Doble s******o, Tanimura y Aiko

3098 Palabras
Hicimos mucho por reconstruir una relación e invertimos poco en arreglarnos. El desenlace de la trágica comedia que desarrollamos, conllevó a un motivo para desaparecer de esta tierra. Siempre estuve sola, desde niña. Mis padres me complacían en todo, tuve suerte de nacer con unos buenos padres. Sin embargo, nada de sus intentos por hacerme feliz, funcionaban. La culpable, sencillamente, era yo. Escribo en tiempo pasado porque dejaré este plano para vivir sin dolor. Seré un pasado en la vida de mis allegados. Para Tanimura también lo seré. ¿Será capaz de morir a mi lado? A veces carece de convicción y sus ojos delatan el deseo contrario. ¿Qué lo motiva a seguir aquí? No lo voy a entender, pero si el no alcanza la paz perpetua, pues yo sí lo haré. A ojos vista de la sociedad, aparentamos ser una pareja perfecta. Todo se vino abajo cuando él fue infiel con la secretaria de la empresa. Desde ese entonces, nada volvió a hacer igual. Mi mente estaba trastornada, el estrés me consumía, las visiones de un fantasma devoraban mi cordura y el corazón se pudría con cada latido envenenado de mis fantasías paranoicas. Por más que trataba de vislumbrar un futuro, no existía una visión positiva de ambos. Ya él había transgredido mi santuario, no había vuelta atrás para reparar el daño. Con la soledad de la infancia, marcada por una constante insatisfacción por la rutina que llevaba, se enlazó con la traición de Tanimura. Él podía dormir conmigo, pero sabía que estaba sola y nada podía cambiar ese hecho. Nací para estar sola y sufrir las penurias de un ser que no me pertenece y creí estar enamorada. ¿Quiero a Tanimura Yoshimoto? Sí, lo quiero mucho. De hecho, lo amo con cada respiro que doy. Esta entrega incondicional de mi amor, fue burlada por él. Por otro lado, me vengué de su golpe, acto que ocasionó una mayor ruptura entre ambos. Asimismo me encontraba en una encrucijada, mancillada y torturada por el agravio causado de mi amado. Decidí escoger hundirme, en lugar de salir del pozo. La muerte era algo que me esperaba de todas maneras. ¿No todos fallecemos, al fin y al cabo, una vez? Si hoy mueres, mañana no te preocupas de morir. Los días han pasado, como las nubes que navegan en el ponto celestial. Me preparé para una muerte indolora y sin sufrimiento. Decidí que moriremos como Yasunari Kawabata. De manera que abriré la llave de gas del departamento y esperaremos hasta caer en el sueño eterno. Si bien los errores no se solucionan con la muerte, espero enmendar todo lo que mi figura representó en el espacio japonés. Sé que al morir, nacerá un niño y la población seguirá creciendo; los políticos continuarán ofreciendo panes y cirqueros; los jóvenes alzaran su voz, cada generación, en pro de sus ideales y el mundo proseguirá el curso de sus años hasta volverse polvo. El vencimiento del planeta está marcado, como nuestros pasos al nacer. Las palabras expresadas en esta carta, no buscan el entendimiento del lector que tenga la posibilidad de leerme. Solo escribo lo que me salga. No puedo dejar algo por escrito a Naomi o Takahiro, más que un simple gracias por todos los años que han ofrecido su amistad. Además, Naomi era la única mejor amiga que he tenido. Es una de las mujeres más fuertes que conozco. Ha pasado por peores circunstancias. Yo comparo mi vida con la suya, y mis problemas internos son ínfimos en comparación de ella. Lamentablemente, carezco de esa fuerza emocional que posee. Los débiles perecen y los fuertes surgen. En conclusión, si ustedes, Naomi y Takahiro, leen esta carta, muchas gracias por todo. Espero que mi muerte no perturbe el alma de ustedes. Tanimura, si llegas a vivir, comprende que siempre te he amado, desde que empezamos a salir. Nuestra relación se cimentó en la confianza mutua. Ambos supimos que era nuestro mejor momento e hicimos todo para ser felices durante nuestra época universitaria. No sé por qué en la adultez te convertiste en un monstruo. Supongo que todos engendramos uno a cierta edad. El tiempo no solo sana, también destruye. De este modo quiero decirte que aún después de muerta, perdono tus actos. No te espero en ningún sitio cuando fallezca sola. Sin embargo, si eres valiente para fallecer conmigo, viviremos juntos en la eternidad, lejos de nuestros errores y desperfectos. Los recuerdos vienen y van en mi memoria. Sonrío como la hermana de Naomi. Una sonrisa falsa. La nostalgia muestra su mejor artificio: la vaga esperanza del regreso. Pero en el presente no hay más que una realidad y un incierto porvenir. ¿Tiene sentido continuar? Para mí, el sentido de la vida yace sepultado en un sitio ignoto. Por tanto, desconozco lo que se le puede llamar «sentido». Quizás había nacido sin una orientación adecuada. Es probable que los acontecimientos hubieran sido distintos si Tanimura y yo no nos hubiéramos conocido. Pero cada quien carga con su propio infierno. Yo escogí el Averno con Tanimura, cuando pude haber seleccionado otro lugar mejor. Siempre tuve la potestad de elegir el camino. Había una voz que insistía que me alejara de él, pero mi necesidad de ayudarlo, causó el desastre que acabó en estos párrafos. No tengo nada más que agregar. Me siento decepcionada de no haber alcanzado algo que diera un valor significativo a mi vida. No me sirvió un diploma en la universidad, tampoco los años de juventud ni el esfuerzo de mis padres por educarme. Todo lo que las personas hicieron por esta ataúd ambulante, fue en vano. Así concluyo esta carta para iniciar los preparativos que me llevará a la paz perpetua. Adiós, Tanimura. Adiós, Takahiro. Y por último, mi apreciada amiga… Adiós, Naomi. 16/07/2027 Firma: Aiko Yamagawa. *** Las luces pasaban como si estuviera en un carro en movimiento. Sin embargo, el ruido metálico de una rueda, no era precisamente el ronroneo de un motor. Las voces dispersas en el espacio, trataban de inyectar información a su cerebro aturdido. Sus sentidos estaban abrumados. Con la visión borrosa, buscó a alguien. La memoria, turbia, no alcanzaba a vislumbrar el nombre de la criatura que rastreaba. —A… Solo podía escupir letras, a duras penas. Balbuceaba o quizás estuviera ahogado por el tubo que suministraba oxígeno a su cuerpo. Era, más bien, lo segundo. En el hospital, Tanimura luchaba entre la vida y la muerte. Aiko había fallecido. El corazón de Tanimura rogaba detenerse para dejar de agonizar. Luchar no era una opción, había prometido a Aiko que moriría con ella. La volición animal de su genética como hombre, lo obliga a perseverar su presencia como especie. —No me dejes sola en la muerte —escuchó Tanimura, la voz de Aiko provenía de algún lugar, como si hablaran desde el rincón más alejado de una mansión. —No, no lo haré, te lo prometo. Lo había prometido, como tantas cosas que despidió por la lengua y nunca cumplió. De todas formas, no cumplir la promesa trajo la consecuencia de haber sobrevivido a una experiencia nefasta. Ahora, ¿qué iba a hacer? Aiko estaba muerta, la habían trasladado a la morgue. Takahiro fue el que impidió que Tanimura falleciera. Habían planificado el doble s******o, pero se les olvidó que el escape de gas iba a causar una evidente alarma en los vecinos. Creyeron que nadie acudiría a rescatarlos, como si la sociedad fuera inhumana. ¡Qué estúpido! Debió haberse asegurado que nadie vendría al rescate. En consecuencia, los vecinos, Takahiro, Naomi y hasta los bomberos, acudieron a la zona del incidente. Naomi no reaccionó bien. Abrazó el cuerpo desmadejado de Aiko y la aferró a su pecho. No paraba de llorar con el rostro hundido en la piel de su mejor amiga. Por otro lado, Takahiro estaba conmocionado en el borde de la puerta. No sabía qué hacer ante semejante situación. Recordó cuando la madre de Tanimura se suicidó. Entonces corrió hacia su hermano y tomó el pulso del cuerpo. Aún estaba con vida, pero estaba al borde de precipitarse al más allá. De manera que llamó a los bomberos, que estaban en la zona de los hechos, y trasladaron a Tanimura hacia el hospital. Por supuesto, Naomi y Takahiro no entendieron que cometieron un error al salvar a Tanimura. Es natural que hubieran rescatado a un ser querido, pero lo privaron de su voluntad al desviar el objeto de su empresa hacia el infierno. Por consiguiente, la lucha entre la vida y la muerte de Tanimura, era una obra de teatro. La necesidad de vivir y morir, convergían en un estado de equilibrio. Disputaban una extraña toma de poder en ambos brazos de la balanza. ¿Quién ganaría? Cuando Naomi leyó la carta de Aiko, evocó la muerte de Harumi. Una vieja herida se abrió en lo más hondo de su espíritu, como si hubieran profanado la tumba de sus más oscuros recuerdos. Por tanto, los fantasmas emergieron de los mausoleos del inconsciente. Una etapa de depresión despertó en ella la necesidad de quitarse la vida. No obstante, tenía a Takahiro cerca. Pero, ¿qué tan real era el amor que ambos tenían? Aiko dejó claro que ella fingía ser feliz con Tanimura. Naomi también especificó que tenía sus propios problemas con Takahiro. Aunque estos no eran problemas tan graves, si afectaban la relación, a diario. Así pues, Naomi, sentada en la cafetería frente al hospital, con un vestido de verano y unas botas, comía dos sándwiches, acompañados por una taza de café con leche. Takahiro permanecía en la sala de espera en la unidad de cuidados intensivos. Naomi no quería hablar sobre la muerte de la pareja. La carta de Aiko, reposaba en la mesa. El viento mecía los brazos de los árboles del exterior. No podía dejar de pensar en la soledad de su mejor amiga. «Debí ser más atenta a sus señales». Cerró los ojos, dejo escapar una lágrima y en su garganta había un nudo que sus emociones creaban. Apartó el plato con la mano, pues ya no tenía apetito. Se bebió el café entero y pagó la cuenta. Salió s pasear por los alrededores del hospital. El ambiente no era igual. Quizás para los demás que tienen sus propios conflictos, sea diferente. Naomi percibió que algo no estaba bien y perturbaba su paz. No veía a las personas como personas. De hecho, no podía definir el género humano. Era como si una tuerca le faltara en la cabeza desde la muerte de Aiko. Faltar una tuerca… A ella le hacía falta Aiko y lo que había alterado su realidad, era la ausencia de la misma hasta el fin de su existencia. Sin Harumi y sin su mejor amiga, debía afrontar los años de peregrinación que restaban en su vida. Anduvo por un sendero que la condujo a un pequeño parque infantil. Vio a los niños jugar. De improviso, pensó en la excelente madre que hubiera sido Aiko. No contuvo las ganas de llorar, se sintió asfixiada en aquel ambiente donde podía ver una generación que crecería sin sentir la muerte de un pasado ajeno. Pidió un taxi cerca de la parada de autobús. Dijo que la llevaran a un sitio lejano del hospital, de modo que el taxista la dejó en Shibuya. Una vez que llegó, comenzó a caminar sin rumbo. Llegó hasta Setagaya y se detuvo en una cafetería a descansar. Pagó otro café, esta vez pidió que le echaran licor, pero no tanto. No sabía que hacer con las emociones que estaban bullendo en su interior. Una nube oscura se presentaba en la lucidez de sus recuerdos. La vida es un compendio de recuerdos que nos atan a la inexistencia del ayer. El presente le parecía insustancial y el futuro, si bien no era incierto, le produjo náuseas. Ya no quería casarse o tener hijos. ¿Por qué debería? Su hermana no pudo ni su mejor amigo tampoco. ¿Ella tenía derecho a hacerlo? Consideraba una falta de respeto continuar su vida, como si nada hubiera pasado. Takahiro no era la excepción a estos pensamientos. Los problemas con Naomi se acrecentaban. No tenían tantos inconvenientes o rupturas como Tanimura y Aiko, pero el pasado de Naomi retumbaba en sus oídos. La relación era transparente, de ello no había duda, pero los celos de Takahiro eran incontrolables. Nunca hirió a Naomi, pero sí llegó a gritarle o insultarla. Ambos no estaban listos para una relación, debían sanar heridas que resonaban en el presente y los convertían en mártires de sus propios errores. Movía la pierna, nervioso, arriba y abajo. Los brazos cruzados a la altura del pecho y cabeza echada hacia atrás, de manera que la nuca reposa en el gélido tubo de la silla. Sus padres no aceptaban la relación con Naomi. «No me casaré con ellos, pues me casaré contigo», dijo Naomi al saber que sus suegros eran un incordio para la relación. A él le traía sin cuidado lo que sus padres trataran de decidir sobre él. «¿Y con quién diablos se supone que debo casarme?». Exhaló un suspiro, lento y pausado. Sus músculos estaban tensos. Respiraba profundo y despedía el aire de sus pulmones por la boca. De modo que el cerebro pudiera obtener mayor oxigenación, asimismo pudo calmarse. Al cabo de unos minutos, salió a fumar. Ocho cigarrillos fueron las víctimas. Los escogía como si fuera un pelotón a fusilar. El estrés y la ansiedad lo consumía. ¿Por qué sus padres no querían a Naomi? «Ella solo te quiere por tu dinero, hijo», aseguró su padre. «Me he acostado con cientos de hombres, unos con mayor fortuna y otros no tanto. Tú eres un término medio, Takahiro. Así que no me interesa tu dinero, me importas tú como persona», confesó Naomi después haber hecho el amor con él en un hotel. —No los entiendo —dijo con el brazo apoyado en alféizar y el cigarrillo en la comisura del labio. Echó la colilla a una bolsa plástica, pequeña, que tenía en el pantalón. Luego la tiró a la basura. Se volvió a sentar, pero la ansiedad pudo dominarlo. Regresó a la ventana, se acordó de Naomi, pero ella le había pedido tiempo. La muerte de Aiko había impactado en él. No esperaba que Tanimura aceptara una propuesta que pusiera en juego su vida. Luego se preguntó: «¿Por cuánto tiempo él habrá estado así?». Si hubiera encontrado un espacio libre en su agenda… No, no era un espacio libre en su agenda, sino la intención de dedicarle su tiempo libre a hablar con su mejor amigo. Quizás se hubiera evitado el incidente, pero cuando Takahiro armaba el rompecabezas, más refutaba el planteamiento de una posible solución. Únicamente no había estado al tanto, tampoco Tanimura había puesto de su parte para expresar a su amigo lo que sentía. De por sí era parco en palabras y Takahiro creía que Aiko y él estaban bien. A pesar de mantener la mente ocupada, el tema de Naomi llegaba de improviso. La tía Igarashi era integrante de la yakuza. Naomi aún no había roto el pacto con la tía. Era un universo caótico en el que vivía, donde ambos mundos, tanto Naomi como Tanimura, convergían. El espacio estaba revuelto, las dos identidades flotaban en su cabeza. Su mejor amigo, y el amor de su vida. ¿Qué podía hacer en aquel caso, si debía mantener el tiempo dividido, a partir de aquel entonces? No podía descuidar a Naomi, porque sus celos lo impedían. A veces creía que ella le era infiel a escondidas. Los contactos del teléfono de Naomi, estaban plagados de clientes sedientos de su servicio como prostituta. Aunque ella no le interesaba volver a su antigua profesión, Takahiro pensaba que, en un arranque s****l, iba a copular con cualquiera. La idea per se, era ridícula. El mismo sabía que Naomi lo prefirió entre millones. Takahiro no es agraciado, ni tiene un pene enorme, pero una mujer no solo se fija en esos dos aspectos a la hora de seleccionar un hombre. Era algo que no cabía en su cabeza, tenía tanto miedo que Naomi se acostara con otros y volviera al ruedo de cabalgar falos como una endemoniada ninfómana. Bajó por el ascensor y fue a la cafetería. Naomi no estaba, se había ido. Suspiró, marcó el número de teléfono, pero ella no respondió. Por otro lado, Naomi veía la pantalla del teléfono. Lánguida y fría, sentía en las yemas del pulgar, el plano vidrio templado del dispositivo. La imagen de Takahiro, encerrada en un círculo, mostraba su rostro circunspecto. Dejó que sonara el teléfono, con la mirada centrada en la fotografía de Takahiro. «¿Todavía estoy viva?», pensó Naomi. «Me llama alguien que está en la realidad, un lugar que está muy lejos del que estoy». Takahiro no intentó más, pero la sensación de no abandonar a Naomi, abrumó su pensamiento. No podía salir a buscar a Naomi, mejor era quedarse y esperar a Tanimura. Se halló en una encrucijada, de nuevo. Tomar el carro e ir por su novia o quedarse a ser compañía de su mejor amigo. Pidió un café en la cafetería, se sentó y esperó que trajeran la taza humeante. Decidió que era mejor aguardar por su hermano del alma, Naomi podía esperar. Además, ella necesitaba tiempo para pensar. «No es fácil perder a tu hermana y ahora a tu mejor amiga», pensó Takahiro, «las mujeres necesitan tiempo para arreglarse». La lluvia hizo presencial, las primeras gotas impactaban en el asfalto. Naomi miraba el suelo, luego observó el cielo: el sol estaba cubierto por las nubes. Manchas de luz, separaban las formas grisáceas del espejo de su alma. Por otro lado, Takahiro veía las gotas deslizarse en la ventana de la cafetería. Su corazón latía despacio. Cerró los ojos y sintió un fuerte deseo de que Tanimura despertara. Ambos, hueros y vacíos, esperaban algo. La Tierra no paraba de girar. Los engranajes sonaban, aún cuando la humanidad dormía. Proseguía el ritmo de la vida, junto al sonsonete del reloj, cual objeto burlón es un soldado del tiempo. Desplegaban sus alas, las aves de altamar, quienes volaban hacia la incertidumbre del horizonte. Tokio seguía en movimiento constante, las caras alternaban entre muchos. Cientos morían, cientos renacían mientras un c*****r se encontraba en la morgue. Naomi sacudió su cabeza, pero ya era tarde, el pensamiento de que la vida era un teatro con principio y final, se plantó en su cabeza con obsesiva locura.
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