Durante la primera clase de universidad conocí una chica llamada Kumiko.
Había pasado el mediodía y me encontraba en el pasillo, conversando con unos compañeros del aula que había conocido en el instituto. Entonces, ella pasó con su andar parecido a la brisa de verano. Llevaba una falda larga, blanca, con estampado de flores; su cuerpo era cubierto por una camisa negra que hacía juego con una chaqueta de jean. El cabello era largo, pero estaba recogido hasta la nuca. Me atrapó su esencia, no tanto su belleza. Oí su manera de hablar y cada palabra me parecía una nota expelida de un instrumento musical sacado del paraíso.
No encontraba una manera de acercarme a ella. Kumiko siempre estaba rodeada de chicas. Dudaba si era heterosexual, aunque, tal vez, no lo era. Tenía un pendiente de con forma de pez, algo que me llamó la atención.
Cuando iba a la universidad, observaba su figura celestial. Me impactaba la belleza impoluta que emitía.
En una ocasión, ella cruzamos miradas. Yo le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Desde ese día, trae el cabello suelto.
—Señor Okada, tengo buenas noticias sobre la señorita Naomi Igarashi —dijo Inagawa cuando estábamos cenando en un restaurante ubicado en Omotesando.
—¿Cómo? —No pude seguir comiendo los espaguetis, casi me atraganté con la noticia. Me sequé la salsa de la comisura de los labios, con el pañuelo de al lado.
—Como usted acaba de escuchar. No puedo revelar la información de su ubicación en un sitio público. De hecho, tampoco puedo hacerlo privado. Pero puedo llevarlo, cuando guste, a verla.
—No sé si sea buena idea por ahora. —A decir verdad, me encontraba confundido.
—Tómese su tiempo, pero no tarde tanto. Naomi es una oportunidad que no debe dejar pasar.
—¿Y cuál es la situación de Naomi? El motivo de su desaparición.
—No es fácil de explicar. Es mejor que ella explique a usted su situación. Hay cosas que es mejor no saberlas por adelantado, ¿no cree señor Okada?
—Tanimura. ¿Sabes algo de él?
—La señorita Igarashi preguntó por él. No directamente, ya sabe, lo tenía en su pensamiento. El señor Yoshimoto necesita paz, señor Okada. No es correcto perturbar la paz de nuestros hermano, cuando su vida ha sido un caos desde el nacimiento. ¿Sabe? Hay personas afortunadas que nacen en sitios afortunados. Es como si esa «fortuna» los persiguiera desde el inicio de sus días. Pero esto no ocurre así con los que no son afortunados. Ellos, por el contrario, crean su propia fortuna.
—¿Qué diablos quieres decir con eso? —dije con una expresión de desconcierto.
—La fortuna existe para los bienaventurados, pero no para los que nacen en ciertas circunstancias. Sin embargo, puedes crearla. Igual que la suerte, puedes crear tu propia suerte. Son cuestiones que podemos hacer en la vida, sin necesidad de estar dependiendo del azar.
Invité a Kumiko a comer a un restaurante en Roppongi Hills. Ella accedió sin excusas. Incluso, me senté a comer con ella durante la hora de almuerzo.
—Es un sitio caro, ¿no te parece? —comentó mientras desenvolvía unas bolas de arroz que había hecho su madre para ella.
—No. Mi padre es dueño de una empresa y tengo todo lo que necesito.
—¿No has intentado ganar algo por tus propios medios? —preguntó sin verme, pues contaba las bolas.
—La verdad, no lo veo necesario.
—¿Y cómo puedes vivir, simplemente, sin hacer nada? —Me miró como si fuera un bicho raro—. Espero no mal entiendas mi pregunta.
—Si hago cosas, como ir en bicicleta de un lugar a otro, jugar con mi mejor amigo, estudiar y pensar en tonterías. Tengo una vida desahogada que me permite hacer viajes las veces que quiera. Estoy aquí, en la universidad, para sacar un título universitario y, aunque no lo ejerza, sentirme suficiente. Créeme que entiendo a lo que te refieres, pero también tengo aspiraciones y sueños como todo ser humano. No porque tenga dinero, es que olvide lo que soy.
Kumiko sonrió y tomó una bola de arroz. Me la ofreció.
—Ten, mamá las hace para mí, pero no tengo con quién compartirlas —explicó.
—¿Tus amigas no comen contigo? —Tomé la bola de arroz, olía muy bien.
—No. Son viejas compañeras de la secundaria, pero no son verdaderas amigas. Tengo pocas amistades. Me habrás visto muy conversadora, pero es nada más para der agradable a los demás.
—Una máscara, como el libro de Yukio Mishima, ¿eh?
—No tengo confesiones, pero puede decirse que sí —dijo y se rio con suavidad. Sus manos apretaban los bajos de la falda, como si fuera tímida—. Somos una caja de sorpresas.
La cena con la caja de sorpresas fue un éxito. No estaba ebria, pero yo sí. Le pedí que marcara el número de Inagawa. Era de noche y las luces de Tokio, a mi vista, eran borrosas y me daban náuseas. Kumiko lucía un vestido de encaje, n***o y precioso que iba a juego con su piel aterciopelada. Me tambaleaba, de un lado a otro, ella se reía de mis to tonterías.
—¡Dime, preciosa! Del uno al diez, ¿qué tan guapo soy? —preguntaba.
—Uno —contestó con rotundidad.
—¡Ah! Hieres mi corazón.
Ella se reía y esa risa me alegraba. Actuaba así para ella. En realidad, no estaban tan ebrio. Bueno, sí lo estaba. Pero mis sentidos me impelían a hacer payasadas para sacarle una sonrisa. Por extraño que pareciera, no tenía ganas de hacer el amor con ella, aunque al principio era la intención. Desde que nos sentamos a cenar, conversamos sobre nosotros mismos. Ella pasó por una situación similar de infidelidad, pero no desarrolló una adicción al sexo como me sucedió a mí. Por supuesto, tenía experiencia con varios hombres, lo cual es normal; pero eran pocos los hombres. En mi caso, yo no podía ni verme al espejo, porque me había acostado con muchas mujeres, casi llegaba a cien si hacía una lista. La mayoría eran mujeres casadas y con hijos.
Un profundo arrepentimiento me hizo decir: «No eres apropiado para Kumiko, ella es un ángel y tú eres un demonio». Además, estaba Naomi de por medio. Intentaba salir con una chica genial, que quizás más nunca volvería a conocer, y, a su vez, buscaba al amor prohibido de mi infancia. ¡Qué casos nos da la vida! Debía evitar un desastre. No me encontraba confundido, sabía a quién quería. Naomi era prioridad. Sin embargo, a Naomi no podía tocarla, no hablar, ni siquiera nos conocíamos. Kumiko era palpable y real, no un sueño. Primero debía intentar algo con Naomi antes de entregarme a Kumiko.
Al siguiente día de universidad, cuando tuvimos tiempo, hablamos en la hora de almuerzo. Estaba en la cafetería y hojeaba una revista superficial de moda. Ella entró, sonó el timbre que estaba sobre la puerta y me sonrió, nerviosa.
—Disculpa por embriagarme anoche —dije de inmediato, apenas de sentó.
—Mi padre también se emborracha, tranquilo —dijo cuando acomodó su bolso a un lado. Su voz era suave—. Habrá un concierto de One ok rock. ¿Te gustaría ir? Mis amigas querían que fuera con ellas, pero pensé primero en ti y me gustaría ir contigo.
—¿Una segunda cita?
—No te apresures, apenas nos conocemos para llamar «cita» a estas salidas, ¿no crees? —lo dijo con gesto incómodo.
—¡Disculpa! Soy tonto y pensé que eran citas. No me gustaría que te sintieras incómoda conmigo, la verdad —repuse.
—Tranquilo. Eres guapo y un buen partido, pero aún debo conocerte. No soy una chica tan fácil.
Pedimos café y unas tostadas para desarrollar la conversación. Recibí un mensaje de texto de Inagawa, era referente a Naomi. Dudé si abrirlo y leerlo allí mismo o esperar a terminar la conversación. Opté por la segunda opción.
—Entonces, solo has tenido una novia —dijo Kumiko.
—Me he acostado con cientos de mujeres después de ella. Pero era porque mi vida no tenía un rumbo. Era un barco que navegaba sin la guía de un faro. Después de una charla con mi mejor amigo, pude tener conciencia de mis actos. Así que rectifiqué.
—¿No te has acostado con alguna chica? Digo, recientemente.
—No.
—¿Qué quieres conmigo? Oye, no te ofendas, pero no quiero un patán en mi vida. Quiero dejar las cosas claras.
—Por ahora, amistad. No niego que eres hermosa, me llamas la atención. Sin embargo, quiero ir despacio.
—Anoche parecía que tratabas de emborracharme —insinuó.
—¡¿Cómo puedes pensar eso?! —mentí.
—Vamos, no hace falta ser tan experimentada para conocer las intenciones de un chico. ¿Enserio solo quieres amistad?
—Sí y, quizás, algo más.
—Tú también eres lindo y me llamas la atención. Vale, comenzaremos como amigos y dejaremos que la corriente fluya. —Extendió su mano sobre la mesa—. ¿Bien?
—Me agrada la idea.
En cuanto mis padres se durmieron, en el departamento, ya que esperé hasta la medianoche para revisar el mensaje de Inagawa, marqué su número.
—¿Qué sabes de Naomi?
—Señor Okada, es peligroso que pueda encontrarse con la señorita Igarashi. No es imposible, claro, pero es arriesgado. ¿Usted asume el riesgo de verla con las condiciones impuestas por mí?
—¿Qué clase de condiciones? —pregunté.
La sombra de la cortina reptaba por mi cuerpo. Miré la luz citadina, opacada por la tela, a través de la ventana.
—Usted será vendado, es la única forma de ver a la señorita Igarashi. Debe desconocer la ubicación de la señorita, por su seguridad y la mía. En segundo lugar, solo pueden conversar por una hora, nada menos que eso. Por último, no debes llevar ningún equipo electrónico. ¿De acuerdo?
—Acepto las condiciones.
Me pesaba el hecho de hablar una hora con ella. Quería tener más tiempo para saber lo que ocurría en su entorno.
—¿Cuándo podré verla? —pregunté.
—Dentro de dos meses, sea paciente.
—Está bien, Inagawa, gracias por todo —dije.
—Sepa escoger. La montaña es alta y su vista es hermosa, pero solo es una montaña entre miles. Un pozo es profundo, pero siempre tiene un fondo. Usted deberá escoger entre la montaña y el pozo.
—¿Montaña y el pozo? No entiendo tu metáfora.
—Lo entenderás muy pronto.
Inagawa no dejaba de ser un tipo peculiar.
La semana transcurrió con normalidad. No hubo sucesos impactantes. Una chica casi se ahoga en la piscina durante una clase de natación, solo eso puedo destacar. Los días se sucedían sin ningún atisbo de emoción. Hablaba con Kumiko, era divertido y me reía con ella, pero sentía el vacío por dentro. A pesar que la muchacha era agradable, y me gustaba, no completaba mi ser. De todas formas, no podía recluirme en un caparazón y rehuir de la sociedad. Era tarde en cierto modo, ya que había iniciado una senda con la ausencia de mi mejor amigo.
Me sorprende como pude olvidarme de él. No se me pasó por la cabeza que estaba desaparecido. Fui absorbido por la cotidianidad de Tokio. ¿Dónde estaba Tanimura? Era cierto que recibía postales, pero, luego de unos meses, no volví a saber más de sus postales. Aiko tampoco recibió postales de él. ¿Pasaría el año sin saber de él? Su departamento era limpiado por una mujer de cincuenta años. Tenía un trasero enorme. Mi cuerpo pedía a gritos que la devorara. Y así lo complací, tuve sexo con la señora que limpiaba el departamento de Tanimura. No sentí culpa alguna cuando descargué mi semen dentro de ella.
¿Qué diantres estará haciendo Tanimura? ¿Cómo recuperará el ingreso a la universidad? A veces me obstinaba y llamaba a Aiko. Hablábamos estupideces para llenar el vacío de lo único que nos conectaba: Tanimura Yoshimoto.
Ahora que lo recuerdo mejor, Aiko fue una buena compañera durante la ausencia de Tanimura. De hecho, era una buena chica y tenía los gustos de Tanimura. No me sorprendía que congeniaran tanto. Hablar con Aiko, era como hablar con Tanimura cuando tenía doce años. Me trajo gratos recuerdos de un amigo que no sabía si iba a volver a verlo.
Hablé con Inagawa al respecto, pero no me ofrecía respuesta. «Sea paciente», me contestaba y silbaba el que tu reinado… Me hartaba escuchar el himno nacional en ese contexto.
—¿Estás bien? —preguntó Kumiko.
Estábamos en una cafetería, cerca de la estación de Shinjuku. Habíamos quedado a leer una tragedia griega, pero no tenía cabeza para la lectura. No mientras Tanimura siguiera desaparecido y el vacío estuviera allí, intacto y vivo.
—Mi mejor amigo lleva meses sin aparecer. —Cerré el libro—. Se supone que iba a comenzar la universidad conmigo, pero no fue así. Desde el día en que su madre se suicidó, no volví a saber de él. Ni su novia ni yo sabemos algo de él. Últimamente recibimos unas postales, pero no tenían dirección ni remitente, solo pequeños mensajes que, en realidad, era una palabra.
—Quizás necesita paz. No es fácil superar el s******o de un pariente tan cercano. Lo que sí no deberías permitir, es que te afecte. El peso de su tragedia no es tuyo. Desapareció, bien, te afecta su ausencia, pero no su motivo de desaparecer. Pronto se te pasará y, en el momento oportuno, aparecerá tu amigo. Ya verás, estas cosas pasan como tienes una idea.
—¿Te ha pasado?
—Con mis gatos. Ya sabes, ellos son amantes de la libertad. Un día están aquí y al otro los ves con los vecinos. Siempre regresan cuando ya no les dan comida, es como si fuéramos su última opción. Aunque sea feo escucharlo así, nosotros, como sus verdaderos dueños, no cerramos nuestros corazones a ellos. Su peregrinaje ha terminado y deben descansar en su verdadero hogar. Así es la situación de tu mejor amigo. Los dejó a ustedes dos para estar en paz, ya que él necesita configurar su interior y arreglar lo que se ha roto. Al final de su viaje, regresará a ustedes; regresará a sus corazones.
Kumiko cuando sabía hablar, daba en el clavo.
—Continúa tu vida —siguió Kumiko—. Él vendrá pronto.
—Tengo miedo de que algo malo le ocurra.
—Nada malo pasará, tranquilo.
Su voz calmaba mi ansiedad.
—¿Quiere ir al cine? Ya no tengo muchas ganas de leer —pregunté y miré la taza de café.
—Yo tengo ganas leer y tú tienes ganas de ir al cine. Tenemos un problema, ¿cómo lo solucionamos?
—Haciendo algo diferente; algo que no queramos —propuse.
—¿Como qué?
Fuimos a la piscina privada. Kumiko era buena nadadora. Antes, compré unos traje de baños para ambos, ya que fue improvisado.
No niego que el cuerpo curvo de Kumiko, incitó mis hormonas a provocarme una erección en medio de la piscina. En una ocasión, Kumiko me rozó y mi pene, erecto, encajó en la línea de su trasero. Como era grande, unos dieciséis centímetros, más o menos abrió paso entre sus nalgas ajustadas por el traje de baño. No sé si fueron imaginaciones mías, pero vi como se mordió el labio inferior. Ella hizo presión por unos segundos, antes de voltearse y disculparse, sonrojada. Por mi parte, respondí con una sonrisa nerviosa, no quería arruinar nuestra amistad, pero había algo en esa amistad; un algo que nos traería beneficios a futuro.
Salimos de la piscina, vestidos con la indumentaria de verano. Yo tenía una camisa blanca, ligera; calzaba unos zapatos casuales Adidas; un pantalón deportivo y una gorra negra sin estampado. Kumiko lucía una playera celeste que combinaba con su falda amarilla. Las botas eran blancas, lo cual daba un llamativo aspecto a su sonrisa y personalidad. Recordé, por instantes, la foto que padre me había mostrado del amor de su vida en la universidad.
—¿Qué hacemos? —pregunté cuando estuve a su lado.
Nos dedicamos a caminar en Minato, sin rumbo, mientras hablábamos.
—Caminemos y charlemos, algo se nos ocurrirá —dijo y encogió los hombros.
—Oye, disculpa el accidente de la piscina.
—¡Oh! No hay problema, por eso. Son cosas que pasan, ¿no? Confío en que no lo malinterpretes.
—¡Claro qué no! Te respeto como mi amiga —dije antes de que se lo tomara mal.
—Eso espero. —Sonrió y se ruborizó un poco—. Oye, Okada.
—¿Ah?
—¿No te parece extraño que el mundo se mueva mientras cargamos con nuestros pesares? Es inevitable que suceda y no hay que darle tanta vuelta al asunto. Pero no deja de ser extraño. Esto es fácil para algunas personas, pero no para todas. A veces te dicen que el mundo nunca se deja de mover, como si fuera fácil de comprender. En efecto, siempre estará en movimiento, pero tu mundo ¿lo está?
—Quizás no está del todo en movimiento. El mundo de los seres humanos es distinto y necesita de una acción para moverse. A veces requiere de una persona que le de cuerda y haga que su mecanismo funcione.
Evoqué las conversaciones con Tanimura, sentí nostalgia y miré, por escasos segundos, el cielo despejado.
—Concuerdo contigo. Quizás los mundos de los seres humanos necesite accionarse más seguido, como este mundo que se mantiene imperturbable.
—Hay muchos quizás esta vida, ¿no crees? —comenté con una sonrisa.
—Quizás, ja, ja, ja.
—Ojalá mi mejor amigo esté bien y su mundo pueda dar vueltas otra vez. Creo que debe estar sin girar, en dónde quiera que esté. Mientras caminamos, hablamos y vemos la vida proseguir, alguien en un rincón del planeta, está sufriendo en silencio.
—Vivimos con ello, Okada. No es fácil aceptarlo como un principio universal, pero luego te acostumbras. Las guerras nacieron para traer paz al mundo. Y las mentes se hicieron con la finalidad de dar un sentido a la realidad de cada vista.
—¿De dónde aprendiste hablar así? —pregunté con sorpresa.
—Leía mucho cuando era pequeña. Mi abuelo, de Hiroshima, me traía una docena de libros cada vez que nos visitaba. Así construí, junto a mi padre, una pequeña biblioteca. Era mi rincón especial, me sentaba a leer cada cuento y novela cuando tenía tiempo libre. Por eso me enamoré de la literatura universal, gracias a mi abuelito.
—¿Está con vida, tu abuelo?
—¡Claro! Es más fuerte que un roble. Sigue trabajando en la biblioteca de Hiroshima. Es un anciano con una labia extensa. Oye, Okada, disculpa pero podemos ir al parque de Ueno. ¿Te apetece?
Quizás, Tanimura, debí ayudarte… Debí dar cuerda a tu mundo cuando más lo necesitabas.