NARRA GEORGINA ¿A dónde íbamos? Maxwell no esperó respuesta. Como si nada, se puso al volante y arrancó el auto. Yo, mientras tanto, no hacía más que mirar por la ventana, tratando de adivinar qué rayos tenía planeado. Él estaba callado, concentrado en la carretera. —¿Por qué el bosque? —le solté, no aguantando más la intriga. Me lanzó una mirada rápida y giró hacia un camino más angosto. Suspiré y me crucé de brazos. Al rato, el auto se detuvo frente a una casa pequeña, pero súper linda, como de postal. Maxwell se bajó y, sin mirarme, dijo: —Vamos, bájate. Abrí la puerta y, con toda la calma del mundo, salí. Pero en cuanto estuve de pie, él apareció a mi lado y me rodeó la cintura con su brazo. ¡Óyeme! ¡Qué confianza! —¿Qué traes con mi cintura, loco? —le solté, medio seria, medio

