—Podrás hacerlo sola. Eres fuerte, Ashley.—Susurró mi madre.
—No podré. No sé nada del mundo. No soy nada sin ustedes.—Respondí. Pero una vez más, mi madre se alejaba más y más.
—¡No te vayas!—Grité ahogada en lágrimas.
—Estoy orgullosa de ti, Ashley. Eres la descendencia.—Y desapareció.
Me tiré al suelo gritando una y otra vez, tomando mi cabello con fuerza y sintiendo el vacío más profundo de toda mi vida. Quería que acabara.
—¡Despierta!—Gritaron. Haciendo que cerrará mis ojos con fuerzas y que aquella pesadilla interminable acabara.
Suspiré y tomé mis manos con fuerza. Era solo una pesadilla. Me repetí una y otra vez.
—Calma Ashley, calma.—Susurraba Mary confundida. Limpiando mi frente llena de sudor e intentando calmar mi respiración agitada.
—Era solo un sueño... Una terrible pesadilla.—Susurré calmandome a mi misma.
Mary se sentó a mi lado y me envolvió en sus brazos.—No estás sola.—Repetía una y otra vez.—Te quedaste dormida aquí en el sofá luego de ir... ya sabes... a la clínica. Y no quería despertarte, sé que no ha dormido nada éstos últimos días.—Y suspiró.—Te he hecho un poco de desayuno, debería intentar comer un poco, el día será largo y lo enfrentará mejor con la barriga llena.
—Sabe que no tengo apetito, Mary. Menos ante ésta situación. Le aceptaré una taza de café luego de cepillar mis dientes. No pido más.—Y así mismo me puse de pie y caminé en silencio hasta mi habitación, siguiendo a la ducha.
Abrí el grifo de agua fría y sin desvestirme me deslicé al suelo. El agua fría cayendo sobre mi cabeza y mis lágrimas derramadas hacia el suelo.
¿Qué haría ahora?
Aquel sentimiento de vacío interminable que te iba comiendo poco a poco; aquellas lágrimas que quieren salir pero que has derramado tantas que ya no salen. Así como perder el rumbo de la vida y la noción del tiempo. Así podía explicar la muerte. Así explicaba perder todo lo que tienes en el mundo.
Poco a poco fui desvistiendo mi cuerpo. Pieza tras pieza hasta llenarme de jabón. Lavar mi cabello y dejar el agua fluir sobre mi rostro. Necesitaba bajar la inflamación y enrojecimiento.
Cerré el grifo y entre toallas salí. Miré mi rostro por primera vez en el día ante el espejo y me sorprendía de mi semblante. Ojeras largas, nariz y pómulos inflamados. Completamente roja y destruida.
Tampoco tenía la valentía y las ganas de arreglar el desastre que era, y sabiendo de una vez que los paparazzi aparecerían, nada me impulsaría a fingir que estaba bien.
Busqué mi ropa; vestido n***o pegado al cuerpo, una bufanda del mismo todo de color y un sombrero. Quería por mucho evitar que se viera el estado en el que me encontraba. Tomé una coleta baja de mi cabello y me dispuse a salir.
Bajé en silencio, pasos pesados y el alma quebrada. Allí en la cocina me estaba Mary, esperando darme la valentía y la fuerza que no tenía. En su mano derecha tenía aquella taza de café que minutos antes le había pedido.
—Ten, te hará bien.—Dijo ofreciendo aquella taza.—Pero insisto señorita, debería comer un poco antes de salir... Si lo desea, se lo preparé ya para llevar. Si en el camino recupera el apetito, estará listo para comer.—Dijo colocando mi mochila sobre el mesón que dividía la cocina.
—Eres muy buena, Mary.—Dije tomando un sorbo de café.—Gracias.—Susurré.—No se qué sería de mi justo ahora sí no te tuviese.
Y se acercó a mi, arreglando mi bufanda y mi sombrero.—Pero me tiene, señorita Ashley. Y a la perfección sé que podrá superar éste día.—Suspiró.—Es momento, nos esperan afuera.—Susurró. Abrió un cajón a su izquierda y me entregó un par de lentes de sol.—Ocultará sus lágrimas. Sabemos que probablemente la prensa y los paparazzi que son unos ineptos e insensibles, estén allí.
Sin más, los tomé y me los coloqué. En paso lento ambas salimos de la cocina, atravesando la sala de estar y finalmente llegando a la salida.
Allí estaba el jardinero, quién se disculpó por estar sudado y en sus brazos me envolvió.—Lo siento señorita. Sus padres fueron unas increíbles personas. Una de las mejores familias que he conocido en toda mi vida. Cuidarán de usted a la distancia y estarán orgullosos de cada uno de sus pasos.
Se alejó e intentó sonreír.—Gracias.—Fue lo único que tuve el valor de decir. Mi voz ya estaba quebrada y mi semblante era de agonía.
Subimos al automóvil en silencio. El camino igualmente lo fue. Mary siempre tomando mi mano con fuerza y otras veces pasando sus dedos por mi brazo.
Y finalmente llegamos a lo que se conocía como el cementerio. Era un golpe más de realidad.
El automóvil bajó su velocidad y finalmente se detuvo. Habían al rededor de 20 personas; de las cuales no conocía ni una.
—No sé si pueda hacer ésto.—Susurré a Mary.
—Si puede señorita. Claro que puede.—Y sonrió de lado. Subiendo mis lentes de sol y enderezando mi sombrero.—Eres más fuerte que cualquiera aquí.
Y sin más, bajamos del automóvil. Aquellas personas enfocaron sus miradas en nosotros y comenzaron los murmullos.
En pasos lentos me acerqué. Dos tumbas que no iban más allá de ser un cofre viejo de madera. No importaba el poder, el dinero o el estatus. Eso no había impedido que mis padres fallecieran ese día, y tampoco habían detenido el hecho de quedar bajo tierra al igual que todos.
Muchas personas se acercaban a dar el pésame. No pasaban de un,—Lo siento joven, sus padres fueron unas increíbles personas.—Y se alejaban.
Mary siempre a mi lado, no solo dándome apoyo, si no cuidando de aquellas palabras que podían llegar a decir.
La ceremonia siguió y finalmente terminó. Sus cuerpos estaban bajo tierra; al igual que mi alma.
Suspiré una última vez y cuando estaba por marcharme, aparecieron todos con sus preguntas.
—¿Qué será de la compañía Vitale? ¿Quién tomará el mando de la empresa? ¿Te quedarás en la ciudad o te irás?
Y aunque evitaba responder la mayor parte de aquellas preguntas. Una en particular encendió algo en mi.
Y decía así.
—¿Siendo usted mujer podrá llevar la empresa que tanto le costó a su padre? Sin saber nada de números o cuentas, mucho menos sabiendo algo sobre empresas.
Llené de aire mis pulmones y suspiré.—Respondiendo aquella pregunta; sin importar el hecho de que sea hombre o mujer, no me hace más ni menos que alguien. Tengo la misma capacidad que tuvo mi padre para liderar su empresa. Y sí, seré yo quien siga al mando de la empresa Vitale. Sin más nada que agregar. Hasta luego.