—¿Hermana? —pregunté, pero el eco me contestó.
El departamento estaba sumido en silencio, como si la humanidad se hubiera extinguido. La hora del reloj estaba congelada. Escapaban los rayos del sol, por los resquicios de las cortinas. Descendía el sol, causando un ocaso efervescente. Palpé las paredes, mis dedos recorrieron los oídos de los testigos yertos. ¿Las paredes escuchan? Oyen y son mudas.
—¿Harumi? —llamé.
La puerta estaba entreabierta. Empujé, lento, quizás estuviera durmiendo. Ella estaba allí, postrada con la boca abierta. Me acerqué con el miedo en la garganta. Con las rodillas en el suelo, tomé su brazo que colgaba de un lado de la cama, como un trapo en desuso.
—No puedo más, Naomi —susurró.
Su rostro estaba demacrado, había adelgazado y sus brazos parecían fideos. Estaba pálida como un grano de arroz en la nieve.
—Dime que todo fue una pesadilla… Dime que él está en la sala.
No supe qué responder. Bajé la cabeza.
—Aprobé el examen de ingreso —mascullé con los cabellos suspendidos en el vacío y la mirada en la caja de pastillas antidepresivas.
Harumi reunió, de su voluntad, fuerzas para abrazarme, pero se desmoronó. Lloraba, descontrolada, como si alguien la torturara. La abracé y hundí la cabeza en su hombro.
Cuando estaba en la secundaria, convivíamos con Sai. Era un hombre atento, amable y solícito con nuestras exigencias.
—Naomi-chan, ¿quieres comer un pastel de manzana? —Se acercó a mi oído—. Sakura lo horneó —susurró.
La cajera, como si hubiera escuchado, miró a Sai con los ojos entornados. Se sentó conmigo, esperábamos a Harumi. El día anterior, habíamos ido al festival de otoño. Recuerdo que usó una frase del escritor Sōseki Natsume, para expresar su cariño incondicional a mi hermana: «La luna es hermosa». Ella era fanática de Sōseki y captó su significado.
No había visto a hermana enamorada, nunca. Sé que traía hombres cada noche y tenía sexo con ellos. Era inevitable escuchar sus gemidos ahogados por la pared contigua a su habitación. Si viví traumada por ese hecho o debía reprochar su conducta, es algo que no sabría responder. Ella tenía un gran abismo por dentro. Cargaba con la responsabilidad de mantenerme y lidiaba con la presión de la tía. Además, las deudas no cesaban jamás.
Una vez, Harumi tenía un sobre con un millón de yenes. Ella me pidió que lo quemara. Repliqué muchas veces que no debíamos quemarlo. Al final, defenestró el efectivo. Suertudos fueron los transeúntes que pudieron enriquecerse con los billetes que flotaban como las hojas de un cerezo al caer.
—¡Yo escojo la película! —anunció Sai en el cine.
—Tiremos una moneda, ya que Naomi está con nosotros —recomendó hermana.
—Vale, me parece justo —accedió Sai.
Estábamos en la fila para comprar las entradas al cine. Elegí cara y Sai escogió la contraparte. Harumi lanzó la moneda, que dio cuatro vueltas en el aire. Cuando cayó en la palma de su mano, ganó Sai. No me molesté, más bien suspiré. Mi alivio era porque no me interesaba ninguna de las películas en la cartelera.
Toho Cinema en Nihonbashi eran nuestro preferido. Madre solía llevarnos cuando éramos niñas. Incluso, la jugada de la moneda para escoger una película, era sacado de ella. De manera que Harumi cada vez se parecía más a madre.
Los pilares del centro comercial, con carteles luminosos, me parecían estatuas que sostienen un gigante. Las máquinas de entradas, era fácil de usar. Sai pagó las tres entradas a la función y Harumi pagó las palomitas de maíz, barritas de chocolate y gaseosas. No recuerdo que película vimos, sé que era bastante aburrida para mí. Ambos enamorados estaban fascinados. En ocasiones, oía la succión de sus besos. No me incomodaba, me gustaba ver a mi hermana feliz.
—Tanimura es hermoso como el jardín —dijo Aiko, embobada.
Me quedé una noche en el departamento de Aiko. Sus padres no estaban. Antes de irse a un evento organizado por la empresa donde trabajaban, hablaron con Harumi para que yo pudiera dormir con Aiko. Sai y hermana tenían el departamento para ellos solos.
—¿Por qué te gusta ese tipo? Pareciera que tuviera un aura extraña alrededor. Hasta miedo me da —expliqué.
Sentadas, una frente a la otra, tomábamos té. La habitación de Aiko era rosa, con pósters de Hello Kitty y Pokémon por todos lados. Sin embargo, la organización de Aiko era extrema, todo era perfecto en su habitación. Desde la posición del más mínimo lápiz hasta el color de una inmisericorde taza. Procuraba que su habitación fuera la composición fotográfica imperturbable de una obsesiva compulsiva.
—Mueve la taza un poco… Eso… ¡Allí! Gracias. Ahora bien, debes conocer más a fondo a Tanimura.
No lo conocía a fondo, a duras penas teníamos trato. Su mirada inexpresiva me aterrorizaba. Creía que en cualquier momento iba a estrangularme.
—¿Cómo pretendes que conozca una lápida? El tipo es muy serio —repliqué—. ¿Cómo una chica con color pudo enamorarse de un ser tan gris?
—¡Ay! No me ofende que le digas lápida, pues, a veces, parece una. —Hizo su risita nerviosa de niña inocente—. Pero es una persona cariñosa conmigo. Me abraza muy seguido y me pide que no lo deje solo. ¿Puedes creerlo? Es hijo de unos empresarios multimillonarios de Minato. Tiene una vida desahogada, pero llora por temor a la soledad. El dinero no solventa las necesidades afectivas que tengamos. ¡No, no lo hace! —Negó con la cabeza y con el dedo índice levantado—. ¡Jum! —Cruzó los brazos—. Parece que te hace falta un hombre.
—¿Me ves cara de interesarme en alguien?
Aiko se acercó como una pantera, ágil, rápida, y me tomó las mejillas. En un acto reflejo, la empujé y me levanté con los ojos abiertos de par en par. Trató de besarme.
—No eres lesbiana, al menos —dijo Aiko para luego reírse de mi reacción.
—¡Pudiste preguntarlo! —espeté.
Soy bisexual en el presente. En el pasado reafirmaba mi heterosexualidad. Pero los tiempos cambian a uno. Además, en mi época universitaria experimenté con chicas.
—No vuelvas a hacer eso. —Me senté con las piernas cruzadas.
Nuestros pijamas estaban arrugados. El de Aiko tenía caritas de Hello Kitty y era rosa. Mi pijama era azul con patrón de lunares.
—Hay personas —dijo Aiko— que son una pintura en blanco y n***o. Supongamos que en ella existe un paisaje grisáceo, sin color que pueda transmitir vida, sino melancolía y tristeza. El sol es una bola blanca, nada más, como la bombilla de una lámpara de escritorio. En la tarde no hay siquiera una tonalidad que identifique el ocaso. A medida que cae la noche, la oscuridad toma posesión del paisaje y es engullida por las sombras del día. Las estrellas son puntos luminosos en el cielo, el único atisbo de luz. Entonces, cuando alguien con la sangre de color decide sacrificar una parte de ella para colorear el paisaje, da vida a todo lo que antes era una funesta visión de un paraíso sin color. ¿Comprendes, Naomi? Esos paisajes necesitan color.
—No entiendo lo de la sangre. ¿Qué tiene que ver eso con pintar el paisaje?
—Cuando queremos a una persona, sacrificamos una parte de nuestra vida, para otórgasela a ella. Bien puede ser nuestro tiempo, dinero o compañía. Pero siempre damos algo a cambio para colorear sus paisajes. He allí la metáfora de la sangre con color.
—¿De dónde diablos aprendiste a hablar así? —pregunté, atónita.
—Tanimura y yo hablamos así cuando estamos aburridos. ¡No puedes esperar que todo sea relaciones sexuales y salidas! —Rio, nerviosa y aguda, con la mano en la boca.
Desde aquella conversación, supe que Sai había llegado a la vida de Harumi para colorear su paisaje sin color.
Sentada en la mesa de la sala de estar, Harumi acariciaba al gato. La luz del alba iluminaba la mitad de su rostro. Estaba distante de la realidad. Traté de animarla, pero fue en vano. Yo tampoco estaba de ánimos, así que me ocupé de organizar la cocina, sacar la basura, cambiar la arena de la caja del gato y cambiar los cubrecamas. Harumi no se movió de sitio, ni cuando el gato se bajó del regazo. Ausente, miraba a un punto invisible en la pared. Me acerqué a ella, la levanté y la acosté en la cama.
—¿Tienes ganas de orinar? —pregunté, sentada en el borde de la cama. Posé, en el pecho izquierdo de hermana, la mano. La frecuencia cardíaca era lenta.
Hermana negó con la cabeza.
—¿Quieres hablar conmigo?
—Naomi, ¿crees qué esté bien? —susurró.
Responder a esa pregunta, era alimentar las ilusiones de hermana.
—¿Qué hizo para merecerlo? —pregunté.
Sai había sido secuestrado el mes pasado. Desconocíamos su paradero.
—Fue ella, Naomi… La tía…
Fruncí el entrecejo.
—¿Por qué dices eso?
—Ella juró acabar con mi vida para tenerte. —Me miró, preocupada—. Desapareció a Sai.
—Pero, ¿cómo? La tía Igarashi es una empresaria común y corriente. —En ese entonces, no sabía que pertenecía a la yakuza.
—Ella m*****o de la yakuza, tú eres ignorante de lo que sucedes. Pero ella quiere tenerte para usarte. A mí me quería para ejecutar sus planes de extorsión en Minato. ¿Cómo crees que llegó tan lejos? Ella inició como una simple prostituta, ahora mírala… Es la zorra de Minato.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? ¡Pudiste habérmelo dicho!
—Eso no iba a cambiar nada, Naomi.
—¡No te puedes rendir contra esa maldita bruja! —Mis lágrimas salían a borbotones.
—Arrebató el color de mi vida, Naomi. Me cuesta respirar en esta tierra. Sai era el único hombre del que me enamoré.
—¡Pero estoy yo!
—Hoy estás, pero debes hacer tu vida. Yo no quiero vivir con otro hombre que no sea Sai. —Comenzó a llorar—. Moriré por su ausencia, él era todo para mí…
—¡Hermana, sé fuerte, nadie muere por desamor! —Tomé su mano—. Vas a comer y saldremos al parque.
—No quiero...
—¡Lo harás!
Su mirada cristalina me aterró, era como si su alma quisiera salir de su cuerpo. Harumi en verdad quería morir y estaba dispuesta a esperar el fin. Me negué a ver como mi hermana se consumía.
Sai, todos los días, traía un regalo para Harumi. Comencé a hacer lo mismo. Traía dulces, flores, perfumes, medias, bragas y otros objetos. A los quince había empezado a trabajar con en la cafetería del señor Kawasaki. Sai fue mi maestro junto a Harumi. Ambos me enseñaron a preparar café, como hacer las figuras en la espuma, los secretos para hacer buenos pasteles y cupcakes, entre otras cosas más. Con todo esto, había ahorrado un poco de dinero. Dilapidé mis ahorros por intentar recuperar a mi hermana de la muerte.
Aiko, durante el segundo mes de la desaparición de Sai, me llamó varias veces. No atendía a su llamada, aunque llamaba casi siete veces al día. Demasiada insistencia desembocó en que bloqueara sus llamadas. Harumi comía poco y era más delgada y pálida cada día que pasaba.
Estaba obstinada, trabajaba sin ganas de atender al público. Un día se me cayó una taza de café y el cliente bramó un insulto. Yo respondí con otro insulto. Kawasaki me sancionó durante una semana entera. No me importaba su sanación, no me importaba las llamadas de Aiko, no me importaba Tokio y su gente, mis ojos, atención y emociones estaban destinadas a hermana.
Por las noches leía un cuento de Akutagawa. Hermana parecía reírse con el cuento de La nariz. Sin embargo, era una risa carente de felicidad. No me rendí por mucho que mis esfuerzos resultaran en vano. Hermana comía como una tortuga. A veces tenía que darle la comida. Lloraba todas las noches, a moco tendido. Gritaba el nombre de Sai cuando tenía pesadillas. A partir de cierta noche, tuve que dormir con ella, necesitaba vigilarla. Su respiración en mis pechos adolescentes, era caliente. Me cercioraba que su pulso fuera el habitual y no hubiera alteración.
—Oye Sai, vayamos a Akibahara —sugirió Harumi.
Había cumplido quince años. Apenas tenía una semana en el trabajo. Kawasaki nos dio el día libre, ya que necesitaba remodelar la cafetería.
Sai tenía una pelota de béisbol en su mano. Disfrutábamos de un grato día de asueto en el parque de Shinjuku goyen. Aiko había salido con Tanimura y me quedó pasar el tiempo con mi hermana y su novio.
—No sería mala idea —dijo Sai y me lanzó la pelota—. Buena atrapada, Naomi-chan.
Tomamos el metro y nos dirigimos a Akibahara. Una vez que llegamos a los salones recreativos, nos divertimos con los diferentes sitios de entretenimiento. Salimos en la noche. La calle estaba animada a las siete. Las luces de los edificios, aquí y allá, se parecían a las estrellas. A veces trazaban constelación. Oficinistas, grupos de adolescentes, padres, colectivos urbanos, músicos, todo podías encontrarlo en las calles cercanas a Akihabara. Los carteles publicitarios ofrecían una gala de colores amplia. Alternaban los colores y el amplio abanico se extendía por toda la calle.
Harumi aferraba a Sai como si no existiera un mañana; como si un día se pudiera ir. Un beso se dieron frente una pantalla publicitaria. La luz los cubría a ambos, yo admiré la escena. Los rostros desconocidos pululaban, ignorándolos. Una muestra de afecta en medio de la sociedad nipona. ¿Enserio somos máquinas sin emociones para el mundo? No todos los japoneses somos como tienden a decir. Podemos ser reservados, pero también podemos ser expresivos.
—¡Qué romántico! Si Tanimura fuera más abierto en las muestras de afecto…
—Cada quien es distinto. Si él no quiere, no lo obligues.
Aiko y yo almorzábamos en la cafetería. Me había ido a visitar durante la hora de descanso.
—¿Ya comenzaste a prepararte para los exámenes de ingreso? —preguntó Aiko.
—Con el trabajo, es difícil concentrarse. Llego tarde a cada y es complicado poder estudiar con el cansancio encima.
—Deberías organizarte un poco más.
Me senté frente a Harumi y leí un cuento de Kenji Miyasawa. Se durmió cuando iba a mitad del cuento. Me levanté, caminé hacia la sala. Abrí la puerta del balcón y me senté. Las nubes flotaban como si fuera un sueño.
Antes, Harumi y Sai veían las constelaciones. Hablaban del universo y la vida que existía allende de las galaxias. Harumi recostaba su mejilla en el hombro de Sai. Yo los veía desde la sala.
¿Qué ocurrió para que Sai fuera secuestrado? Deseaba que Harumi se levantara y me explicara. Recuerdo que la tía Igarashi fue a visitarnos. Su rostro altivo y pálido, como el de una bruja, me cautivó. Ella me atrapaba de una manera u otra, porque era como observar un ángel en el infierno. Me saludó con una risa fría, pero el brillo de su mirada delataba sus verdaderas intenciones. Harumi salió de la cocina con Sai, su sonrisa se esfumó cuando vio a la tía Igarashi en medio de la cafetería. No habían tantos clientes, estábamos a punto de cerrar y eran las siete y cuarenta de la noche.
—¿Cómo estás, Harumi? —preguntó la tía con sus manos al frente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó hermana, con voz firme. Dio un paso al frente de Sai.
—Quería visitarte y preguntarte si recibiste el regalo —dijo con una sonrisa falsa. Sus gafas de sol conferían un aspecto lúgubre a su semblante.
—No acepto nada que provenga de ti —replicó hermana.
—Mi intención es ayudarte, ¿por qué tanta negación a la ayuda de la familia?
—Cualquier cosa que venga de ti, está maldecida. No esperes que acepte cualquier ayuda tuya. Estamos bien, vivimos bien. Por favor, tía Igarashi, puedes irte. Debemos cerrar el local y el señor Kawasaki es estricto con las visitas.
—No vine a visitarte, solo a verte —Detecté la manipulación en su lengua—. Deseaba saber cómo estaba mi sobrina favorita. Además, Naomi también es mi sobrina preferida, ya sabes cuanto. —Me dirigió una mirada cargada de malicia.
—Está bien, tía Igarashi. Agradezco tu preocupación. ¿Puedes retirarte? —insistió hermana.
—Veo que el chico que está a tu lado, es tu pareja, ¿no? —dijo y alzó el mentón.
—Estamos saliendo, no somos novios —se adelantó Sai con rostro circunspecto.
—Ya veo. Hay personas que me informan que estás viviendo con Harumi, ¿correcto?
Desde aquella pregunta, Sai desapareció a la mañana siguiente.
—Hermana, tienes que comer —motivé a Harumi que jugueteaba con los fideos.
—No quiero… Perdí el sentido del gusto.
—Vamos, no puedes perderlo así como así.
Sentadas en la mesa, era el tercer mes en el que Harumi no se recuperaba de la inopinada desaparición de Sai.
—Naomi, me alegra tanto que pudieras ingresar a la universidad —me dijo con una sonrisa maternal, era la primera vez que sonreía desde la ausencia de Sai—. ¿Sabes? Ya podrás hacer tu vida.
—No, no puedo sola. Te necesito, aún.
—Claro que no me necesitas para continuar tu vida.
—Yo no dije eso, hermana.
—Fue lo que escuché y quise escuchar —dijo Harumi sin esfumar la sonrisa otoñal—. Por favor, acuéstame.
Dejé caer su cuerpo con total suavidad, como si fuera una rosa. Leí un capitulo de una novela de Kenzaburō Ōe y ella se quedó dormida. Las pastillas hacían efecto en su organismo.
Nunca sabré cómo hermana falleció esa noche. A la mañana siguiente, me levanté y vi que no tenía pulso. No parecía haber sufrido ni agonizado. De hecho, parecía como si siguiera durmiendo… solo que no volvería a despertar, ni comer, ni hablar, ni cuidarme… Hermana había muerto.