos siete días, mi vida se ha convertido en una rutina de visitas a la UCI, esperando y rezando por un milagro. Cada día, la esperanza se mezcla con el miedo, pero nunca he dejado de creer en su fuerza. Su madre acaba de salir de la habitación, por lo que entro y tomo asiento a su lado. —Chiquita mía, no alcanzas a imaginar lo difícil que es verte en esta cama. Por favor, abre tus hermosos ojos; dime que me odias y que no quieres saber nada de mí; dime lo que quieras, pero por Dios, despierta. Todos te necesitamos, en especial yo. ¡Te amo! Te amo como jamás imaginé amar a ninguna mujer —susurro con mi voz quebrada. Llevo sus manos a mi boca y las beso; mis ojos se nublan por las lágrimas, a la vez que

