La voz de Takahiro (3)

3504 Palabras
Me dedicaba a vagar sin rumbo, como un barco a la deriva en el océano, entre los susurros e identidades fugaces. Los embates de la fluencia de seres humanos, impelían el movimiento monótono de mis pies. Arrastrándome en la arena de aquel desierto, veía el sol de mis días apagarse. El cielo, azulado y oscuro, despedía, en la zona inferior delimitada por una duna, una luz cenicienta. A medida que la manecilla del reloj cumplía su ciclo, la sombras se alargaban. Estaba atrapado entre dos mundos: Tokio, la realidad, y el desierto, mi alma. Así pues, las sombras lamían el suelo tokiota y, a su vez, abordaban la esencia de mi ser. Sofocado, por el piélago social, intentaba respirar. ¿Qué oprimía mi pecho e impedía el funcionamiento de mis pulmones? Las emociones reprimidas. —¿Qué hacías, a las dos de la madrugada, en Aoyama? —preguntó padre. Inagawa me recogió cuando estaba borracho y acostado en un contenedor de basura. Había ido a parar, con la rabia contenida, a un local de poca monta. Servían ramen y otras estupideces que no recuerdo. Todo era malo, la comida, el sake, la atención, las sillas… Pero nada de eso afectaba la intención de emborracharme. Quería perder la consciencia con los vapores del alcohol. Tanimura no estaba para mí y Azami era una verdadera perra. No obstante, yo quería a Azami, no por su desenfrenado deseo s****l, sino por su personalidad. Cerré los ojos, avergonzado. No sabía que decir, la lengua la tenía dormida. «Padre, mi exnovia es una perra de verdad. Fui a su departamento, abrí la puerta sin su permiso, me colé en la sala y cinco hombres se masturbaban alrededor de ella, en su alcoba. Dos habían eyaculado sobre su rostro. Eran siete sujetos en total, dado a los dos que reposaban su m*****o agotado. Por esa imagen dantesca que presencié y guardo en la galería de mi memoria, preferí emborracharme hasta perder la consciencia». Hubiera dicho lo que había pensado. —Inagawa, ¿qué tiene el muchacho? —preguntó, circunspecto, padre. —Está borracho, señor —contestó Inagawa. Como si fuera un tribunal donde me estuvieran juzgando, padre estaba sentado frente a mí con las piernas cruzadas. A su lado estaba Inagawa, como todo buen siervo. Madre dormía, a ella no le importaba si me arrollaba un camión por la autopista. Padre acarició el bigote, que era parecido al de Sōseki Natsume, y me miró. No sabría decir que percibí aquella noche en su pozos de café. —¿Puedes hablar, Takahiro? —preguntó con voz grave. —No —logré decir, con esfuerzo. El entorno daba vueltas, como si me balanceara en un columpio de 360 grados. Llevé una mano a la cabeza, estaba sudando. —Calor —balbuceé. —Enciende el aire acondicionado —ordenó padre a Inagawa—. Ibas a ver a una muchacha a su departamento, me contó Inagawa. —Sí. Cada letra me ardía, contuve las náuseas. Por instinto, llevé una mano al estómago. —Trae un balde, Inagawa —ordenó padre. Cuando Inagawa se marchó, él se levantó y se sentó en el apoya brazo del sofá. Su mano, pesada, la sentí en mi hombro—. Tenía tu edad cuando me ocurrió algo similar. Por supuesto, no sé que te pasó, pero supongo que es un mal de amor. El estado en el que estás, es típico de los enfermos de amor. —Inagawa trajo el balde y lo colocó entre mis pies—. En la época del instituto, disfruté de varias mujeres hermosas. Ninguna era fea. Entonces creí que no me iba a enamorar nunca. Solo eran polvos ocasionales. No obstante, me enamoré perdidamente de una chica. Inagawa, trae la caja de cigarros, Takahiro necesita una. »Ella era verano e invierno. Sus palabras podían calentarte, pero su comportamiento era equivalente al hielo de Finlandia. —Inagawa trajo el paquete de cigarrillos. Padre posó uno en mis labios. Yo fumaba a escondidas de él, pero, al parecer, ya lo sabía. Encendió el pitillo con parsimonia, lo mismo hizo con el suyo. La primera calada, adormeció la herida de mi corazón—. Duré cuatro intensos años con ella. No fue fácil tratarla. Era una maestra en el sexo, yo era un chico dócil. Congeniábamos en gustos. Cuando hablábamos, las horas dejaban de existir. Incluso me olvidé de mis responsabilidades como estudiante. Iniciamos la universidad, juntos. Había comprado una cámara fotográfica, adoraba hacer fotografías de retrato cuando los rayos del sol atravesaban su cabello. Sonreía, en la instantánea, y esa sonrisa reemplazaba el frío de la soledad. Inagawa, trae la caja que está en el cajón oculto del armario. —Como un buen siervo, acudió a buscar la caja—. ¿Cómo te sientes? —Mal —respondí, moviendo la cabeza de lado a lado. —No hagas eso. —Inmovilizó el movimiento de mi cabeza—. Te vas a beber una jarra de agua, entera. —Esta bien. —¿Tienes náuseas? —Sí. —No contengas las náuseas, allí tienes el balde. —Aquí tiene la caja, señor Okada —dijo Inagawa. La caja de zapatos, marca Puma, de padre. Creía que era una caja con lujos y detalles, algo propio de su postura como dueño de una empresa. Me sorprendió que no fuera así. Recuperé el movimiento, pero no del todo, pues me costó acomodarme en el sofá. Padre retiró la cubierta de la caja. Dentro habían cientos de fotografías, cientos de momentos capturados en un papel. Hurgó en la profundidad de las imágenes. Luego de unos minutos, dio con la fotografía. Me la mostró. La chica era hermosa, en absoluto. Su dentadura era perfecta; el cabello llegaba hasta su cintura; el rostro era perfilado, como tallado por los ángeles; sus orejas eran pequeñas y delicadas; la nariz era acorde con su rostro, ni tan grande ni tan pequeña. Lucía un kimono blanco con estampado de flores rojas. Miraba hacía la cámara con una sonrisa, pero era una verdadera sonrisa de felicidad. Si te quedabas viendo la fotografía, cobraba vida y escuchabas su risa. Los rayos del sol atravesaban las hojas del sauce donde estaba ubicada la fotografía. De manera que alrededor de su figura, un esplendor dorado resaltaba el estío del pergamino de su rostro. —Era ella. Cuando miré a padre, sus ojos expresaban una profunda tristeza. Jamás lo había visto tan afligido y abatido. Su cara pareció envejecer cuando vio la juventud permanente de la muchacha. —La amaba —susurró. —¿Qué ocurrió? —pregunté con la intriga a tope. Guardó la fotografía como si fuera el objeto más valioso de su vida. Dudó si cerrar la caja o ver algunas fotografías. Al final, puso la cubierta encima. El pasado quedó encerrado en una caja de zapatos Puma; El pasado quedó en el rincón de la gaveta del armario de padre. —Se suicidó cuando íbamos a cumplir el quinto año de noviazgo. De hecho, era el año en que compré el anillo de matrimonio. ¿No te parece insólito? Ella sonreía, sacaba excelentes calificaciones en la universidad de Tokio, su futuro estaba asegurado conmigo, nuestra relación boyaba, casi no discutíamos. Además, vivíamos juntos en una casa ubicada en Akasaka. Sus padres consentían y bendecían nuestra relación. ¿Por qué tuvo que lanzarse de un edificio y dejar que su cuerpo estallara contra el pavimento? No dejó una carta, ni siquiera se despidió. Amanecí con su ausencia; amanecí con la noticia de su muerte. Dio una calada a su cigarrillo, que se había consumido primero que el mío. Tiró la colilla en el cenicero. Miró el techo por unos segundos, luego me observó. —Moriré con la duda —dijo—. Quisiera preguntarle el por qué. —Todos necesitamos respuestas para vivir con plenitud. Sin embargo, es mejor convivir con la ignorancia —dije porque recordé un texto que Tanimura me había leído sobre filosofía. En la azotea del instituto, Azami me esperaba. Con el dolor oprimido, resaca y una fuerte jaqueca, me reuní con ella. El sol refulgía, el cielo estaba despejado y el bullicio de la ciudad era el habitual ruido de fondo. La herida se agrandó cuando me percaté que en su semblante no había resignación a su acto. Al contrario, parecía más bella que antes. —Te vi anoche, pero en ese momento no era yo —dijo al verme—. Entiendo si quieres que me aleje de ti vida. No puedo cambiar lo que soy, una perra. Anoche recibí un baño de semen, completo y entero, de varios estudiantes de un curso superior. De hecho, algunos son compañeros de clases nuestros. Desde el primer año de nuestra relación, te soy infiel. Confieso que no sentí, y no siento, culpa. Tampoco pensé que te haría daño o causaría consecuencias inesperadas en tu vida personal. —Eres un monstruo —dije con el odio en la garganta. —Lo soy —dijo y sonrió. Bofeteé su rostro con fuerza animal. Ella se inclinó, con la mano en la mejilla, escupió sangre en el suelo. Duró un rato así, las lágrimas afloraron en sus ojos. Mi mano temblaba de ira. —No te pediré perdón. Si quieres golpearme, hazlo, me lo merezco. Si no fuera por el consejo de Inagawa, la noche anterior, hubiera fulminado la cara de Azami. —Eres cruel para decirme todo esto. ¡Nunca me quisiste! —reproché. —Sí te quise, Takahiro. —Seguía inclinada—. Incluso, te quiero todavía. Pero no soy lo que mereces en tu vida. Te haré daño, vas a sufrir más de lo que esperas si aceptas a esta máquina s****l. —¡¿Cómo puedes decirme tal estupidez!? —Me acerqué y la agarré por los hombros. Su labio partido me lastimó verlo, aquella belleza estaba arruinada. La zarandeé y sus lágrimas saltaron. Sus manos estaban a la altura del pecho y su expresión se bifurcaba por el miedo y la tristeza—. ¡Ya no quiero tener nada contigo! —La empujé. Azami cayó al suelo. Escupí su cuerpo—. Te odio —dijo con la voz quebrada. ¡Te odio! —desgañité. Escapé de la hora de clases. Monté la bicicleta y partí hacia Shinjuku. Creí que estaba solo, pero a la zaga me seguía Tanimura. Me di cuenta cuando estacioné en el Parque Central de Shinjuku. Él tiró la bicicleta a un lado, corrió hacia mí y me abrazó. —Llora, hermano —dijo. La gente nos mirada, pero al llorar, me dejaron de importar sus curiosas ojeadas. Tanimuro durmió en el sofá. Jugamos Pokémon durante un largo rato. Las batallas eran complejas, de modo que podía distraerme. Vimos dos películas antes de dormir. Cuando amaneció, viajamos en bicicleta hacia el instituto. A pesar de carecer de emociones, Tanimura era un volcán activo por dentro. En las clases era inevitable encontrarme con Azami. Al principio me costaba verla. La herida ardía y había veces que partía el lápiz cuando recordaba su acto indebido. Tanimura estaba allí para calmarme, pero al finalizar las clases, se iba con Aiko hacia algún lugar. Me dejaba solo, con mi dolor. Pensé que no podía suponer una carga para él. De este modo transcurrieron los días, los meses y luego llegó el año nuevo. Azami se mudó de prefectura y no la volví a ver nunca más, dado que falleció de una enfermedad venérea cuando cumplió veinte años. Me envió una larga carta, cuando habían pasado seis meses de nuestra separación, en donde suplicaba por un perdón. No se lo ofrecí y tampoco contesté. ¿Debía sentirme culpable? Murió sin mi perdón y mi padre morirá sin la respuesta, así es la vida. A veces, durante los primeros días del año nuevo, traté de pensar en las cosas que me gustaba de Azami. Por mucho que lo intentara, era borroso e incierto. ¿Le gustaba el curry? ¿Caminaba de tal forma? ¿Su perfume favorito era Christian Dior? Me enteré que, entonces, no la quería lo suficiente para albergar un recuerdo duradero de ella. Padre no había olvidado al amor de su vida. En cambio, yo había olvidado hasta la manera de vestir de Azami en cuestión de meses. Quizás el odio contribuyó al olvido, dado que el amor y el odio son hermanos, por no decir que son una misma entidad. Se acercaba mi cumpleaños número diecisiete. Los exámenes de ingreso de la universidad alteraba mi paz. Tanimura era mi compañero de estudio, ejercitábamos el cerebro hasta tener la suficiente fatiga mental para dormir y soñar con libros interminables. —¿Cuántas páginas faltan? —pregunté con el fastidio en la voz. Estábamos en mi habitación. Tanimura leía en el suelo, acostado en un futón. Yo leía en la cama. —Como ciento y algo… ¡Ya ni sé! —Lanzó el libro a un lado—. Deberíamos despejar la mente. —¿Cómo la despejamos? —pregunté con la ceja enarcada. —No tengo idea… Me gustaría visitar Aiko… Oye, Taka, ¿tienes planes con otra chica? Salía con una chica, no muy especial, solo para satisfacer la libido. No teníamos nada serio y tampoco estábamos de acuerdo en comprometernos. Al principio era difícil tener relaciones sexuales con ella, ya que recordaba a Azami. Después de irla olvidando, mi pene había carecido de emociones y se guiaba por la animalidad que lo caracteriza —No quedé con Kaede, si a eso te refieres —dije, enturbiado por la cantidad de textos que habíamos digerido. —Aiko conoce una chica que está soltera. De hecho, también es mi amiga. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. —¿Por qué nunca me hablaste de ella? —pregunté, anonadado por la revelación. —Naomi, así se llama, no era relevante. Además, solo nos hablábamos para cuestiones académicas, del resto, no puedo decir que sea una amistad tan sólida como la de Aiko y ella. Sin embargo, puesto que salgo con Aiko, hay veces que Naomi viene con nosotros. —¿A ella no le importa estar como un agregado demás en sus salidas? —No, pues prefiere salir con nosotros, porque su hermana, Harumi, está muy ocupada con el trabajo. También conoce un tipo que cae muy bien, se llama Sai… —Un momento —interrumpí—. ¿Por qué me cuentas todo esto? —Quizás te atraiga Naomi. —No me encuentro preparado para una cita doble. —¡Vamos! Inténtalo. —Dame un tiempo para que pueda suceder. Ese tiempo transcendió a un año. Realizamos las pruebas de ingreso de la universidad y debíamos esperar. Para mis dieciocho años, me inscribí en un gimnasio, nadaba en una piscina privada, escuchaba música muy seguido y follaba con Kaede. Pero esas relaciones sexuales aumentaron su asiduidad, debido que conocí mujeres en el gimnasio. Me acosté con nueve chicas en una semana. —¡Tienes un pene de oro! —exclamó Tanimura. El humor de mi amigo había mejorado, pues su relación con Aiko lo ayudó a saber vivir. Sin embargo, la madre de Tanimura estaba en condiciones deplorables y, debido a esto, redujo sus citas con Aiko. —Ni tanto, solo es hablar con ellas hasta que te das cuenta si están urgidas o no —respondí. Almorzábamos en un restaurante que visitamos en Kanda. Habíamos terminado de jugar en los salones recreativos de Akibahara. —¿Cómo puedes saber si están urgidas? —preguntó Tanimura. Me acosté con una señora de cuarenta años que tenía tres hijos. Era divorciada, tenía grandes senos, tantos que pude eyacular entre ellos. No era muy agraciada, pero su trasero era único. —Depende de la información que suministren, su expresión, su comportamiento. No es así como así, que te acercas a cualquiera y sabes que su cuerpo pide sexo a gritos —expliqué. El camarero trajo los espaguetis que pedimos y los vinos caros que pagamos. Comimos, bebimos y salimos a montar bicicleta. Jugamos Pokémon GO. Recorrimos varios barrios de Tokio. La última parada era el templo Meiji-jingu, en Harajuku. Secamos el sudor con una toalla. Bebí agua del termo. —Oye, Taka, ¿te sientes cómodo al copular como loco? —preguntó Tanimura, respondiendo un mensaje en el teléfono. —Si me siento cómodo o no, es algo que no puedo definir. Hago lo que hago porque así lo exige mi voluntad. El viento de mayo levantaba nuestras chaquetas. —Naomi es un buen partido para ti, según Aiko —comentó Takahiro. —Casi no he hablado con Aiko ni me conoce lo suficiente para saber si esa Naomi es un buen partido para mí o no —repliqué—. Además, tengo mujeres bajo mi control, sin compromiso. —Pero yo conozco a Naomi y te conozco a ti —refutó Tanimura—. Aunque Naomi no es una chica con quien follar todos los días. Es muy diferente al resto de mujeres que puedes conocer en Tokio. De hecho, es casi el estereotipo social de tokiota, pero con ciertas características. —¿Y esas características son? —No puedo decírtelas, tienes que descubrir esas características por ti mismo. —Tal vez nunca conozca a esa Naomi, me siento conforme con la vida s****l que llevo. La noche de ese día, copulé tres veces seguidas con Kaede. A la mañana siguiente desayuné y fui al gimnasio. Durante la tarde, me acosté con una oficinista de correo postales. Al caer la nueva noche, follé con una desconocida que ni el nombre nos dijimos. El decurso de los meses se volvió cansino durante una temporada en la que me encontré en un agujero. «¿Qué hago con mi vida?», pensé mientras nadaba. Cuando salí de la piscina, me miré en el espejo del baño. Mis músculos definidos estaban en reposo; el cabello caía sobre mis hombros; era delgado, pero había adquirido un buen porte. Fui hacia Omotesando, me adentré a un centro comercial para comprar un batido en un local. En la fila, esperaba mientras pensaba en el agujero que se había expandido en mis años de copulación. «¿Por qué tengo sexo desenfrenado? ¿Se debe a la herida del pasado que dejó Azami?». La ansiedad tomó posesión de mi cuerpo. Pagué el batido y me senté en una mesa cercana a una tienda de ropa. La gente caminaba de acá para allá. Imaginé las cientos de historias que tenían por contar; las miles de lágrimas por derrochar; y los sueños por cumplir. «¿Qué puedo contar sobre mi vida? ¿Tengo sueños?». No tenía ningún objeto, tampoco me proyectaba con una familia. «¿Cómo puedo vivir así?». Consideré la propuesta de Tanimura. «Salir con Naomi no sería una mala opción, pero no quiero resultar lastimado… ¿Podré soportar el ritmo de una vida s****l sin emociones?». —¿Has pensado en Naomi? —preguntó Tanimura. Lo ayudaba a limpiar el departamento, aunque para ello tenían servicio. No entendí porqué contribuí a la limpieza junto a su madre enferma. —Un poco. Creo que tus palabras están teniendo un efecto inconsciente en mí. —Eché la basura del baño en una bolsa plástica, negra, de gran tamaño. —¿No será que estás recapacitando sobre tus deseos sexuales premeditados? —¿Cómo puedes creer eso? —¿Con cuántas te acostaste ayer? —Ocho. —¡¿Qué?! No mentía. Distribuí el tiempo en acostarme con cada mujer. Mi alimentación era buena. Por tanto, mi pene aguantaba las rondas posibles. La costumbre contribuyó a que también me adaptara a la fricción de diferentes v*****s. —No es sorprendente —comenté. —Vaya. —Giró los ojos. —¡Tani! —llamó su madre desde la habitación. —Ya regreso… ¡Ah! Por favor, creo que recibiré una llamada de Aiko. Si es así y continúo ocupado, atiende. —No te preocupes. Lave los platos y limpié la mesa del comedor. Organizar el departamento me había distraído, no había espacio para pensar en el vacío de mi alma. Me senté en el sillón. La luz asomaba por la ventana y la sala quedaba iluminaba. Pensé en los ocho polvos de la víspera. «No sé quién soy cuando tengo sexo». El teléfono sonó, encima de la mesa frente al televisor. Miré por encima para comprobar si era Aiko, pero ver la fotografía de contacto, me pasmó. Yerto y nervioso, no podía creer quién era la chica que llamaba: Naomi. Pero no era su nombre lo que había alterado mi falsa paz, sino el recuerdo de aquella niña en el Tokio Skytree. Llevé las manos a mis cabellos, el teléfono sonaba y dudaba si debía atender o no. —¡¿Es Aiko?! —alzó la voz, Tanimura, desde la habitación de su madre. —¡Naomi! —Atiende la llamada. A chorros, empapé la ropa de sudor. Si contestaba, no había vuelta atrás. Naomi, había pasado tanto tiempo.
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