Me masturbé frente la cara de la señora Katsumi. Eyaculé y bañé su rostro de semen. A la luz de la bombilla de la habitación, su piel adoptaba una apariencia de porcelana. Una gota blanca cayó sobre sus senos abultados. Aquella señora podría ser mi madre, pero solo era madre por una noche.
Uno de sus hijos, recién nacidos, lloraba en la habitación contigua. Ella succionaba mi pene. No me podía concentrar con los chillidos del niño, ella debía amantar al bebé, pero prefirió amamantarme. Era la tercera vez que dormía con la madre de dos niños. El hijo mayor, Watanabe, de unos siete u ocho años, me miraba con recelo, pues sabía que yo no era su padre. Por mi lado, no era vital que yo agradara a sus niños. Katsumi era una cuarentona urgida, frenética y era mi polvo favorito. Saciaba mi instinto s****l en ella.
No sabría explicar cómo ocurrió, pero, en resumen, ella era gerente de un supermercado. Fui con Inagawa a conversar con el dueño de la empresa. Padre quería establecer un acuerdo comercial entre ambos, para expandir el imperio de nuestro nombre, en Minato. Mientras esperaba en la oficina, la gerente anduvo hacia la puerta de administración. Sentado cerca de un pasillo con olor a nabos, enviaba mensajes a Tanimura. Su madre no se encontraba bien de la cabeza. Entonces, cuando la gerente cuarentona terminó de atender sus asuntos, se paró en medio del pasillo para revisar los papeles de una carpeta. Murmuró algo que no escuché bien, pero captó mi atención. Miré sus muslos gruesos, trasero con carne suficiente para nalguear, cabello corto hasta la nuca y piel nívea. Ella giró para regresar a la oficina de administración. A continuación, nuestras miradas coincidieron.
Olimos, en ambos, la necesidad s****l. No encuentro una explicación plausible a este innato don, de saber si una mujer estaba urgida de sexo. Sin dudas, era algo carente de lógica. Después que entró en la oficina de administración, el dueño de la cadena de supermercado me invitó a su despacho en Aoyama. Era la primera vez que iba a dar la cara por la empresa. De hecho, en unos meses, en aquel tiempo, iba a entrar en la universidad.
Luego de finalizar la reunión con evidente éxito, pedí a Inagawa que regresáramos al supermercado. Debía follar con esa señora, era la única manera de zanjar lo que había quedado abierto en mi interior: apetito s****l. Desconocía la pulsión que surgía de mi libido. Cuando miré la foto de Naomi en el teléfono de Tanimura, por ella no sentí la excitación común que siento por estas presas de treinta a cuarenta años. Era una situación inusual que me agradaba, pero también preocupaba. Detrás del desorden s****l, hay heridas y conflictos sin resolver. Quizás buscara señoras de la edad de treinta años, para obtener el cariño que mi madre no pudo darme. De todos modos, no tenía el tiempo suficiente para atender a mis asuntos personales. El objetivo era perderme en un paraíso de placer hasta acabar mis días sin testículos capaces de drenar semen a raudales. ¿No era esa la finalidad del sexo?
La gerente paseaba por la sección de cosméticos, supervisando la labor de los empleados que organizaban la mercancía nueva. No recuerdo qué diantres hablamos, pero fue una conversación insustancial. Le pedí su número, ella accedió y quedamos para tomar unas copas en un bar de Shinjuku. Tuvimos sexo esa misma noche. Durante el acto s****l, su marido conversaba con ella. Yo la penetraba con frenesí y cuando se le salía un orgasmo, inventaba una excusa razonable. A menudo llamada a su marido, para que tratara de escuchar su infidelidad o revelarla. No me sentía incómodo, quien arruinaba su vida era ella. Sin embargo, el pánfilo de su marido nunca se enteró.
Ella descansaba en la cama. Me dolían los testículos. ¿Qué hacía con mi vida? Las luces de Asakusa iluminaban mi rostro inexpresivo. Colgaba mi falo, como si fuera una cuerda. Miré mis dedos, brazos, piernas y palpé mi rostro. ¿Era correcto lo que hacía? El niño seguía llorando. Salí de la alcoba y me dirigí a la habitación del niño que lloraba. SU hermano mayor estaba con el bebé en sus brazos. Desnudo, en la puerta de la habitación de dos niños, me planté. Su mirada de odió impactó en mi corazón, sus lágrimas estaban marcadas en sus mejillas. Reconocí la tristeza que nacía a su edad, porque Tanimura también tenía esos ojos. Maltrato familiar, discusiones interminables, infidelidades a montón e inestabilidad emocional. Cerré la puerta, los chillidos se habían ahogado gracias a la barrera de la madera. Acto seguido, me vestí en la habitación de la señora, llamé a Inagawa y me marché de la casa sin decir adiós.
En cuanto Inagawa llegó, subí al auto. Regresamos al departamento, en Mianto. Entonces, al día siguiente, recibí la llamada de la mujer. Decidí no contestar ninguno de sus mensajes. Era hora de hacer un cambio. Caminé hacia el departamento de Tanimura. Anuncié mi presencia al tocar su puerta.
—Taka, ¿tan temprano por aquí? —preguntó, atónito por mi repentina llegada. Además, no me había cambiado la camisa blanca y los shorts.
—Vamos, soy tu hermano, déjame pasar.
Entré y saludé a la madre de Tanimura, que estaba desayunando en la mesa. En la habitación de él, me senté en el borde de la cama.
—Cambié de opinión, me gustaría conocer a esa tal Naomi —dije con la mirada en el suelo, como si hubiera algo importante que observar.
—¿Qué te motivó a cambiar? Hasta viniste temprano, lo cual es raro en ti.
Emití un bufido y me eché en la cama, con las manos detrás de la cabeza,
—No puedo seguir con la vida s****l que tengo. Es como si tratara de huir de una vieja herida del pasado que se resiente a cicatrizar. Quizás, mi inconsciente está perturbado por Azami. Ella fue mi primera experiencia s****l y, tal vez, con cada mujer que me acuesto, es como si fuera una venganza contra el daño que me había causado. No lo sé, es mi percepción de lo que puedo entender de mí mismo, con base en los libros que hemos leído tú y yo.
Tanimura, con gesto serio, caviló mis palabras. Paseó por la habitación, de izquierda a derecha, su mano estaba apoyado en el mentón.
—¿Crees que pase algo similar con Naomi? Digo, ella es una buena muchacha… Aunque… Creo que tengo malas noticias.
—¿Malas noticias? —Me incorporé—. ¿Qué quieres decir?
—Calma, Taka. Aiko y yo no sabemos nada de ella desde hace un mes.
—¿Qué? —expresé con aflicción—. Tanimura —me acerqué—, ella es la chica del Tokio Skytree.
—¿La chica del Tokio Skytree? —preguntó con la ceja enarcada.
—Una vez fui con mis padres al Tokio Skytree. En las alturas, llegué a ver a una niña solitaria que despedía un aura atractivo para mí. Desde ese entonces, conservo el recuerdo de la primera mujer que me cautivó en la vida. Es ella, Tanimura, sé que es ella.
—Nunca me habías contado eso.
—Tú también tienes mucho que ocultar, Tanimura.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos. La televisión de la habitación de la madre de Tanimura, era el único emisor de sonido.
—Está bien, hay mucho que debemos contarnos —cedió Tanimura—. Pero es mejor reservar algunas cosas, por el bien de ambos.
—¿Por el bien de ambos? —pregunté, ligeramente irritado—. ¿Consideras justo no decirle nada a tu mejor amigo?
—Es diferente cuando hablas con tu pareja sobre tus problemas, ¿sabes? No lo puedes entender, porque no tienes una.
—No me hables así.
—Te estoy hablando con un tono de voz adecuado, si no te gusta, lárgate.
—No me iré, porque después estás llorando y rogando por mí.
—Es imposible contactar a Naomi, ¿bien? Ya puedes irte, llamaré a Aiko.
—Ojalá se separen y vengas a llorar hacia mí —gruñí.
Tanimura me tomó por los hombros, yo forcejeé. Sus ojos estaban ardiendo de ira. Nos soltamos al cabo de dos minutos, la lucha era estúpida.
—¿Por qué diablos peleamos por una estupidez? —pregunté.
—No lo sé, tú eres el resentido.
—Disculpa —dije.
Al día siguiente, fui a nadar en una piscina privada. Habían señoras y chicas dispuestas a todo, pero ya no quería. Un objeto dentro de mí se movió aquella noche cuando miré los ojos de aquel niño. Cuando me sumergía, nadaba hacia el fondo y al cerrar los ojos, veía al niño con us hermano en brazos. Su madre copulaba con un desconocido mientras su hermano imploraba leche materna. Una situación atroz. La culpa que debí sentir en el momento, la experimenté en la profundidad. Mis oídos presionados por los metros en descenso, me advertían lo peligroso que sería si tocara fondo. ¿Había fondo? En la piscina, sí, pero dentro de mí, lo dudaba.
Una vez fui al supermercado donde trabajaba la gerente. Al parecer, ya no seguía allí. Los empleados desconocían mi relación con ella. Sin embargo, miradas recelosas se posaron sobre mí. Quizás fue descubierta por su infidelidad. La suposición fue confirmada cuando hablé con el dueño de la cadena de supermercados. No sé por qué pregunté por ella, pero me había dado curiosidad la cantidad de miradas de empleados que caían sobre mí.
A pesar de todo, no me importaba la despedida de la gerente, ni mucho menos su relación conmigo. El dueño de la cadena se sentía incómodo, porque una empleada se acostó con uno de sus clientes y aliados más importantes.
En el auto no dejaba de pensar en Naomi. ¿Dónde estaba ella? No lo sabía. Tanimura y Aiko habían perdido contacto con ella. Quería pedirle a Inagawa que investigara sobre el paradero de Naomi, pero desconocía su apellido, dirección y… Todo lo desconocía de ella. Yo era un desconocido para ella. ¿Por qué debía interesarme? Un sentimiento indefinido ardía en mi pecho. Coloqué una mano en el corazón, quería saber su aún tenía ese aparato que usamos para declarar amor.
Visité a Tanimura unas cuatro veces. Su madre estaba en un estado deplorable, casi no se levantaba. La ocasiones que acudí al hogar de él, la madre estaba acostada en el lecho. En el ambiente podías respirar un aroma famélico, que combinaba con la tonalidad siniestra del entorno. Hablé con él, pero Naomi seguía desaparecida. Habían pasado tres meses desde su desaparición. Aiko, según Tanimura, comentó que había desalojado el departamento. Le pedí a Tanimura que me diera la dirección.
—¿De qué te sirve ir a un departamento desalojado? —preguntó, era el día de la cuarta visita.
Estaba sentado en el sofá, en medio, una mesa de ajedrez. Tanimura bebía vino, una pierna montada sobre otra y con la mirada concentrada en las piezas.
—Te dije que es la niña que había visto en el mirador. Quizás Inagawa pudiera indagar su paradero.
—No creo que sea de mucha utilidad, Taka —dijo Tanimural—. Pero se lo pediré a Aiko. —Bebió vino—. La última vez que habló con ella, fue cuando su hermana falleció. Desde ese día, no volvió a verla.
—¿Habrá algo que Aiko oculte? —inquerí.
—Es su mejor amiga, puede ser que sí. No obstante, los secretos, entre amigos, se guardan.
Con una mueca de desconfianza, miré a Tanimura. Crucé los brazos a la altura del pecho, bajé la cabeza. Mis ojos se movían de izquiera a derecha, como si rastreara algo. Elucubraba la manera de encontrar a Naomi.
—¿Dónde estará? —pregunté en voz alta.
—Taka, no vale la pena preocuparse por una desconocida.
—La vi en el Tokio Skytree cuando era niño. —Suspiré—. Pensé toda la noche en ella. —Puse las manos en las piernas—. No creía que se llamara Naomi.
—A veces vemos al amor de nuestra vida pasar a nuestro lado y ni nos enteramos de quién es. Eres afortunado de saber su nombre, al menos. Muchos hubieran deseado saber si quiera el nombre de su pieza faltante —dijo Tanimura.
Nadé durante una hora, en la piscina privada. Imaginaba que nadaba en un mar abierto, sin rumbo y sin tierra a la vista. ¿Adónde iba? Mi única conexión con la realidad era el tocar la pared de la piscina y hacer el mismo recorrido. Luego de salir de la piscina, le pedí a Inagawa que me llevara a un restaurante.
La universidad estaba a punto de iniciar, tenía poco tiempo libre para disfrutar de las comodidades de la ciudad. Tanimura y yo estábamos preparados para soportar la carga de las asignaturas de la carrera. Aunque teníamos un futuro garantizado, gracias a nuestros padres, debíamos graduarnos para obtener una mejor posición social. Líder empresario, licenciado en la universidad de Tokio con la mejor nota de la clase. Etiquetas que solo impresionan a los pobres.
Cuando íbamos vía a Shinjuku, en la acera contigua, vi un hombre gordo, como un luchador de sumo, con el cabello recogido en un moño. Llevaba un kimono extra grande y su obi era elegante. El hakama lucía nuevo y sin ningún atisbo de sucio. Observé los tatuajes de su brazo e identifiqué una marca de la yakuza. A su lado, caminaba una señorita de cabello n***o, largo, hasta la cintura; vestía una camisa de verano y unos pantalones ligeros. Calzaba unas sandalias. Parecía que iba a la playa, pero no tenía sentido ir a la playa. Concentré mi vista de lince en la muchacha, caminaba como si estuviera en un sueño. Le pedí a Inagawa que se detuviera y me permitiera bajar. Él se negó, pues no era lugar para estacionarse. Perdí de vista a la muchacha con el luchar de sumo. Estaba seguro que ella era Naomi.
Fui al departamento de Tanimura, pero no estaba. De hecho, pasó dos días sin que el departamento estuviera alumbrado. Un silencio oneroso era percibido cuando pasabas por la puerta de entrada. Si te quedaba por un tiempo, mirando el ojo de pez, sentías como alguien respiraba en tu nuca. El escalofrío recorrió mi cuerpo, aquella noche en el que estaba acostado y me preguntaba sobre el paradero de Tanimura.
Por otro lado, mis padre no comentaban nada sustancial, relacionado con Tanimura. Dos días sin verlo, se convirtieron en dos semanas sin tener noticias de él. Aguzaba el oído en la puerta, cuando mis padres llegaban. Nada, no hablaban nada que me importara. Una vez decidí salir y ellos me miraron con preocupación. Preguntaba cómo les iba en el día y luego lanzaba el cañonazo:
—¿Ocurrió algo con la familia Yoshimoto?
Ellos se quedaban en silencio, como dudando, entonces me decían que ellos había salido de viaje. Un viaje que duró dos meses. Me plantaba en la puerta del departamento de Tanimura, posaba la mano en la puerta, derrochaba lágrimas y me iba. ¿Qué ocurrió con mi mejor amigo, mi hermano?
En la piscina, me hundía hasta tocar el fondo con el pulgar, pero aquel fondo, no era el mío. Me abrazaba a mí mismo y ansiaba el calor de un cuerpo. Me acosté con la instructora de nado de una escuela primaria. No sentí placer durante el coito, solo quería sentir el calor del genero humano.
Salía en bicicleta para despejar la mente, pero al mirar atrás, Tanimura no estaba. Cuando veía al frente, mi mejor amigo no estaba. Al terminar la ruta en el parque de Ueno, me sentaba a beber agua. El susurro de los árboles amenizaba con la paz incoherente de mi alma. ¿Dónde estaba Tanimura? ¿Dónde estaba Naomi? Quería hablar con mi mejor amigo, desahogarme, reírme, aunque el no se riera, mirar películas, perseguirlo en bicicleta, hacer batallas Pokemon… Su ausencia me lastimaba. Alguien con quién creciste desde el nacimiento.
No sabía donde vivía Aiko, pero ella era la única persona que podía darme una respuesta. Sé que Aiko no me mentiría. Marqué su número, dado que Tanimura me lo había dado en caso de una emergencia. Dos veces escuché el tono y Aiko respondió. Mi mundo sintió el alivio de la esperanza.
—Sé que llamas por Tanimura, Taka —dijo Aiko, con voz seca, era la primera vez que la escuchaba así—. No tengo buenas noticias al respecto, ¿quieres saberlo?
—Estoy en el parque de Ueno, ¿podemos reunirnos en una cafete…
—Vivo cerca del parque, voy a bajar para que hablemos mejor.
Aiko llegó con un suéter rosa, de Hello Kitty. Además, sus zapatos eran rosas. Me recordó a una cantante pop japonesa. Nos saludamos con brevedad, su rostro no denotaba buen humor.
—Su madre se suicidó frente a él —dijo Aiko, sin tacto—. Tomó un cuchillo y lo enterró en el vientre. Tanimura pidió auxilio al número de emergencia, pero ya era tarde cuando trataron de salvarla. Él no quiere hablar con nadie, tampoco quiere que nadie sepa dónde está.
—¿Tú lo sabes?
—No, Taka —dijo con voz sincera, su rostro parecía cansado—. Quisiera saber dónde está Tanimura y dónde está Naomi, ¿entiendes? Ninguno de los dos han dado señales de vida. La última vez que hablé con Tanimura, fue durante la segunda semana de la muerte de su madre. No he sabido más al respecto, aunque llegó postal sin dirección ni remitente. Supongo que es una señal de vida, de parte de él. Deberías revisar el correo, tal vez a ti si te haya escrito algo.
En cuanto regresé al departamento, le pedí a Inagawa que revisara el correo. Efectivamente, había una postal, pero la imagen de la postal estaba rayada con marcador a tal punto que irreconocible la imagen. No tenía dirección ni remitente, solo un mensaje: Disculpa.