Narra Céline
Mi padre me dio la espalda y no volví a verlo a los ojos. Aquellas palabras fueron el golpe más duro que he podido sentir. En mi infancia nunca recibí un mal trato de su parte, me cobijé a todas sus reglas y cumplí con todo lo que pedía —sus estándares eran altos y a pesar de todo los cumplí— Pero eso que dijo, fue como el golpe que nunca me dio y en realidad, hubiese preferido mil veces que me diera cien bofetadas, que me diera latigazos en la espalda y jamás haberme dicho todo lo que me dijo.
Por una vez que lo desobedecí, decidió condenarme; sin darme la oportunidad de defenderme, sin ponerse en mi lugar; él solo me crucificó y me dejó a mi suerte.
Lo vi subir las escaleras y llena de miedo, corrí para retenerlo, quería que me diera una oportunidad, por lo menos que me escuche.
—Papá, papá, por favor; no puedes hacer esto, no tengo a donde ir.
—Debiste pensarlo antes —dice sin dejarse retener.
—¿A dónde iré? Papá, no puedes…
—Ve con ese infeliz, si tuvo el coraje de acostarse con mi hija e irrespetarte a ti y tú familia, entonces que tenga el coraje de hacerse cargo a ti. Desde hoy no eres mi responsabilidad, largo de mi casa.
Me aferré de su brazo y lloré suplicando, pero él soltó su brazo, haló tan fuerte que caí al suelo de rodillas.
—Por favor, papá…
Él sigue su camino y no volví a verlo.
—Ya escuchaste a tu padre, largo de aquí.
—Tía, no pueden hacerme esto, habla con mi padre.
—Oh, eso no es problema mío. Ya él tomó la decisión, no correré el riesgo de quiera echarme contigo.
Ella se cruza de brazos y al darse cuenta que intenté irme tras mi padre, me toma del brazo.
—Ni si suplicas te escucharás, mejor hazle caso y ve con el pobre diablo con el que te acostaste. Ay, Céline; parece que no aprendiste nada, tu misma cavaste tu tumba.
—Tía, por favor…
Ella niega con su cabeza y por un segundo pensé que mostraría una sonrisa.
—Vete antes de que tu padre te saque a patadas.
Miré hacia el ventanal y había empezado a llover.
—Pero está lloviendo y no tengo a donde irme.
—Pues, no puedo hacer nada. Lo siento.
Una de las mujeres de la limpieza observa la escena y en sus ojos veos impotencia, quiere ayudarme, pero al final mi tía no la deja hacer nada.
—Señorita ¿quiere que empaque sus cosas? —cuestiona la mujer un poco angustiada.
—Claro que no —responde mi tía—. No puede sacar nada de la mansión, su padre no dio la orden. Más bien, acompañe a la señorita Céline a la salida.
—Pero…
—Es una orden, ¿desde cuándo usted da peros en esta casa? Obedezca y sáquela de aquí.
—Señorita, acompáñeme.
La mujer toma mi brazo y me ayuda a poner de pie, casi que no podía ver nada en mi camino, la vista nublada por mis lágrimas me lo impedía.
—Cálmese, señorita, Céline.
Iba destruida, lloraba de forma desconsolada.
La mujer me lleva a la salida y me dice:
—Espere aquí, iré por un paraguas para usted. No se mueva, intentaré buscar algunas de sus cosas, espere.
La mujer regresa a la casa y no pasó mucho cuando escuché que cerraron la puerta de un portazo. Me sobresalté y miré hacia atrás, lo que vi fue la imagen de mi tía Amelia asomada en la ventana.
Di el primer paso con dolor, pero algo más empezaba a nacer dentro de mí. Ese primer paso fue de seguridad, cada que me alejaba me decía a mí misma que no volvería, sin importar cuan duro sea todo; yo no volveré y menos a suplicarle ayuda a mi padre.
Así como él lo hizo, yo tampoco volví a mirar hacia atrás. Bajo la lluvia caminé directo a la salida de la mansión y seguí la carretera.
Una luz se dibujó detrás de mí, un auto me seguía; me abracé a mi misma y con temor de ver quien era, sentí que aquel auto me adelantó y tapó mi vía.
—Señorita Céline, soy yo…
Ponía mis manos ante mis ojos para distinguir a la persona.
—Señorita…
Retrocedí un par de pasos, pero aquel hombre corrió con un paraguas y se acercó.
—¿Francis?
El conductor de la familia estaba ahí con un paraguas.
—Venga, suba al auto.
Él rodea mis hombros y me lleva al vehículo.
Francis es uno de los trabajadores más antiguos, ha trabajado para mi familia desde que tengo uso de razón. Verlo en esa carretera lluviosa, fue igual a ver un ángel.
—La llevaré a un lugar seguro, estará bien.
Él sube a su auto y no sé a dónde me lleva, pero me da paz que un rostro conocido, esté de mi lado.
—Gracias— susurré varias veces.
Francis me lleva a la estación de tren, estaba algo confundida, pero no hice preguntas; en realidad no me dio tiempo de hacerlas. Él bajó del auto y tardó un poco en volver.
—¿A dónde fue?
Bajé la ventanilla y lo vi correr bajo la lluvia, se acerca, abre la puerta y toma el paraguas para que yo no me siga mojando.
—Este es un boleto que la llevará directo a Francia, tardarás unas diez horas, pero no te preocupes, tendrás tiempo de cambiarte de ropa y descansar un poco.
Francis abre el maletero y saca un morral pequeño.
—Una de las empleadas sacó lo que pudo, así que espero que te sirva. También toma esto, es algo de dinero, lo necesitarás.
—¿A dónde voy?
—No te preocupes, mi esposa esperará por ti. Todo está arreglado.
—Francis, no tienes que hacer esto, ¿por qué… por qué me ayudas? Te meterás en problemas si mi padre se entera.
—No se enterará, todos los empleados en la casa me están cubriendo.
Él me lleva dentro de la estación y me repite las indicaciones, luego se despide y antes de que me deje sola, vuelvo hacer la pregunta.
—¿Por qué hace esto?
—No puedo dejarla sola por ahí, menos en su estado. Por favor, reciba mi ayuda; vaya con mi esposa, ella le ayudará. Es algo que debo hacer, le prometí a su difunta madre que la cuidaría y debo cumplir mi promesa.
—Pero…
El hombre se da la vuelta y se aleja corriendo.
Miré el boleto en mis manos y tragué sonoramente.
Me puse la mochila y tomé un sorbo de aire.
—Entonces, debo ir a Francia.
Subí al tren y lo primero que hice fue cambiar mi ropa empapada, dentro del baño vi que solo tengo un par de mudas de ropa, algunas cosas de aseo personal, mi cartera y mi móvil; es poco en comparación a todo lo que tengo, pero es lo necesario en este momento.
Miré mi imagen en el espejo y al verme destruida, sentí nostalgia. Empecé a llorar y me senté en el retrete con pocas fuerzas, mis manos reposan en mi vientre como un reflejo de mi propio cuerpo por querer proteger al ser que está dentro de mí y me tomo el tiempo que necesito antes de salir.
Bajo la mirada de todos, busqué mi asiento y me senté. Sentí que la mirada de las personas me juzgaba, ¿Era lo que mi padre decía? ¿a esto se refería? Sentía como si todos supieran lo que había pasado y entre ellos se comentaban.
—Señorita, ¿está bien? —pregunta quién va a mi lado.
Solo asentí y me volteé para que no viera más mi rostro.
Tomé mi móvil y gracias a Dios tiene carga, pensé que tendría mensajes de Lauren preocupada por mí, pero no, no había mensajes o llamadas de nadie de mi casa. Quizás mi tía le ha quitado su móvil, pensé. Espero que esto no le traiga muchos problemas a ella.
Busqué entre los contactos el nombre de Richard, sentí que, si le contaba lo que había pasado, él quizás me ayudaría. El tren aún seguía en la estación y creí que tenía una oportunidad con él para no irme.
Tan pronto le envié un mensaje, las esperanzas se perdieron.